Viktor Orbán

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    La derecha iliberal en Hungría. “Lo sabré cuando lo vea”

    Ernesto Castro - 08-09-2017

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    Durante la Segunda Guerra Mundial Hungría estuvo ocupada nueve meses por los nazis, pero en esos nueves meses fueron deportados a campos de concentración más judíos que en los cuatro años que duró la ocupación de Francia, y ello por dos razones: la mayor colaboración de la población local y la experiencia previa de la regencia de Miklós Horthy. Durante su regencia se produjeron los pogromos de Kisvárda, Mukács y Máramarossziget y se promulgaron 21 leyes judías y 267 edictos ministeriales que, entre otras privaciones de derechos, prohibieron los matrimonios entre judíos y no judíos. El final de la guerra no supuso, sin embargo, el final de la violencia. Durante la Guerra Fría, después de la represión del levantamiento popular de 1956 por el Ejército Rojo y el establecimiento del “socialismo de gulash” (un estofado típico húngaro) por János Kádár, Hungría fue calificada cínicamente como “el cuartel más feliz del campo socialista”. Como rezaba un chiste de la época: “¿Por qué se ha encarecido tanto la vida en la República Popular Húngara? Porque ha dejado de ser un artículo de primera necesidad.” 

     

    La consolidación de la democracia después de la caída del bloque soviético fue más lenta en Hungría que en la mayor parte de países de Europa del Este. Mientras que en Polonia, Ucrania, Rumanía, Ucrania, la antigua Checoslovaquia y algunas repúblicas de la antigua Yugoslavia se desclasificaban los archivos de los servicios de inteligencia comunistas y se promulgaban nuevas constituciones, Hungría mantuvo cerrado el expediente del HVA (el KGB húngaro) y la constitución de 1949 se mantuvo y se enmendó hasta tal punto que, según un chiste de la década de los 1990, el único artículo que no se había modificado era el que establecía Budapest como la capital del país. La rehabilitación del pasado autoritario ante la opinión pública fue muy rápida, por el contrario. El primer presidente democráticamente electo, el cristianodemócrata József Antall, defendió en televisión la memoria de Horthy. La transición al capitalismo de amigotes mediante venta de los bienes del Estado a precio de saldo fue la gota que colmó el vaso para la aparición de la extrema derecha. En las elecciones de 1998, después de cuatro años de gobierno socialdemócrata marcados por los escándalos de corrupción, el partido antisemita Justicia y Vida se hizo con 14 escaños. Pero el vencedor de esas elecciones fue la Unión Cívica Húngara (Fidesz) de Viktor Orbán.

     

    La trayectoria política de Orbán es modélica de lo que podríamos calificar como la “nueva nomenklatura poscomunista”: en 1988 fundó un grupo de fans de Margaret Thatcher bajo el nombre de la Federación de Jóvenes Demócratas (el origen de Fidesz); en 1989 fue becado por el millonario popperiano George Soros para estudiar “la historia de la filosofía política británica liberal” en la Universidad de Oxford. En 1998 formó gobierno con un programa de “derecha plebeya” que prometía proteger la economía húngara frente a la globalización. Pero los paralelismos con otros gobernantes fuertes de la región como Vladimir Putin no se limitaron a esta evolución del neoliberalismo al nacional-cristianismo. En 2002 Orbán perdió las elecciones ante el anterior ministro de Finanzas, Péter Medgyessy, y su respuesta fue impugnar el resultado y formar “comités cívicos”. Son estos bandazos ideológicos oportunistas y esta falta de respeto a la democracia cuando no va en beneficio propio lo que ha convertido a Orbán en un actor político central de la política húngara de comienzos de siglo XXI.

     

    La primera década del siglo estuvo marcada por la corrupción as usual. En 2006, después de una expansión inmoderada del sector público a cargo de Medgyessy, llegó al poder Ferenc Gyurcsány con la vocación de convertirse en el Toni Blair o el Gerhard Schröder de Europa del Este. Este seguidor de la tercera vía de Anthony Guiddens confesó en privado a sus colegas de partido que las cuentas del Estado estaban falseadas y que: “ningún país de Europa la ha jodido tanto como nosotros”. El contenido de este discurso secreto se filtró a la opinión pública el día del 50 aniversario de 1956 y la gente volvió a tomar las calles ondeando la bandera nacional con el escudo de armas recortado, como cuando se manifestaban contra los dirigentes comunistas. Orbán tachó a Gyrcsány de “mentiroso patológico” y exigió su dimisión en 72 horas. Cada sábado, durante los dos años y medio que aguantó el gobierno de Gyurcsány, raveros vestidos de negro celebraron conciertos de rock nacionalista delante de edificio del parlamento con el único fin de perturbar las sesiones del congreso. La bandera que ondeaban no era la oficial nacional tricolor sino la rojiblanca de la Casa de Árpád, utilizada por el gobierno marioneta del Partido de la Cruz Flechada, impuesto por los nazis durante la ocupación. Este fue el caldo de cultivo para el auge del Movimiento para una Hungría Mejor (Jobbik), que obtuvo el 16,7% de los votos en las elecciones de 2010.

     

    Jobbik, un partido político con su propia milicia, la Guardia Magiar, es peculiar incluso para los estándares de la extrema derecha Europa del Este. La mayoría de su militancia suscribe la ideología del turanismo, una teoría lingüística desarrollada en el siglo XIX por Matthias Alexander Castrén y Max Müller, según la cual fineses, húngaros y turcos están vinculados étnicamente con los pueblos de la estepa. Destacados integrantes del partido participan anualmente en el festival Gran Kurultáj, en el que jinetes venidos de Siberia y Asia Central compiten en el deporte del kokpar, que consiste en llevar a caballo una oveja decapitada hasta un agujero. No es de extrañar que Jobbik sea uno de los pocos partidos de extrema derecha islamofílicos de Europa teniendo en cuenta el vínculo histórico de ciertos países musulmanes con este tipo de tradiciones nómadas. Bajo el argumento de que “Irán es la puerta a Oriente para Hungría”, el partido invitó a la Guardia Revolucionaria Islámica como observador internacional de las elecciones húngaras de 2010. El líder del partido, Gabor Vona, suele portar una kufiyya (el pañuelo palestino) y en noviembre de 2013, en gira por Turquía, declaró que “el islam es la última esperanza para la humanidad ante la oscuridad de la globalización y el liberalismo”. Esta “alianza de civilizaciones” ha sido secundada por el resto de partidos húngaros (Hungría fue el único Estado miembro de la Unión Europea que felicitó oficialmente a Irán por el 35 aniversario de su revolución en 2013) dentro de una estrategia geopolítica más amplia que tiene como objetivo disminuir la dependencia económica de Hungría respecto de la Unión Europea, de la que obtiene unos 5.000 millones de euros en subvenciones y a la que van dos tercios de sus exportaciones.

     

    Jobbik combina coherentemente esta apertura a Oriente con una cerrazón en todo lo demás. Jobbik ha propuesto varias leyes contra la “promoción de las desviaciones sexuales” con sentencias para los homosexuales de hasta ocho años de cárcel. En noviembre de 2012, después del enésimo ataque de Israel contra Gaza, el miembro del parlamento Marto Gyöngyösi pidió que se hiciera una lista de los diputados judíos, argumentando que suponían una “amenaza para la seguridad nacional”. Pero no todos los miembros del partido compran el pack completo de la homofobia más el antisemitismo más la islamofilia. La cabeza de lista del partido en el Parlamento Europeo, Krisztina Morvai, famosa por una declaración en la que invitaba a “los así llamados orgullosos judíos húngaros a que dediquen su tiempo de ocio a jugar con sus diminutas pollas circuncidadas en lugar de vilipendiarme”, ha formado parte de comisiones de la ONU en defensa de los derechos de las mujeres árabes y de los enfermos de SIDA. Esta derechización de la clase media húngara con estudios superiores, aunque es muy reveladora del estrato social de los votantes de Jobbik, no puede tomarse como un caso aislado ni exclusivo de un partido extravagante. Zsolt Bayer, periodista y asesor de Fidesz, ha propuesto repetidamente que “se haga desaparecer” a los casi un millón de gitanos húngaros porque se “comportan como animales”. Se podría decir que el mayor éxito político de Jobbik ha sido determinar la agenda extremista del gobierno húngaro desde 2010.

     

    En 2010 Orbán volvió al poder con el propósito de formar un “sistema de cooperación nacional” sobre la base del “trabajo, el hogar, la familia, la sanidad y el orden”. El giro chovinista y autoritario de sus políticas fue inmediato. Se limitó la autonomía de los tribunales, se persiguieron los medios de comunicación no afines y se instituyó una nueva fiesta nacional “en recuerdo de la afrenta” del Tratado de Trianón, que en 1920 privó al país de dos tercios de su territorio en el marco del Imperio Austrohúngaro. En 2012 se promulgó una nueva carta magna, conocida popularmente como la Constitución iPad, pues fue apresuradamente redactada en la tableta del diputado Jozsef Szajer. Su preámbulo, titulado ‘Confesión nacional de fe’, evitaba la expresión “República Húngara”, reconocía la corona de san Esteban como símbolo nacional, recalcaba el papel del cristianismo en la “preservación de la nación” y definía la ciudadanía en términos étnicos, extendiendo el derecho a voto a millones de magiar-parlantes nacionalizados en países limítrofes. Pero el apartado que más revuelo generó es el que afirmaba que entre marzo de 1944 y 1999 Hungría estuvo bajo “ocupación extranjera”, equiparando de este modo la ocupación nazi con la dictadura comunista y, lo que es más revelador, dejando a Horthy fuera del ajuste de cuentas con el pasado. En este contexto, el hecho de que Orbán fuese el primer gobernante en reconocer explícitamente la responsabilidad de Hungría en el Holocausto no permitió discernir si era en señal de orgullo o arrepentimiento.

     

    Orbán complementó sagazmente estas políticas chovinistas y autoritarias con otras más sociales. Impuso a las empresas energéticas una bajada del 20% en el precio del gas, la electricidad y la calefacción para los hogares a partir de 2013, nacionalizó los fondos de pensión privados por más de 10.000 millones de euros y renegoció los préstamos del Fondo Monetario Internacional. Para mantener su popularidad ante la opinión pública pagó a los oligarcas de los medios de comunicación (Lajos Simicska, Zsolt Nyerges, etcétera), pero fracasó en hacerse con el apoyo de la inteligencia (escritores de prestigio mundial como Imre Kertész, Péter Esterházy, Péter Nádas o György Dalos han tenido conflictos con el gobierno). Es cierto que en 2012 se publicó el libro ¿Quién ataca a Hungría y por qué?, de Zárug Péter Farkas, Lentner Csaba y Tóth György László, en el que se revelaba que Soros, el que había becado a Orbán para estudiar en Oxford, ahora estaba financiando a la oposición con 1,7 millones de euros. Pero el resto de los intelectuales húngaros se situaron de manera prácticamente unánime contra Fidesz. Ágnes Heller, la octogenaria posmarxista, discípula de György Lukács y superviviente de Auschwitz, calificó a Orbán de “bonapartista” y en respuesta fue acusada sin fundamento de haberse apropiado de fondos públicos y recibió mensajes antisemitas en la puerta de su despacho. La libertad de expresión fue amenazada por el discurso eufemístico e identitario. En junio de 2014 el Tribunal Supremo dictaminó que Jobbik no podía describirse como “extrema derecha” en radio o televisión bajo el razonamiento de que el partido rechazaba la expresión. Por supuesto que Orbán no moderó su retórica, como se puede ver en este discurso del 23 de octubre de 2013:

     

     

    “El combate de los húngaros por la libertad tiene sus héroes, pero también sus traidores. [...] Los comunistas vendieron Hungría y el pueblo húngaro a las finanzas y a los especuladores internacionales. Sabemos que todavía están dispuestos a vender Hungría a los colonizadores. [...] Vemos que se organizan de nuevo, que se agrupan de nuevo contra nosotros con los extranjeros, que siembran de nuevo los granos de la ira, de la discordia y de la violencia. [...] Tenemos que poner nuestras tropas en orden de batalla, como lo hicimos en 2010. Tenemos que terminar lo que terminar lo que comenzamos en 1956. Si no nos liberamos, nunca seremos libres”.

     

    En las elecciones de 2014 volvió a ganar la libertad. Fidesz volvió a hacerse con una supermayoría en el parlamento, a pesar de su drástica caída en votos, gracias a la previa reforma de la ley electoral. En el discurso de investidura Orbán declaró que el objetivo de esta legislatura era crear un “Estado iliberal” en la línea de Rusia, Turquía o China. Amenazado por las sanciones de la Unión Europea en caso de violación de los principios de la democracia parlamentaria, Orbán puntualizó que por liberalismo entendía libre mercado sin trabas y comparó el Estado iliberal con la pornografía hardcore, según la conocida sentencia del juez supremo estadounidense Potter Stewart: no puedo definirlo, pero “lo sabré cuando lo vea”. Lo que han visto los húngaros ha sido la creación de un Workfare State en el que se han promovido los valores de la familia patriarcal y la población reclusa o subsidiada (principalmente gitana) ha sido forzada a entrar en campos de trabajo. Siguiendo el modelo de Putin, con quien llegó a acuerdos en materia de energía nuclear, Orbán combinó esta vuelta de tuerca despótica con una enemistad abierta hacia la vieja oligarquía. De la noche a la mañana el imperio mediático de Simicska pasó de reverenciar a Orbán como un libertador a ultrajarlo como un tirano; la razón: sus empresas habían dejado de percibir publicidad estatal y subsidios europeos. El prestigio de Orbán estaba bajo mínimos a comienzos de 2015.

     

    Entonces sucedió el atentado contra Charlie Hebdo. Orbán aprovechó para declarar que debería limitarse la inmigración de personas con “características culturales diferentes” y en mayo de 2015 el gobierno envió una encuesta a ocho millones de ciudadanos sobre el tema “Inmigración y terrorismo” con preguntas retóricas del tipo “¿Sabía usted que migrantes económicos cruzan ilegalmente la frontera húngara y que el número de inmigrantes en Hungría se ha multiplicado por 20?”. El sondeo también llamaba a considerar peticiones de principio como “¿Cree usted que tiene algo que ver el aumento del terrorismo con la mala administración de la inmigración por parte de Bruselas?”. En junio de 2015, antes de que terminara oficialmente la “consulta nacional”, Orbán respondió a la crisis de los refugiados sirios movilizando su Estado iliberal de trabajo mediante la erección de una alambrada de cuchillas a lo largo de los 175 kilómetros de frontera con Serbia. Ante las críticas por trato poco humanitario, Orbán denunció el “imperialismo moral” de Occidente (“después de haber proclamado los derechos humanos, después de haberles impuesto nuestra ideología, después de haberles enviado nuestras celebridades, ahora nos sorprendemos de que estén llamando a nuestra puerta”) y celebró en octubre de 2016 un referéndum sobre la cuestión migratoria que perdió por falta de quorum.

     

    En marzo de 2017 Orbán promulgó una enmienda a la ley de educación que tenía como único objetivo cerrar la Universidad Centroeuropea de Bruselas, fundada por Soros en 1991. La desorosización de la educación superior formaba parte de un programa más amplio de promover el trabajo no cualificado. La edad a la que los estudiantes pueden abandonar la educación secundaria obligatoria se redujo de 18 a 16 años y Mercedes-Benz anunció que iba a invertir 1.000 millones en una nueva fábrica de coches en Hungría. Mária Schmidt, una historiadora próxima al gobierno, afirmó que los 1.440 estudiantes de la Universidad Centroeuropea, provenientes de 115 países distintos, suponían un “problema migratorio”. 80.000 personas se manifestaron en apoyo de los profesores y estudiantes por las calles de Budapest, 24 premios Nobel firmaron una carta de protesta y, a pesar de que Orbán había sido el primer jefe del gobierno europeo en respaldar a Donald Trump, los senadores John McCain y Orrin Hatch emplazaron a Orbán a negociar. Los medios de comunicación del gobierno afirmaron que las manifestaciones estaban formadas por extranjeros traídos en avión y los manifestantes empezaron a lanzar aviones de papel con el mensaje “Aerolíneas Soros” grabado en el lateral.

     

     

     

     

    Ernesto Castro (Madrid, 1990) es profesor de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y autor de Contra la postmodernidad (2011) y Un palo al agua: ensayos de estética (2016). Tiene un blog en el que publica sus artículos, un canal de Youtube al que sube sus conferencias y entrevistas y una página de Academia.edu en la que “se autopiratea” sus propios libros. 

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