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El laberinto español el blog de Cristina Vallejo


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5 de julio, 2019

El soberanismo y el materialismo de la ultraderecha que tientan a cierta izquierda

 

Del debate que ha abierto la entrevista de Esteban Hernández al filósofo italiano Diego Fusaro en El Confidencial, uno de los aspectos más interesantes que conviene analizar es la cuestión de la soberanía, de la reivindicación del papel y los antiguos poderes de los Estados-nación clásicos. El argumento que sustenta esa reclamación es que la recuperación de la soberanía permitiría a los Gobiernos nacionales contar con la capacidad y la autonomía que se requiere para poder cumplir con los compromisos adquiridos con los votantes sin que interfieran normas de entes supranacionales a los que se han cedido poderes o en los que los diferentes Estados los comparten. Esta explicación no es extraña encontrarla en la izquierda: al fin y al cabo, es la que quiere transformar la realidad, la que no comulga con los principios que rigen al Fondo Monetario Internacional y sus recomendaciones o mandatos a los países que requieren de su ayuda financiera y es también la que cuestiona el conglomerado institucional construido alrededor del euro, cada vez más vigilante con los prespuestos nacionales y con capacidad de impugnación por la vía de las multas. En definitiva, si las instituciones supranacionales, y muy especialmente la Unión Europea, se han construido en momentos de hegemonía liberal, los Gobiernos de izquierda son los que en principio se pueden encontrar más constreñidos a la hora de poner en marcha sus programas, sobre todo en materia socioeconómica.

 

Pero se da la paradoja de que, salvo marginalmente, las izquierdas aplaudieron la construcción europea o ese proceso de cesión o de disolución de la soberanía en un conjunto superior. Y si durante la crisis de deuda hubo amagos de ruptura de alguna izquierda con la disciplina que impone el euro, ésta se abortó rápidamente. Ello se achaca a que las izquierdas participaron y fueron abducidas por la hegemonía liberal, lo que les llevó a abandonar la agenda material, es decir, su programa económico clásico, para construir su nueva identidad alrededor de las reinvidicaciones postmateriales. Ello, por convicción, quizás. Pero puede que también por comodidad: la confrontación capital – trabajo, que es en la que se resume la agenda material, se les antoja a algunos más dura que la feminista, por ejemplo, como si el machismo no fuera tan estructural como la desigualdad en el sistema capitalista, o como si no hubiera feminismo de clase.

 

En resumen, aunque no es extraño encontrar en el discurso de las izquierdas la apelación a la necesidad de recuperar la soberanía, ésta no deja de ser minoritaria y, quizás, poco creíble, porque no llega a traducirse en nada concreto, es decir, no llega a la confrontación real. Y, con respecto a la Unión Europea, por ejemplo, prácticamente nadie en la izquierda se declara anti: el descontento se muestra afirmando que se quiere otra Europa que sea más democrática en su funcionamiento y renuncie a los dogmas económicos liberales.

 

Pero ahora la minoría de izquierda que añora el Estado-nación porque cree que puede ser útil para mejorar la vida de la gente, porque considera que el Gobierno elegido no sufriría restricciones para cumplir con su programa electoral, se ha encontrado con que hay quien se le ha adelantado en la reivindicación soberanista. Y considera que lo hace con mayor credibilidad que quien usa ese argumento de forma retórica en las filas de la izquierda y con mayor convicción que quien propone la reforma de la gobernanza europea y global como remedio. Ésa que se ha adelantado ha sido la ultraderecha. Y una ultraderecha que, a diferencia de la española, ligada a las élites y con nula atención a la cuestión social, sí tiene un programa social, o posturea con que lo tiene, apela al menos discursivamente a las clases trabajadoras y al olvidado mundo rural. Ello, por supuesto, mientras desprecia, en el mejor de los casos, o combate, en el peor, los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI, el ecologismo y la inmigración.

 

Cierta izquierda (¿la de tradición estalinista?) parece estar cayendo en la peligrosa tentación de comprar este discurso que aglutina recuperación de la soberanía y agenda material. Y se identifica incluso con la agenda anti-diversidad envolviéndola con la idea de que luchando por los derechos humanos o por la protección del medio ambiente sólo se hace el juego al capital (incluso acogiendo a los inmigrantes, porque haciéndolo, dicen, aumenta el ejército de reserva de trabajadores y ello lleva a bajadas de salarios y, por tanto a incrementos de los beneficios empresariales).

 

Todo ello se piensa como una gran novedad, cuando, sin ir más lejos en España, ya tuvimos una experiencia con una ultraderecha con barniz social y anticapitalista hace un siglo: Falange. ¿Es que la izquierda que hoy alaba a Fusaro estaría dispuesta a identificarse con Falange?

 

Habíamos venido aquí a hablar de la soberanía. Pero sumamos la cuestión material, porque desde las primeras líneas subyacía la idea: se reinvidica la recuperación de la soberanía para que los Gobiernos puedan hacer lo que prometen a sus votantes sin cortapisas de poderes que, es verdad, demasiadas veces no son elegidos democráticamente (y eso es lo que nos ha recordado la selección de jefes de la UE en los últimos días).

 

¿Qué riesgos tiene para la izquierda asumir este programa, la pelea por la recuperación de la soberanía de los viejos Estados-nación, para poder, por ejemplo, establecer una renta mínima muy ambiciosa, que aumente el gasto público y lleve al déficit a situarse por encima del 3% sin que ninguna institución superior ponga cortapisas? Para empezar, siempre, pero quizás más en este momento histórico después de años de globalización, de construcción de entes supranacionales, de génesis de algo así como una ciudadanía europea, el repliegue nacional requiere el nacimiento de un “nosotros” y de un “ellos” o de un “todos los que no son nosotros”. Con ello, las fronteras recobran su sentido antiguo de límite entre ese “nosotros” y “los demás” que hay que proteger. Si se quiere recuperar la soberanía es sobre un territorio concreto y sobre unas personas determinadas.

 

Entendido así, el terreno en el que se empieza a sentir cómoda cierta izquierda (y es fácil hacerlo, porque la música, sin meterse en profundidades ni en el análisis de las consecuencias, no suena nada mal) tiene muchos riesgos. Miremos un momento al Reino Unido y al Brexit. Se podría interpretar, a la luz de los resultados de las últimas elecciones europeas y de encuestas que se acaban de conocer que colocan al laborismo en mínimos históricos en intención de voto, que el proceso para salir de la Unión Europea ha reforzado, no ya a las posiciones conservadoras, que también, sino sobre todo a las nacionalistas, anti-inmigración y a las más xenófobas.

 

Ello puede mostrar que quizás a la izquierda no le convenga transitar sobre según qué cuestiones, porque hay temas de conversación que le perjudican, y uno de ellos es el nacionalismo. Jeremy Corbyn quería el Brexit para aplicar con libertad sus realmente ambiciosas políticas de izquierda. Pero de momento parece que el plan no va bien.

 

Las críticas a la izquierda que merece por sus múltiples renuncias de las últimas décadas no debería llevar a mirarnos al espejo de la extrema derecha porque se asuma, muchas veces erróneamente, que se está llevando el voto de los trabajadores desatendidos por sus líderes. La izquierda se deshumaniza si cae en el error de pensar que no es suya la lucha feminista, ecologista, la defensa de la libertad y la diversidad sexual, o si se olvida del internacionalismo más idealista en el buen sentido que piensa que su patria es la humanidad y que nacemos en un sitio o en otro por pura casualidad. Todas estas luchas son sus señas de identidad. Tanto como la de clases. La de clases, pero no la de nacionalidades.

 

La izquierda incluso debería sentirse orgullosa del concepto de interseccionalidad: la posición de privilegio u opresión que ocupamos en el mundo o nuestro nivel de renta dependen de las múltiples capas que componen nuestra identidad. Y hay que abordar todas las causas de discriminación. Porque todas ellas tienen una repercusión material y en la estructura de clases.

 

La ampliación del campo de batalla. Ésa debe ser la ambición de la izquierda. En los temas de preocupación, sin que surjan falsos dilemas entre lo material y lo posmaterial. Y en el ámbito de actuación: el Estado-nación se ha quedado pequeño y reivindicarlo debilita a la izquierda y fortalece al adversario, que se mueve mejor jugando en términos nacionalistas. 

 

 

Sígueme en twitter: @acvallejo

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