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Malabo el blog de Juan Tomás Ávila Laurel


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9 de julio, 2017

Equatorial Guinea: entre el cinismo y el autoengaño

 

Estos días hemos asistido con interés al juicio en París de Teodoro Nguema Obiang Mangué por el asunto de los cuantiosos bienes que atesoró en Francia ejerciendo del hijo bien amado de su padre, el dictador Obiang Nguema. Como era de esperar, no hizo acto de presencia y hasta el día de hoy, en que las vistas han conducido aquellos asuntos judiciales al tiempo de espera de la sentencia, el régimen  no ha querido que la población conociera ningún detalle de lo que estaba aconteciendo en París, aunque todo esfuerzo en este sentido sólo haya contribuido a levantar sospechas en la indolente población guineana, pues no parece guardar una lógica bloquear tanto internet y los canales de televisión por cable y a la vez obligar bajo amenaza a todos los funcionarios a acudir a una manifestación de condena por el proceso. Pero la dictadura guineana, gestionada por analfabetos y acomplejados, es así.

 

Lo que no dejaría de preguntar cualquier persona con un mínimo de sentido común es ¿por qué Nguema Obiang puede ser juzgado en el extranjero y en Guinea, donde no sólo hay cuantiosas pruebas del uso arbitrario de los recursos de país, sino que es elegible, nadie ha depositado ninguna queja formal sobre algún abuso cometido por él? La consecuencia inmediata de esta pregunta es la revelación de que los grupos opositores en el interior del país, convencidos todavía de la pertinencia de celebrar y acudir a las elecciones de la dictadura, se han quedado con el culo al aire. De hecho, estos opositores del interior apenas han emitido su parecer al respecto. Y la razón de esta conducta llamativa descansa en el cinismo aludido en el título, ya que lo lógico sería que primero se discutiera la solvencia moral de los elegibles antes de embarcar a la población en unas elecciones. Es decir, está cien veces visto que no ha funcionado la idea de convertir las mismas en el proceso por el que la población expresaría su rechazo al régimen. Y es que, por más que insistan, no suele haber elecciones en Guinea Ecuatorial. Además, ni siquiera en los países de más larga tradición democrática está funcionando está idea de esperar que los corruptos y criminales sean defenestrados en las urnas, ejerciendo de eventuales tribunales de justicia. ¿Todavía no es tiempo para que los que se abonan a las farsas electorales de Obiang se pregunten porqué los criminales de su régimen no pueden ser sometido a juicio en el país propio? ¿Cómo alguien que no puede ser juzgado sí puede ser candidato en unas elecciones?

 

Ante el inevitable declive vital del general-presidente Obiang algunos escenarios se dibujan en el panorama. La oposición interna, aleccionada por grupos de presión extranjeros, mayormente españoles, ha dilapidado su crédito dando satisfacción a los deseos de estos grupos y hoy por hoy no parece que ha tomado en serio la construcción de un futuro en el que el diseño del espacio político sea una prioridad. De hecho, la oposición interna no solo no es amenaza para el régimen, sino que hay indicios de que elementos de la vieja guardia del régimen pueden constituir en pieza clave en el escenario político próximo. En el horizonte se vislumbra, pues, la continuidad de la dictadura. Será aquí donde todos los temas postergados se harán visibles con virulencia, aunque no hay grupos vigorosos de políticos que sean capaces de erigirse en portavoces de ningún cambio. O sea, nada se puede resolver en el último día si previamente no habían sido planteados.

 

Algún lector preguntaría si los guineanos residentes en el exterior no constituyen un grupo significativo para ser tenidos en cuenta, y la respuesta está envuelta en una paradoja, y es que si estuvieran constituidos en grupo, el juicio a Teodorín, en el que tuvieron una participación testimonial, no se hubiera celebrado en el extranjero, sino en suelo patrio, habida cuenta, además, que esta oposición exiliada no tiene tanta presencia en Francia.

 

Por todo lo anteriormente dicho se colige que no basta conocer la historia para eludir los efectos de sus hechos determinantes, hay que tener la intención de incidir en el decurso de la misma que sea capaz de determinar el destino propio y colectivo. Lamentablemente, y para el caso que nos ocupa, la inacción suele ser una virtud en el ejercicio de la política.

 

Barcelona, 9 de julio de 2017

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