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Entrada libre el blog de Juan Ignacio García Garzón


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1 de diciembre, 2018

‘Luces de bohemia’, espejos confrontados

 

De nuevo Valle. Inagotable, tremendo, magistral. Nunca suficientemente presente en nuestros escenarios. El Centro Dramático Nacional programa ahora en el Teatro María Guerrero un estupendo montaje de Luces de bohemia que firma Alfredo Sanzol y respeta el texto original casi en su integridad, con algún cambio que luego comentaré. Muchos especialistas coinciden en considerar que esta es la mejor obra teatral española del siglo XX. Yo también lo pienso. Tanto en el plano estrictamente escénico como en el histórico, pues el alucinado retablo de personajes que se entrecruzan en las calles de ese Madrid “absurdo, brillante y hambriento” alberga la síntesis social, política y cultural de una época. Un paisaje humano con la musculatura analítica de un diagnóstico.  


Luces de bohemia se publicó por entregas en la revista España entre el 31 de julio y el 23 de octubre de 1920, y en su versión definitiva, con bastantes modificaciones y añadidos, apareció en forma de libro en 1924. Como se ha apuntado en alguna ocasión, resulta curioso constatar que el itinerario sonámbulo de Max Estrella por el nocherniego Madrid de la bohemia se acompasa en el tiempo con el de Leopoldo Bloom por Dublín (Ulises fue publicada en 1922). En esos dos largos paseos encapsulados temporalmente en varias horas de un mismo día, o de una noche y su madrugada, y en los que cabe el siglo XX, la ciudad adquiere un protagonismo decisivo como escenario vivo que el paladín inverso atraviesa convertido en reflejo grotesco de modelos nobles. Valle se remite a la deformación de los héroes clásicos como génesis del esperpento, esa tragedia que no es tragedia, desgarrada y ridícula; por su parte, la peripecia del anodino Bloom es una paráfrasis doméstica y apocopada de la epopeya homérica. Ambos autores constatan de alguna forma que los grandes héroes desaparecieron junto con los viejos dioses de la integridad y del esfuerzo, la vieja ética, los viejos principios. Los modernos arribistas, esa especie insumergible, carecen de dimensión épica y seguramente de dimensión ética.


Luces de bohemia es un vivísimo repertorio de referencias cultas y populares que mezclan, por ejemplo, a la teósofa madame Blavatsky, Hamlet, Espartero, Castelar, Calderón, Rubén Darío y otros personajes políticos y literarios del momento; un texto en el que alternan lo procaz y lo elegíaco, la jerga tabernaria y las evocaciones clásicas, de tal manera que ese lenguaje elástico, deslumbrante, que conjuga la agudeza plástica, el humor y el desencanto, se convierte también en protagonista de la epopeya miserable, convulsa y triste del quijotesco Estrella en compañía de su escudero don Latino de Hispalis, al que en algún pasaje de la obra alude como su perro.


Por todo ello y por muchas más cosas, siempre resulta estimulante asomarse a un nuevo montaje de la obra maestra de Valle-Inclán. La propuesta de Sanzol es coherente, entrañada con el texto y sus significados, muy en tono y en ritmo, con transiciones ágiles apoyadas en pocos elementos y unos intérpretes que, a excepción de los dos protagonistas, se multiplican con brío en la amplia diversidad de personajes que contiene la pieza. He mencionado antes algún cambio en el texto; me refería a una canción que interpreta el coro de jóvenes modernistas, los Nuevos Gozos del Enano de la Venta, en la que se utiliza un personaje popular para satirizar a algún político o militar de la época. Sanzol cambia la letra y se la aplica a Alfonso XIII, calificado en ella de cazador de elefantes, remitiendo así, poco veladamente, a Don Juan Carlos I: eso sí que es tirar con pólvora del rey, si me permiten la expresión, dada además la condición de teatro público del María Guerrero.

 

 


De izquierda a derecha, Juan Codina (Max Estrella), Chema Adeva (don Latino de Hispalis) y Ángel Ruiz (Rubén Darío)

 

El director despliega una puesta en escena de desnuda intensidad, acentuada por el trabajo escenográfico de Alejandro Andújar, que deja al descubierto la caja del escenario, con sus paredes negras, sus cables y demás impedimenta técnica, e introduce en escena, colgados de los telares o colocados sobre carras que empujan los actores, diversos espejos que unas veces reflejan lo que tienen delante y otras velan lo que ocurre detrás, y que en algunas escenas miran hacia el público, como apuntando que lo que se está viendo sobre el escenario es un reflejo de lo que ocurre fuera de él y que los momentos delirantes creados por el autor son al cabo esquirlas de una España distinta pero no tanto de la de ahora mismo. Una idea eficaz desde el punto de vista teatral, aunque no sé si materializar una metáfora supone de alguna manera descerrajarla al despojarla de su materialidad misteriosa, pues los espejos nos llevan de inmediato por alusión a la conocida definición que Valle-Inclán coloca en boca de Max Estrella en la escena duodécima de la función: “los héroes clásicos han ido a pasearse al callejón del Gato” y “reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento”. (Sin ánimo de resultar cargante aclararé, por si alguien no lo supiera, que el mencionado callejón es la callecita madrileña dedicada al poeta del siglo XV Juan Álvarez Gato que va de la calle de Núñez de Arce a la de la Cruz, muy cerca de la plaza de Santa Ana. Y ya que estoy, señalaré que los tan citados espejos cóncavos eran el reclamo comercial de una ferretería situada en esa calle tiempo ha).


Hago un inciso para destacar que la obra está llena de mil y un de detalles de este tipo, alusiones a grupos políticos y personas reales, enmascaradas tras algún personaje o con su nombre, y también de expresiones y recreaciones del habla popular que hacen muy difícil trasladar a Valle a otros idiomas. Un ejemplo: La Lunares, una jovencísima prostituta, aclara a Max Extrella en la escena décima que ya pasa de tres años que la “visita el nuncio”, es decir, que hace ya ese tiempo que tiene la menstruación, en referencia al rojo del capelo cardenalicio de los representantes diplomáticos del Papa. Algo que no tiene demasiado claro ni siquiera gente de la escena con experiencia, pues hace poco, conversando con una actriz sobre la complejidad del lenguaje del escritor gallego, me comentó que ella siempre había pensado que esa frase de la rabiza adolescente se refería a que tenía un cliente eclesiástico. En este sentido aclaratorio, resulta muy recomendable una reciente edición de Luces de Bohemia realizada por Mauro Armiño para Edaf, provista de una abundante, amena y precisa batería de notas, y un práctico apéndice donde se desarrollan algunas de las menciones a personajes, organizaciones y conceptos que aparecen en la obra.  

  

Pero disculpen ustedes el excurso y volvamos al montaje del María Guerrero, en el que la iluminación fúnebre, solanesca, de Pedro Yagüe acentúa la densidad elegíaca de la propuesta y, en sentido opuesto, refulge cuando el giro de un espejo duplica la luz de los focos y se ilumina la escena que transcurre en el Café Colón, donde Max y don Latino se encuentran con Rubén Darío, muerto años antes de la escritura de la obra y quien al final de la misma coincide en el entierro del primero con el marqués de Bradomín, criatura valleinclanesca por excelencia: ¡una persona real y otra imaginaria caminan del bracete por el camposanto en un genial guiño de metaficción autorreferencial! En lo interpretativo, Juan Codina compone un Estrella de poderosa expresividad enteca muy plausible, capaz de enhebrar lo épico y lo trágico sin recurrir al desgarro; es el suyo un trabajo recorrido por una secreta dignidad empapada de ternura que coloca esta creación del poeta ciego e iluminado, bajo cuyo perfil Valle quiso transparentar el del escritor bohemio Alejandro Sawa, entre las mejores que yo he visto, teniendo en cuenta que he presenciado las magistrales de Carlos Lemos, dirigido por José Tamayo, y José María Rodero, a las órdenes de Lluís Pasqual. Junto a él, el don Latino de Chema Adeva alcanza con notable corrección el tono servil y aprovechado de su papel, contrarreflejo indigno del de Max. Una pregunta: ¿por qué, pese a que en la época ningún hombre solía salir de casa con la cabeza descubierta y en el texto se citan expresamente el sombrero de Max y el quepis de don Latino, ninguno de los dos los lleva?    


El resto del extenso reparto, muy bien caracterizado por Chema Noci, realiza una labor sobresaliente. Por citar alguno, merecen ser destacados La Pisa Bien de rompe y rasga que dibuja Paula Iwasaki, el robusto Zaratustra de Jorge Kent, el cabal Serafín el Bonito de Ángel Ruiz, La Lunares desoladora y entrañable de Lourdes García, el pinturero don Peregrino Gay de Paco Ochoa, el pianista para todo que encarna Jorge Bedoya, el chulesco Rey de Portugal de Guillermo Serrano, el burlesco Dorio de Gádex interpretado por Kevin de la Rosa, y Jesús Noguero en todos y cada uno de los personajes que visita (borracho, capitán Pitito, marqués de Bradomín y el periodista don Filiberto). Estoy convencido de que ante su trabajo Valle-Inclán se retractaría de unas declaraciones realizadas a ABC en 1927, cuando aparentemente había abandonado la escritura teatral harto de las dificultades para estrenar: “He hecho teatro, procurando vencer todas las dificultades inherentes al género. He hecho teatro tomando como maestro a Shakespeare. Pero no he escrito nunca ni escribiré para los cómicos españoles”.

 


Título: Luces de bohemia. Autor: Ramón María del Valle-Inclán. Dirección: Alfredo Sanzol. Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar. Iluminación: Pedro Yagüe. Música y espacio sonoro: Fernando Velázquez. Caracterización: Chema Noci. Intérpretes: Juan Codina, Chema Adeva, Jorge Bedoya, Josean Bengoetxea, Paloma Córdoba, Lourdes García, Paula Iwasaki, Jorge Kent, Ascen López, Jesús Noguero, Paco Ochoa, Natalie Pinot, Gon Ramos, Kevin de la Rosa, Ángel Ruiz y Guillermo Serrano. Teatro María Guerrero. Madrid. Hasta el 25 de noviembre de 2018.

 

 

 

NOTA: Esta crítica ha sido publicada en el número 450 de Revista de Occidente, correspondiente a noviembre de 2018.

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