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Tiernamente adorables el blog de Mario de las Heras


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13 de septiembre, 2017

El parque de Sebastopol

 

El viento de septiembre es como el mar del norte: se alternan las corrientes frías y cálidas. Pero hoy es todo cálido, y es fuerte. No sé por qué siento que es como el inicio de El sitio de Sebastopol, de Tolstoi, y eso que a mi lado, o precisamente por eso, camina Candela, mi hija de dos años. Candela lleva en los brazos a su muñeco Lalo. Ha decidido llevarlo consigo, lo cual significa que yo he de hacerme cargo del carrito de Peppa Pig.

 

Vamos al parque de juegos y ya oigo los cañonazos y veo el humo por encima de los árboles. Es como si nos acercásemos al frente. En realidad no es el parque de juegos, es el frente de juegos. Silban los proyectiles. Es difícil ser niño, sobre todo si eres de los más pequeños, pero es más difícil ser padre en un parque de juegos. A mí los hoyos en la arena me parecen trincheras, y luego tengo pesadillas con ellos como si fuera un veterano.

 

Introducirse de lleno en el mundo infantil del parque en edad adulta tiene consecuencias. Casi no puedo soportar la tensión que me produce la insistencia silenciosa e irreductible de un niño o niña que aguarda, desea ávidamente, que mi hija, en este caso, se baje de donde esté subida para poder subirse él o ella. Es inquietante como esa niña o niño esperan. Su mirada y la determinación que emana son aterradoras, como si fueran a mutar o algo parecido en una criatura espantosa. Es la guerra psicológica que a mí me parece casi una guerra química. En ellos, en los niños, no parece ser tan doliente. No sufren, no tanto como yo desde mi altura (es una especie de mal de altura), aunque se machaquen, se destrozen y se humillen entre ellos con una crueldad perfecta.

 

Pero la observancia es dura. Casi me siento un corresponsal con un chaleco que dijera: FATHER. Esa guerra no es la mía. La mía es la batalla cruenta y soterrada con los padres que utilizan a sus hijos para mostrar sin tapujos (aunque ellos piensan que actúan a través de un filtro que los hace buenos a ojos de todos) lo peor de ellos mismos. El parque de juegos es en verdad el frente de juegos. Da la impresión de que, en vez de cumplir con su función ordenadora, esos padres fomentan los disturbios y el saqueo mediante una indolencia pasmosa, mayormente, o con una implicación extraterrestre.

 

El parque de juegos lleno de padres es un ultimátum a la Tierra donde casi ya no puedo reconocer a mis congéneres. Donde una niña coge y se lleva el carrito de Peppa Pig de mi hija mientras los padres (y la abuela, otro elemento en contra, otro enemigo y no el aliado que uno podría esperar de otras generaciones) no muestran la más mínima afectación que no sea usar con fruición el carrito de mi hija al mismo tiempo que mi mirada interrogatoria no surte ningún efecto indicador de comunicación entre individuos supuestamente de la misma especie. Puede que el extraterrestre sea yo y que esto no sea el frente sino la guerra de los mundos.

 

Una guerra en la que un niño, sin mediar explicación, se pone de pronto en medio del recorrido del columpio de mi hija igual que un suicida, razón por la cual es atropellado sin remisión y mi hija es desestabilizada (hasta aquí todo relativamente natural: una guerra como las de antes), hasta que el niño (mientras le atiendo), exageradamente histérico, comienza a gritar que la culpa la tengo yo por no apartarle (en realidad no me da tiempo a hacerlo y en realidad lo que quería el maleducado era descabalgar a la fuerza a mi hija para cabalgar él) en dirección a su padre. El padre me mira torvamente pero no actúa. Se queda en su sitio (seguramente imaginando, planeando, que me inflinge una represalia sádica a traición) dándole confusas explicaciones a su insolente retoño, que sin duda después de ellas será aún más insolente.

 

Yo trato de ponerme en guardia pero no sé cómo se hace. No aquí. ¡En el parque de juegos! El mismísimo sitio de Sebastopol en plena ofensiva, donde dos madres no interrumpen su conversación para impedir que sus hijos se saquen los ojos y los de otros y se deshollen vivos y devasten la naturaleza y el mobiliario urbano a su paso, pero sí la interrumpen para mirarme como si fuera un asesino de niños. El mundo de hoy, y quizá también el de ayer. Yo pienso en ese momento, en medio del fragor y la confusión de la guerra, de la reverberación, que las asesinas son ellas, asesinas con piel de madre y voz robótica y prejuicios también robóticos como su cerebro. Pienso también, una vez más, que estoy solo en el mundo, solo hoy con mi hija en busca de una playa como en La carretera, en busca de un mar del norte donde se alternan las corrientes frías y cálidas.

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