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Gazeta de la melancolía el blog de Víctor Colden


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2 de junio, 2019

Diario de Valvanera

 

Ahora que se ha publicado mi Inventario del paraíso, recupero aquí
unas notas de finales de 2016, cuando, tras dos años de trabajo,
creía que me quedaba poco para terminar de escribirlo.

 

Martes 6 de diciembre

Parece que sí: me voy mañana al monasterio de Valvanera, a escribir. A ver si le doy un buen impulso al Inventario del paraíso.


Dudas, tironeo entre las ganas de hacerlo y el temor a la soledad, más esa sensación de inevitabilidad ante las decisiones tomadas que, aunque todavía podríamos dar marcha atrás, sabemos que ya no tienen remedio.

 


Miércoles 7 de diciembre

Soy el único huésped del monasterio. Impresiona un poco, la verdad. Al entrar en el comedor para la cena, solo mi mesa estaba preparada.


El viaje ha sido magnífico. Sobre todo, el tramo por la fantasmagórica ribera del Duero, con esa niebla cerrada. Luego, en Salas de los Infantes, un pueblo que me resulta simpático, he comprado un flexo en una ferretería.

 
Envuelto en una manta, he escrito toda la tarde en el silencio de mi habitación. Después, linterna en mano, me he dado un paseo por la carreterilla. Sobrecogía estar ahí, en la tiniebla, y he pensado irme mañana: ¡no creo que aguante tres noches!

 


Jueves 8 de diciembre

He pasado el día escribiendo. Pero lo primero, antes del desayuno, ha sido la caminata por el frondoso bosque de Valvanera. Que me busquen aquí si alguna vez desaparezco. (O en la plaza del Mentidero de Cádiz).
 

En mi cuartito hace un poco de frío, pero trabajo abrigado y con la manta por los hombros. Además, me he traído el hervidor de agua y una buena provisión de bolsitas de té.

 

Creo que desecharé mucho de lo escrito hoy. Da igual: también estos desvíos, cuando los desandamos, nos hacen avanzar, aunque de otra manera. O eso espero.
 

Tras la comida desparecieron los pocos visitantes y volví a quedarme solo.

 

 

Viernes 9 de diciembre

Impresionante subida, esta mañana, a los Pancrudos, que cierran el valle. Empecé a caminar a las siete y media, a oscuras. Frío, nieve, silencio, soledad. Desde la cumbre, más montañas en todas las direcciones.
 

Aunque solo fuera por las duchas, valdría la pena alojarse aquí: el agua sale con una fuerza excepcional, y ha sido la mejor recompensa tras la excursión.
 

Siesta, té y sesión de escritura. Escribir un libro es como subir una montaña: la única manera es dar un paso después de otro, no hay atajos.
 

Miedo, de nuevo, en mi paseo nocturno por la carretera. Se oían gruñidos en la espesura.

 

 

Sábado 10 de diciembre

Tras una última caminata por el bosque y un par de horas escribiendo, me he ido del monasterio. Con pena, pero aliviado. Preciosa ruta de vuelta a casa, por la LR-333, paralela al río Urbión: Viniegra de Arriba, Montenegro, puerto de Santa Inés.
 

Recuerdo que Bruno, il capo, pasó una semana en el monasterio de la Oliva a finales de los 80. Lo que fuera que buscara allí, me parece que no lo encontró. (Pero fue un valiente).

 

¿La escritura? He avanzado, aunque al Inventario le quedan por lo menos seis meses de trabajo, y no unas cuantas semanas, como yo creía…

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