Ilustraciones de Xan Eguía en la edición conmemorativa de "Niebla" de Ediciones del Viento (2014)

    1   


    Guía para releer 'Niebla', trasunto del sentimiento trágico de Miguel de Unamuno

    Luis Herrero-Tejedor Goldáraz - 02-02-2018

    Tamaño de texto: A | A | A

    La primera nivola escrita y reconocida por el famoso rector de la universidad de Salamanca permite una infinidad de interpretaciones. Uno de esos planos de lectura defiende que, en realidad, es la versión novelada del famoso ensayo unamuniano titulado Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos.

     

    La primera vez que Unamuno cayó en la cuenta de que algún día moriría tenía seis años. El fallecimiento de su padre se le presentó entonces como una revelación, y sembró en él una semilla de la que surgiría luego toda su literatura. ¿Cómo escapar a la condena de la muerte? Aquello fue algo que le dejó traspuesto, y que se le quedó oculto en el entendimiento hasta que tuvo la edad suficiente como para replantearse sus posturas vitales. Antes de eso creció bajo la férrea protección de su madre y de su abuela, en el seno de una familia católica que le enseñó aquella doctrina a la que tantas veces intentaría regresar tiempo después.

     

    En su niñez fue un creyente devoto. Durante su adolescencia formó parte de la congregación de San Luis Gonzága y hasta comenzar sus estudios universitarios jamás mostró síntomas de albergar en sus adentros demasiadas dudas de carácter religioso. Sin embargo, una vez en Madrid, matriculado en Filosofía y Letras, descubrió el poder revelador de la razón, y fue rechazando poco a poco los antiguos preceptos a los que había consagrado su alma.

     

    Pero la muerte seguía ahí, escondida en su memoria, y solo tuvo que asomar las orejas para que él terminase de obsesionarse con su sombra inabarcable. Con los años su racionalismo extremo se había vuelto una de sus señas de identidad y, junto a su erudición de filólogo, le había traído el reconocimiento del mundo cultural español de finales del siglo XIX. Todo cambió en 1897, cuando después de pasar la noche del “22 o 23 de marzo” en vela, aquejado de unas molestias ansiosas y recubierto de sudor, arrebujado junto a su esposa Concha, se sintió acorralado por el “ángel de la nada”. La explicación que le dio luego a esa extraña crisis nerviosa hacía referencia al excesivo esfuerzo que ejerció batallando contra todos los problemas que le apremiaban en la cabeza. No eran pocos sus conflictos, desde luego. La publicación dos años antes de En torno al casticismo, texto con el que introdujo en España el estilo ensayístico, le sirvió para tratar de aunar en una sola voz a sus diferentes yoes (el público, que escribía en la prensa, y el privado, que vivía en lo más profundo de su conciencia), pero el empeño que puso en encerrarse todo él dentro de aquellas páginas le acabó pasando factura. A ello, además, se le sumó la enfermedad de su hijo “Raimundín”, que acabaría falleciendo poco tiempo después.

     

    Sea como fuere, aquella noche se inició un cambio en su perspectiva. Había experimentado la muerte, aunque solo hubiese sido durante unos segundos, y su racionalismo se había tambaleado en el mismo preciso momento en que Concha, preocupada por él en aquellos instantes de angustia, le había cogido de la cabeza y le había susurrado: “¿Qué tienes, hijo mío?”. Los tres días siguientes los pasó rezando.

     

    En 1900 fue nombrado por primera vez rector de la Universidad de Salamanca. Por aquellos tiempos ya rumiaba la idea que habría de alimentar toda su obra: El extraño conflicto entre la razón y el sentimiento, entre la fe y el escepticismo. Así se pasaría los siguientes años hasta que la muerte de su madre, en 1908, le terminase de sacar de su ensoñación para meterle, de lleno, en un estado de hipocondría del que nacerían dos de sus obras cumbres: Del sentimiento trágico de la vida y Niebla.  

     

     

    Del sentimiento trágico de la vida

     

    Entre 1912 y 1913 salieron a la luz una serie de artículos ensayísticos que, juntos, comprendían un libro al que Unamuno tituló Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos. Ya antes se había embarcado en alguna vana intentona por escribir acerca de sus dudas de fe, tratando de desmigajar lo mejor posible sus concepciones de la religión y de la necesidad trascendental del hombre. El primer borrador de Niebla, por ejemplo, data de 1907. Ahora había elaborado todo un libro en el que había dejado plasmado el tuétano de su filosofía.

     

    La idea fundamental que atraviesa de manera transversal cada uno de los once ensayos que conforman el texto es llana: la necesidad primera y última del hombre es la trascendencia. A partir de ahí, Unamuno analiza sus frustraciones y va respondiendo, poco a poco, cada una de las preguntas que le afligen.

     

    “El hecho primordial es que la curiosidad brotó de la necesidad de conocer para vivir, y este es el peso muerto y la grosera materia que en su seno la ciencia lleva; y es que aspirando a ser un conocer por conocer, un conocer la verdad por la verdad misma, las necesidades de la vida fuerzan y tuercen a la ciencia a que se ponga al servicio de ellas, y los hombres, mientras creen que buscan la verdad por ella misma, buscan de hecho la vida en la verdad”, nos dice Unamuno en uno de los primeros capítulos de la obra, dejando entrever mucho más: El hombre lo que quiere es vivir, porque es así cómo se siente y cómo desea seguir siendo él mismo. Cualquier cosa que hace en su vida, por consiguiente, se ve condicionada por esa primordial necesidad que no puede ser obviada.

     

    Luego lo explicita aún más cuando exclama: “La conciencia de pensar, ¿no será ante todo conciencia de ser? ¿Será posible acaso un pensamiento puro, sin conciencia de sí, sin personalidad? ¿Cabe acaso conocimiento puro, sin sentimiento, sin esa especie de materialidad que el sentimiento le presta? ¿No se siente acaso el pensamiento y se siente uno a sí mismo a la vez que se conoce y se quiere? (...) Y sentirse, ¿no es acaso sentirse imperecedero? Quererse, ¿no es quererse eterno, es decir, no querer morirse?”. El hombre es razón y sentimiento, nos dice Unamuno entonces, a la vez que piensa siente, del mismo modo que trata de racionalizar sus propios sentimientos. No puede separar las dos mitades que le conforman.

     

    Entra entonces en escena la encrucijada que la seguridad de la muerte de la conciencia trae consigo: Si al morir acaba todo y si la existencia no es más que un rayo de luz entre dos oscuras nadas, ¿para qué todo? Y él, incansable, responde: “Frente a este riesgo, y para suprimirlo, me dan raciocinios en prueba de lo absurda que es la creencia de la inmortalidad del alma; pero esos raciocinios no me hacen mella, pues son razones y solo razones, y no es de ellas de lo que se apacienta el corazón. No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, y vivir yo este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por eso me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia”. Se observa que para él existen dos maneras de desentrañar las incógnitas del mundo, y tan válida es la razón como el sentimiento, los dos polos que nos conforman, pues ambos llegan hasta donde el otro no es capaz.

     

    El sentimiento, ese que se empeña en querernos eternamente vivos, es para Unamuno el germen de la religiosidad humana, y de esa manera dedica varias páginas del ensayo a hablar de la historia de las religiones, y de cómo el cristianismo se consolidó gracias a que Cristo había, precisamente, vencido a la muerte. Su crítica a las religiones no entraña en sí, sin embargo, un rechazo del sentimiento religioso. Unamuno carga contra todos los actos “de abogacía” que las distintas doctrinas han llevado a cabo a lo largo de la historia, pero considera al mismo tiempo igual de válida la creencia religiosa que el agnosticismo racional. Ambas posturas casi contrapuestas (no del todo en realidad) son hijas de las dos maneras de entender la realidad: “Pero ¡ay! que no lo conseguimos; la razón ataca, y la fe, que no se siente sin ella segura, tiene que pactar con ella. Y de aquí vienen las trágicas contradicciones y las desgarraduras de conciencia. Necesitamos seguridad, certeza, señales…”.

     

    El hombre tiende a pensar que la razón es la única garante de la verdad, pues así lo ha ido experimentando con el paso de los años. La ciencia es la madre del progreso, la que explica de una manera contrastable cómo funciona el mundo, y fuera de ella todo lo demás aparece como una simple superstición. He ahí la tragedia. He ahí el sentimiento trágico de la vida: querer vivir para siempre sabiendo racionalmente que lo más lógico es que con la muerte se acabe todo. “Y así como antes de nacer no fuimos ni tenemos recuerdo alguno personal de entonces, así después de morir no seremos. Esto es lo racional”. Pero la razón no es absoluta ni infalible, contraataca Unamuno, tiene límites, y esos límites dejan de ser enemigos de la vida. “¿Cómo, pues, va a abrirse la razón a la revelación de la vida? Es un trágico combate, es el fondo de la tragedia, el combate de la vida con la razón. ¿Y la verdad? ¿Se vive o se comprende?”. Fuera del sistema racional, allí donde reina lo irracional, pero verdadero, es donde Unamuno encuentra su esperanza: “fuera de ellos [los límites de la razón] está el absurdo de Tertuliano, el imposible de certum est, quia imposible est. Y este absurdo no puede apoyarse sino en la más absoluta incertidumbre”. Así concluye la primera gran parte de su ensayo, llevando al lector de la mano hasta lo más profundo del abismo. Después, dejando atrás casi cualquier componente racional (racionalizando lo “contrarracional” al encerrarlo en el lenguaje) expone su salida, e insta a la humanidad a seguir su propio camino, y a pelear por encontrar cada uno su peculiar manera de sobrevivir a la sádica incertidumbre.

     

    Explicar detalladamente la búsqueda desesperada de sentido que emprende Unamuno en la siguiente parte del ensayo alargaría este texto mucho más de lo que ya se está alargando. En un injusto resumen, pues lo más justo sería remitir al lector al propio libro, mencionaré una serie de ideas. En primer lugar Unamuno otorga completa validez a la imaginación y a los anhelos, y los equipara con la razón, dándoles el beneficio de la duda. A partir de ahí, se lanza a la búsqueda de Dios, y le encuentra a través del amor, o lo que para él es lo mismo, la compasión. Su propia conciencia, dice, se compadece de ella misma y descubre en las demás conciencias el mismo sino fatal, por lo que pasa a compadecerlas a todas. Después, en un acto igual de lógico, pues nadie puede demostrar que no pueda ser verdadero, otorga conciencia a cada cosa del Universo, y se compadece de ellas, para después compadecerse de la conciencia del Universo todo, que sería Dios, igual de condenado que cualquiera de nosotros. El Dios unamuniano se le presenta a él como su más profundo anhelo, y como una ensoñación lógica, perfectamente posible en el intelecto.

     

    Según él, el Universo tendría conciencia de sí, que estaría formada por otra infinitud de conciencias más pequeñas, del mismo modo que nosotros estamos formados por átomos, también diminutas conciencias. En un proceso de apocatástasis, el Universo, al igual que nosotros, tomaría conciencia de sí, esto es, se conocería, y se iría haciendo suyo al conocerse. Nosotros, como conciencias que formamos el Universo, al conocer a las demás conciencias, las haríamos nuestras (pues uno solo puede descubrir al otro conociéndole, y conociéndole le hace suyo, le crea en su cabeza, y a medida que más profundamente le conoce más profundamente le crea de continuo). “¿No es acaso que empezó el Universo, este nuestro Universo –¿quién sabe si hay otros?–, con un cero de espíritu –y cero es lo mismo que nada– y un infinito de materia, y marcha a acabar en un infinito de espíritu con un cero de materia? ¡Ensueños!”. Los hombres, caníbales, se alimentarían de las demás conciencias, conociéndolas, e irían siendo poco a poco más ellos, más Universo, reviviéndose y reviviendo a cada conciencia conocida en su interior, abrazando la inmortalidad comunitariamente: “Y conocer a Dios, ¿qué ha de ser sino poseerlo? El que a Dios conoce, es ya Dios él”.

     

    Unamuno sabe que todo lo que comenta no tiene una base racional, y que no puede ser demostrable. Fluye de lo más hondo de su sentir. Reconoce, además, que no necesariamente esa visión salvaría su alma, pues en un último acto de concientización, el Universo podría devorarnos, hacernos suyo, y nosotros perderíamos con la muerte la conciencia para hacer que el Universo pudiese seguir siendo. Un último sacrificio religioso. Pero se resiste a creerlo, quiere creer en un cielo más allá, en el que sigamos siendo nosotros, y sigamos acercándonos poco a poco a la contemplación absoluta del todo, pero sin llegar nunca, para no pararnos y no aburrirnos, para no vernos colmados e inconscientes. En la lucha por seguir conociendo está la vida, y Unamuno quiere vivir eternamente. Se ancla, entonces, en la duda eterna, en la eterna incertidumbre, y decide obrar como si sus ensueños fuesen reales, para convertirlos en reales a fuerza de fe. “Peleemos contra el destino, y aún sin esperanzas de victoria; peleemos contra él quijotescamente”. Esa es su solución trascendental y a ella se dedicó, decidido a plasmarse a sí mismo, todo él, en sus obras y sus escritos, para permanecer vivo más allá de la muerte y para volver a crearse en la conciencia de todo aquel que le leyese en un futuro. ¡Ensoñaciones! Todo niebla.

     

     

    Niebla

     

    Un año después, en 1914, llegó a las librerías Niebla, una novela que colmaría de elogios al escritor vasco y que le terminaría de situar entre los grandes literatos de aquella España doliente de principios del siglo XX. Las desventuras del protagonista, Augusto Pérez, y su trágica muerte después de haberse entrevistado con su creador, don Miguel de Unamuno, encandilaron a un público culto que vio en aquel pobre desdichado la imagen del hombre moderno.

     

    Aunque las similitudes en el tema son evidentes, muy pocos, sin embargo, se han atrevido a decir lo que en realidad ya dijo el propio autor. Niebla y Del sentimiento trágico de la vida son, en última instancia, el mismo libro. Las ideas expuestas en el ensayo, tal vez demasiado inaccesibles para un público menos leído, aparecen fenomenalmente narradas en esa alegoría de la desgracia humana que es la primera nivola escrita en la historia. Comencemos.

     

    Augusto es un pobre hombre, una persona que vive adormilada ante las escasas perspectivas a las que se abre su vida. Desde el fallecimiento de su madre no ha sabido escoger un rumbo, ni ha conocido a una mujer que le conmueva lo suficiente como para decidirse a dar el paso del matrimonio. Vive entre niebla, a la deriva. Antes de entrar en materia es necesario dejar clara cierta simbología que esconde el verdadero sentido del relato. El matrimonio, para Unamuno, tiene que ver con la respuesta trascendental, con la decisión que todo hombre toma de escoger entre los distintos caminos intelectuales, morales, éticos y espirituales. Todo se verá más claro a medida que avancemos.

     

    “Ahí está una masa informe; parece una especie de animal, no se le distinguen miembros; sólo veo dos ojos, y ojos que me miran con mirada humana, de semejante, mirada que me pide compasión, y oigo que respira. Y concluyo que en aquella masa informe hay una conciencia. Y así, y no de otro modo, mira el creyente al cielo estrellado”, narra Unamuno en Del sentimiento trágico, hablando del descubrimiento de la conciencia del Universo, y así introduce Unamuno a Eugenia en Niebla, después de que Augusto la hubiese descubierto y seguido por la calle: “¿Se borrará su imagen de mi memoria? Pero ¿cómo es? ¿Cómo es la dulce Eugenia? Sólo me acuerdo de unos ojos… Tengo la sensación del toque de unos ojos… Mientras yo divagaba líricamente, unos ojos tiraban dulcemente de mi corazón”. La semejanza es clara y el juego de contraposiciones enormemente literario, pues Eugenia (nombre que recuerda a génesis, o a genio), en la novela, representa realmente a la vía racional para desentrañar el mundo, aquella que únicamente puede desengañar los más íntimos anhelos del hombre. Eugenia, terca, indomable y libre, es la imagen de la razón, aquella que no se amolda a los deseos de Augusto porque él quiera, sino que impone impasible sus directrices. Nada más conocerla el desdichado se siente despertar, se siente vivo, y exclama jubiloso: “¡Gracias a Dios –(...)–, gracias a Dios que sé adónde voy y que tengo adónde ir! Esta mi Eugenia es una bendición de Dios. Ya ha dado una finalidad, un hito de término a mis vagabundeos callejeros…”.

     

    Por esas mismas fechas Augusto se encuentra a un perrito y decide adoptarlo. Le llama Orfeo, en una clara alusión a la ensoñación, y Unamuno decide explicar ese recurso literario utilizando a otro personaje, Víctor Goti, amigo del protagonista, que ilustra una de sus técnicas narrativas al decir: “Entonces… un monólogo. Y para que parezca algo así como un diálogo invento a un perro al que el personaje se dirige”. Orfeo es el estado más íntimo y sentimental de Augusto, representa sus mayores anhelos, un tanto neblinosos. Al perro le confiesa el dueño sus desengaños con su amada, Eugenia, o en otro plano de lectura, su incapacidad de demostrar racionalmente la inmortalidad de su alma.

     

    En esas se encuentra Augusto, luchando contra la realidad aparente de que Eugenia nunca le corresponda, cuando aparece Rosario. La muchacha que le lleva la plancha a casa se presenta ante sus ojos, de repente, increíblemente hermosa. Rosario, como su propio nombre indica, representa al sentimiento religioso. Ella es sumisa, tímida, pero extrañamente madura. Pertenece a la clase pobre, por lo que posee un conocimiento de la vida diferente y más sensato. Desde un primer momento corresponde a las muestras de afecto de Augusto y nunca da señales de querer rechazarlo:

     

    “—Tengo miedo, no sé de quién, de ti, de mí; ¡de lo que sea! ¡De Liduvina! Mira, vete, vete, pero volverás, ¿no es eso? ¿Volverás?

    —Cuando usted quiera.

    —Y me acompañaras en mi viaje, ¿no es así?

    —Como usted mande…

    —¡Vete, vete ahora!”.

     

    La religión ofrece aquello que la razón nos quita: la inmortalidad. Siempre podemos acudir a ella, aunque la abandonemos. Ella es paciente, nos espera y nos ofrece sus brazos para consolarnos. Pero Augusto, el hombre recién despertado y enamorado del poder revelador de la razón, no puede renunciar a su amor imposible por la insensible Eugenia.

     

    A lo largo de la novela, además, se intercalan una serie de historias adyacentes que contienen, al más puro estilo del Quijote, una moraleja que trata de ofrecer algunas enseñanzas al lector, y a Augusto. Tragedias familiares, distintas formas de amar, el poder revelador de la paternidad y la fuerza compasiva y sentimental de los hombres como vías para reencontrar la religiosidad se muestran de diversas formas a lo largo de los capítulos y completan, de manera clara, la alegoría nivolesca que no para, ni un solo segundo, de establecer puentes entre sus páginas y las de Del sentimiento trágico de la vida.

     

    Como un rayo de esperanza, y casi de sopetón, Eugenia accede a casarse con Augusto. El desdichado ha escogido entre sus dos amadas, y ha decidido seguir los aciagos designios de la razón. Casi vislumbra la felicidad conyugal con la preciosa Eugenia, pero todo se tuerce y regresa el desengaño. Ella se va con Mauricio y deja a Augusto desolado. Como le había ocurrido al propio Unamuno cuando, casado con la razón, descubrió el desengaño en el preciso momento en que vislumbró de cerca la muerte. La razón no puede darnos lo que ansiamos. Eugenia nunca podrá corresponder a Augusto. El pobre es arrojado sin previo aviso al negro abismo, y conoce al fin el sentimiento trágico de la vida.

     

    Y aparece entonces la voz del propio Unamuno, como la de un Dios o la conciencia del Universo, y se congratula de todo lo que hacen sus personajes, aquellas conciencias que le conforman a él: “Mientras Augusto y Víctor sostenían esta conversación nivolesca, yo, el autor de esta nivola, que tienes, lector, en la mano y estás leyendo, me sonreía enigmáticamente al ver que mis nivolescos personajes estaban abogando por mí y justificando mis procedimientos, y me decía a mí mismo: ‘¡Cuán lejos estarán estos infelices de pensar que no están haciendo otra cosa que tratar de justificar lo que yo estoy haciendo con ellos! Así, cuando uno busca razones para justificarse no hace en rigor otra cosa que justificar a Dios. Y yo soy el Dios de estos pobres diablos nivolescos’”.

     

    La genial e innovadora intromisión del autor, que no narrador, en la propia obra, no acaba ahí. Augusto, vencido, llega a la determinación de acabar con su vida, pero antes decide ir a visitar a su creador, Unamuno, para tener una conversación con él. En una imagen desdoblada, mientras el personaje habla con el escritor que le creó, el escritor plasma en el papel su propia conversación con Dios, y le reprocha el sinsentido de la vida y la innecesaria niebla que conforma el mundo:

     

    “—¡Bueno, basta!, ¡basta! –exclamé, dando un puñetazo en la camilla–. ¡Cállate! ¡No quiero oír más impertinencias!... ¡Y de una criatura mía! Y como ya me tienes harto, y además no sé ya qué hacer de ti, decido ahora mismo, no ya que no te suicides, sino matarte yo. ¡Vas a morir, pues, pero pronto!, ¡muy pronto!

    —¿Cómo? –exclamó Augusto sobresaltado–, ¿que me va a usted a dejar morir, a hacerme morir, a matarme?

    —¡Sí, voy a hacer que mueras!

    —¡Ah, eso nunca!, ¡nunca!, ¡nunca! –gritó

    —¡Ah! –le dije, mirándole con lástima y rabia–, ¿conque estabas dispuesto a matarte y no quieres que yo te mate? ¿Conque ibas a quitarte la vida y te resistes a que te la quite yo?

    —Sí; no es lo mismo…

    (...)

    —Y luego has insinuado la idea de matarme. ¿Matarme?, ¿a mí?, ¿tú? ¡Morir yo a manos de una de mis criaturas! [exclama Unamuno más adelante] No tolero más. Y para castigar tu osadía y esas doctrinas disolventes, extravagantes, anárquicas, con que te me has venido, resuelvo y fallo que te mueras. En cuanto llegues a tu casa te morirás. ¡Te morirás, te lo digo, te morirás!”.

     

    Augusto, abandonado por la razón, que no le da lo que anhela, acude a su Dios y lo rechaza, soñando con matarle. Igual el hombre racional acaba llegando a esa conclusión, pero aún así no es capaz de escapar de su destino. Augusto regresa a su casa después de su entrevista, abatido, y se entrega a una cena portentosa. Después, se acuesta, con Orfeo a sus pies. A la mañana siguiente amanece muerto.

     

    “—Bueno, pues, como iba diciendo –siguió el médico–, el estómago [Voluntad] elabora los jugos que hacen la sangre, el corazón [Sentimiento] riega con ellos a la cabeza y al estómago para que funcionen, y la cabeza [Razón] rige los movimientos del estómago y del corazón. Y por tanto este señor don Augusto ha muerto de las tres cosas, de todo el cuerpo, por síntesis”.

     

    Augusto, en su rechazo a seguir creyendo contra viento y marea, sucumbe ante la nada, y todo lo que le conformaba perece con él. Unamuno, después, narra cómo al poco, en uno de sus sueños, se le apareció el propio Augusto, hijo suyo y representación del hombre desdichado en el mundo. Entonces confiesa el primero que ha tenido tentaciones de resucitar al segundo, pero este le ataja:

     

    “No se sueña dos veces el mismo sueño. Ése que usted vuelva a soñar y crea soy yo será otro. Y ahora, ahora que está usted dormido y soñando y que reconoce usted estarlo y que yo soy un sueño y reconozco serlo, ahora vuelvo a decirle a usted lo que tanto le excitó cuando la otra vez se lo dije: mire usted, mi querido don Miguel, no vaya a ser que sea usted un ente de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo ni muerto…, no vaya a ser que no pase usted de un pretexto para que mi historia, y otras historias como la mía, corran por el mundo. Y luego, cuando usted se muera del todo, llevemos su alma nosotros. No, no, no se altere usted, que aunque dormido y soñando aún vive. ¡Y ahora, adiós!

     

    Y se disipó en la niebla negra”.

     

    Unamuno busca dejarse a sí mismo en sus acciones, en sus escritos y ensayos, para poder luego ser concientizado, para gastar su última y única bala en los demás. Para hacerse inmortal en las conciencias que conforman al Universo, a su Dios. Y así lo hace.

     

    En un epílogo precioso y trágico, concluye la obra con Orfeo, el perro de Augusto. Éste, solo, tendido ante el cadáver inerme del protagonista, comienza a divagar, a recordar a su amo, a tratar de entender sus desgracias y su manera de actuar ante la vida. Le ve disuelto en la niebla de la que salió, y él, pura ensoñación, sustento del que quiere creer aunque no pueda, se va con él, trotando hacia la niebla, hacia el mundo platónico de las ideas en el que se encuentra su señor, convertido en incertidumbre. “¡Y luego dirán que no matan las penas!”, sentencia al descubrir la escena, lloroso, Domingo, el criado de Augusto.

     

     

     

     

    Luis Herrero-Tejedor (Madrid, 1993) estudió Humanidades en la Universidad de Navarra, se introdujo en el mundo periodístico gracias al Máster de ABC/UCM y, desde entonces, ha colaborado en diversas publicaciones como El rapto de Europa y Revista de Occidente

    ¿Erratas o imprecisiones? ¡Escríbanos!

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    Compartir

    ImprimirImprimir EnviarEnviar
    Inicie sesión o regístrese si quiere identificar sus comentarios.

    Comentarios

    Enviar un comentario nuevo

    El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
    • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

    Más información sobre opciones de formato

    CAPTCHA
    Rellene el código de la imagen / Resuelva la operación matemática

    (*) Campos obligatorios

    Al enviar tu comentarios estás aceptando los términos de uso.

    ISSN: 2173-4186 © 2018 fronterad. Todos los derechos reservados.

    .