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    Mapa de la violencia en Barcelona. Doce entrevistas para rearmarse

    Jesús Martínez - 16-11-2018

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    Barcelona está en venta. Podría llamarse Desigualona (por la cadena Desigual, Share the power) o Zaralona (por la cadena Zara, All time) o Mangolona (por la cadena Mango, A day out at the museum). Uno entre tantos: la veterana, recordada y amada librería Canuda, en la calle Canuda, 7, se ha convertido en una tienda de Mango (Mango Fashion talks).

     

    Se podría publicar esta esquela en el obituario de cualquier diario:

     

    Las familias se unen al duelo que aflige a los lectores por el sensible fallecimiento de la

    LIBRERÍA CANUDA

    (Q. E. P. D.)

    Que repusiera libros de saldo y de coleccionista durante buena parte del siglo XX, en la calle Canuda.

    Les hacemos llegar nuestro pésame

     

    Este reportero hace un ejercicio de sadomasoquismo. Entra en el Mango de la calle Canuda y pide un libro, porque antes de la Devastación Cultural en Barcelona los libros recorrían estas paredes. Para a un dependiente:

     

    —Busco un libro.

    —¡Un libro!

    —¿Esto no era una librería?

    —Sí, anteriormente sí.

    —Hace tiempo que no vengo.

    —Aquí, lo que es leer, etiquetas tan solo.

     

    Las vidas que pueblan Barcelona no están en venta.

    Las vidas de los otros son tesoros. 

    Todo el mundo quiere encontrar tesoros. 

    Las vidas te enriquecen igual que una diadema.

    Contar las historias de los demás nos alienta a seguir caminando, porque en los demás nos vemos reflejados. Lo que hizo aquel, lo puedo hacer yo.

    Y más si esas historias son de superación, de abajo arriba: gente de la calle que sobrevive. 

     

    Historias de violencia: La teleasistenta Consuelo Espejo, dentro de un “edificio enfermo”; el repartidor de pan Mohamed Zergui, a quien no le dejan dormir; el librero Ramon Gómez, víctima de la gentrificación (o aburguesamiento); el taxista Tito Álvarez, artífice de la Batalla de los Ocho Días; la señora de la limpieza Vania Arana, miembro de Las Kellys; el examinador José Pardo, en guerra contra la muerte en la carretera; la administrativa Adelaida, víctima del machismo en la empresa; el médico Antonio Barbarà, uno más en esa marea blanca por la sanidad pública; la judía Fanny Gewürz, que se salvó de las cámaras de gas; la auxiliar de geriatría María José Alarcón, que ha destapado una trama de corrupción; el segurata Antonio Maraña, que se rompe el espinazo por la dignidad del sector, y el editor Oumar Diallo, acostumbrado al racismo.

     

    ¿Qué es la violencia?

     

    Sumario

     

    1. Llacuna, 161: George Orwell

    entrevista con Consuelo Espejo

     

    1. Pere IV, 74: Primero primera

    entrevista con Mohamed Zergui

     

    1. Pare Laínez, 36: La sombra del viento

    entrevista con Ramon Gómez

     

    1. Gran Via de les Corts Catalanes con Universitat: La Batalla del Taxi

    entrevista con Tito Álvarez

     

    1. Diagonal, 589: Las Kellys

    entrevista con Vania Arana

     

    1. Gran Via de les Corts Catalanes, 184: Estopa

    entrevista con José Pardo

     

    1. Frontera con L’Hospitalet: Adelaida

    entrevista con Adelaida (seudónimo)

     

    1. Villarroel, 170: Diccionario Barbarà

    entrevista con Antonio Barbarà

     

    1. El Port: Holocausto

    entrevista con Josep Calvet

     

    10.  Gran Via de les Corts Catalanes, 581: La razón

    entrevista con María José Alarcón

     

    11.  Gran Via de les Corts Catalanes, 255: Segurata

    entrevista con Antonio Maraña

     

    12.  Balmes con Provença: Racismo

    entrevista con Oumar Diallo

     

     

    violencia. Del lat. Violentia. f. Cualidad de violento

     

    violento, ta. Del lat. Violentus. adj. Dicho de una persona: Que actúa con ímpetu y fuerza y se deja llevar por la ira

     

     

     

    1. 1.     Llacuna, 161. George Orwell

     

    En 1948, George Orwell escribió la novela distópica 1984.

     

    En 1948, Estados Unidos lanzó la bomba X Ray, de 37 kilotones, en el atolón Enewetak, en las pacíficas Islas Marshall.

     

    En 1984, el Gran Hermano aún no había llegado; en España, la primera de las 18 ediciones, se emitiría en el 2000.

     

    En el 2000, la neolengua comenzaba a balbucear incongruencias como efecto de la globalización.

     

    En el 2018, la vigilancia orwelliana del libro 1984 se desplegaría con todo su terror.

     

    “Trabajo de teleasistenta en el Ayuntamiento de Barcelona, tarea que es gestionada en la actualidad por la empresa Televida Servicios Sociosanitarios S. L. U., adquirida por el operador multinacional Tunstall Healthcare. En el 2013, éramos 229 personas para dar servicio a cuarenta mil usuarios en la ciudad de Barcelona, y ahora, en el 2018, somos 209 personas para cubrir el doble de clientes de un colectivo sensible [personas con dependencia]: unos noventa y cinco mil usuarios.

     

    “El servicio está saturado, tenemos ansiedad por la sensación de no hacer bien nuestro trabajo, y se nota en la precariedad laboral. Hacemos de enfermeras, médicos, psicólogos y educadores sociales por el módico sueldo de 800-1.000 euros”, denuncia Consuelo Espejo (Cuenca, Ecuador, 1975), el motor de la solidaridad, calmada como el jugador Mbappé en la Selección Francesa de fútbol, avispada, sucinta, clamorosa, insolentemente estilosa, una Izabel Goulart aun sin vestidos glitter o como quieran llamarse los trajes de fiesta. Feminista antes que sindicalista y habituada al sector de la teleasistencia desde el 2008, Consuelo es la esperanza verde para sus compañeros.

     

    La central catalana de Televida Servicios Sociosanitarios, empresa privada que ganó el concurso del Ajuntament de Barcelona, se encuentra en la cuarta planta de la calle Llacuna, 161, en Sant Martí.

     

    Licencia literaria: La cuarta planta es la Habitación 101 del pensamiento totalitario de 1984, la cámara de torturas para anular la voluntad humana.

     

    “Además, el edificio de Llacuna es lo que se denomina un ‘edificio enfermo’, debido a cargas electroestáticas, falta de humedad, ventilación, etcétera. Las inspecciones son de risa. Yo he ido tres veces a Urgencias por pérdida de visión y desorientación, recuerdo que llevaba una hora en el trabajo y se me cerraban los ojos…”, explica Consuelo, formada en la rama sanitaria, en prevención de riesgos laborales, en violencia machista y en igualdad de género, y responsable de la comisión de igualdad de la empresa (“el plan de igualdad se lo pasan por ahí, ya fue una lucha que en el departamento técnico de unidad móvil pudiera haber mujeres”, dice, y añade que la conciliación familiar es inexistente).

     

    Ella misma saca de su bolso un panfleto de la asociación que acaba de fundar: Plataforma por una Teleasistencia Digna (“Es un derecho de todos”): “En la actualidad tenemos afectados de lipoatrofia semicircular, y a las grandes hendiduras en las piernas, brazos y cara tenemos que sumar irritaciones de ojos, nariz y garganta. Y sensación de sequedad en las membranas mucosas y en la piel, ronquera, respiración dificultosa, erupciones cutáneas, quemazón, hipersensibilidades inespecíficas, náuseas, mareos y vértigos, dolor de cabeza, fatiga mental y elevada incidencia de infecciones respiratorias y resfriados”.

     

    —¿Cuántos de estos síntomas has padecido tú?

    —Todos. Es patético que la empresa posea el certificado de seguridad y salud laboral [OHSAS, 18001: 2007] con la cantidad innombrable de bajas que hay.

     

    En la Habitación 101, la orwelliana policía del pensamiento manipula tu cerebro.

     

    En Llacuna, 161, un programa informático controla tu Tiempo Máximo de Ocupación (TMO): se monitoriza el número de llamadas entrantes y salientes que despachan las teleoperadoras (mayoría de mujeres), que pueden hacer de media unas doscientos treinta llamadas. Según el programa TMO, el “tiempo de respuesta máximo” a la llamada de un cliente ha de ser de 15 segundos. Si es menor, mejor. Nunca ha de superar estos 15 segundos: se le cortará con buenos modales, algo así: “Perdone, señora, pero le tengo que dejar, que tenemos mucho trabajo en el día de hoy”.

     

    En algunos casos, una especie de semáforo se enciende para notificar las pausas en las que se pueda ir al lavabo.

     

    Tiempo.

     

    Se entiende que los mandos intermedios trabajan por objetivos.

     

    Según la Plataforma por una Teleasistencia Digna: “Si este servicio estuviera gestionado de forma directa por las administraciones, los beneficios que estas empresas obtienen a costa de la salud del personal y a costa del empeoramiento de la calidad del servicio se podrían invertir en mejorar las condiciones laborales y la atención a los usuarios”.

     

    Según la web de la empresa Televida: “[proporcionamos] soluciones para que las personas mayores y vulnerables puedan vivir de la mejor forma posible”.

     

    La experiencia de Consuelo, colocada en el puesto número 72 de la planta 4 de Llacuna, lo desmiente: “Yo he recibido llamadas de personas mayores que se están ahogando, y he oído sus últimos estertores, se me han muerto al teléfono [exitus, en la jerga]. Son ‘emergencias’, y se llama al 061 para que vayan lo antes posible. Y no debes colgar, y has de dejarlo todo por escrito. A veces, mis superiores me han apremiado para que, a pesar de la gravedad, siguiera atendiendo la cola de llamadas. Pero, para más inri, las fichas que aparecen de las personas que prenden el botón para la teleasistencia están desfasadas, así que yo no sé si el señor o la señora lleva un bypass o si toma el anticoagulante Sintrom, por ejemplo”.

     

    Una vez, Consuelo le soltó a su superiora, con este tono de voz melifluo: “Perdone, en lugar de chillarnos, ¿por qué no atiende usted la alarma?”.

     

    La han intentado amedrentar: “Porque soy la presidenta del comité de empresa de uno de los proyectos que gestiona esta empresa en Cataluña y la secretaria general de un sindicato con mucha representatividad. Les dije que la palabra miedo no existe en mi vocabulario, que seguiré luchando por una solución para la plantilla, no solo para mí”.

     

    La hija de Consuelo, de 18 años, le dice: “Mama, tú tienes un corazón de piedra”, porque nunca la ha visto hundida.

     

    “Vamos con la lengua fuera en nuestra jornada laboral. Me recupero yendo a la montaña los fines de semana con mi hija y mis amigos”, se extiende. “Necesitamos asistencia psicológica en nuestro trabajo, porque no es normal que oigas morir a una persona y que, automáticamente, tengas que atender otra llamada, sin tiempo para asumir lo que ha ocurrido ni para reponerte, o que vayas a un domicilio y te encuentres con un exitus [muerte] y tengas que seguir trabajando como si no pasara nada”.

     

    Tiempo.

     

    En el 2016 hicieron paros de protesta.

     

    En el 2018, han hecho huelga indefinida.

     

    No son máquinas.

     

    Para sus jefes, la barcelonesa ecuatoriana Consuelo Espejo es una “mala influencia” (“alguno me llamó sudaca, pero yo paso”).

     

    Para sus compañeras, es la Bruja Buena del Norte.

     

    Como pone en la tarjeta que le regalaron: “A la mejor bruja del mundo”.

     

    Violencia

     

    Mail del 6 de agosto del 2018, 11.21 horas

     

    “Aquí estamos luchando como siempre. Ayer no te pude contestar por el problema de una compañera, a quien han sancionado con 29 días de sueldo y empleo tras la huelga que hicimos en nuestro sector a nivel de Cataluña, sanción injusta, pero es lo que tiene el poder y el dinero, que pueden hacer lo que les apetece contra la clase trabajadora.

     

    Violencia. Palabra con un amplio significado y con daños irreversibles en la mayoría de los casos. 

     

    La palabra violencia es daño, dolor, odio, cobardía, egoísmo, poder, machismo, patriarcado, capitalismo, etcétera.

     

    Las personas cobardes y egoístas, a falta de argumentos para enfrentarse a las situaciones, utilizan la violencia para lograr sus metas.

     

    Las personas que tienen poder político, social o económico, llegan a utilizar la violencia como único fin para conseguir sus propósitos sin que les importe el daño que puedan ocasionar a las personas”.

     

     

     

    1. 2.     Pere IV, 74. Primero primera 

     

    Se oye la sirena de los cruceros del puerto.

     

    Los 114 azoras (capítulos) del Corán son una delicatessen, porque aúnan ética y estética. 

     

    “Quien cree en Alá y en el Último Día, no debe crear inconveniencias a su vecino”.

     

    No molestar al vecino.

     

    “Cuando yo llegué aquí, le picaba al vecino para preguntarle: ‘¿Está usted bien?’. En el islam te enseñan que se ha de tener respeto y consideración por el de al lado. Pero aquí yo ya me callo, no digo ni mu, chitón”, se sube la cremallera de la boca Mohamed Zergui (Argel, 1964), cachondo barcelonés de primera hora (llegó en 1986), con las facciones de la cara marcadas y un sinfín de pliegos de papel en forma de arrugas o dobleces de la piel que le dan un aire al boxeador Floyd Mayweather. “Pues sí, ahora no digo nada, porque siempre me las cargo yo. Recuerdo que una vez había un zumbao dándole patadas a las persianas de los comercios, a las tres de la madrugada, y pegó a unos chicos que había cerca. A los agentes cívicos no les hacía ni caso. Y los vecinos no se atrevían a salir, no se querían complicar la vida. Yo bajé a la calle y me enfrenté a él. Él me dijo: ‘¿Tú también?’. Y yo le dije: ‘¿Yo también?’. Y le arreé. Le di en la cara. Justo en ese momento pasaba una patrulla de la Urbana, fíjate qué casualidad; no vienen nunca y en ese instante pasaron. Total, tengo pendiente un juicio por agresión”.

     

    No es la primera vez que se las tiene con la justicia: “Yo he trabajado de seguridad, por lo que voy sobrado de peleas”.

     

    Lo único que ha sacado en claro de las declaraciones ante el juez es que con la mentira se llega más lejos: “Me están enseñando a mentir”, afirma.

     

    Vestido con bermudas y con una camiseta vieja a la que se ve que le tiene estima, viene envuelto en polvo. Con la ayuda de un paleta polonés, está cambiando el plato de la ducha, armado con una sierra de brazo radial. 

     

    Su mujer le llama: “¿Puedo entrar al baño?”. Le contesta: “Espera un poco”.

     

    Hace unos años, adecentó la pared de la entrada para darle un “estilo moderno”.

     

    Desde el 2010, Mohamed vive en el primero primera del edificio de la calle Pere IV, 74.

    Tres habitaciones, cocina, comedor y dos balcones, uno de ellos interior. En total, unos sesenta metros cuadrados por los que se reparte él, su mujer y sus tres hijos.

     

    Ha vivido en la zona alta (“cuando tenía dinero”), en la zona baja (“me iría de aquí”) y en algún punto entremedio.

     

    “Es que son paredes muy finas, y todo se oye. Doy un golpe en la mesa y se oye. Y cuando caminan se oye”, carraspea.

     

    Paga 380 euros de alquiler.

     

    “¿Quién había en esta casa antes que tú?”, se le inquiere. “Un hombre muy loco que no estaba bien de la cabeza”, concreta.

     

    Hasta hace poco ha trabajado de repartidor de pan con un horario intempestivo: de cinco a 12 de la mañana. Apenas dormía, sobre todo por los turistas (“niñatos que dan voces, gritan: ¡Fuck you!”) y los españoles (“son peores, hacen el botellón en los locales de aquí, y también hay mucho latino de jueves a sábado”). La noche es una “locura”, asegura.

     

    Locales de copas como Cantina Burros.

     

    Ahora ya no trabaja.

     

    Piensa volverse a su condición de inmigrante, ejercerla de nuevo: irse a Inglaterra, donde tiene un conocido que le prestaría una moto para hacer de pizero (“ganaba más antes que ahora”).

     

    A colación, reflexiona acerca de la violencia: “Te puedes volver violento si no trabajas y no tienes un duro. Te molestan los ruidos y te vuelves violento. La crisis es violencia. La violencia se crea sola, te toca a ti y le toca a cualquiera, te viene y te vuelves violento. Eres tranquilo hasta que eres violento”.

     

     

     

    1. 3.     Pare Laínez, 36. ‘La sombra del viento’

     

    “Gustavo Barceló era un viejo colega de mi padre, dueño de una librería cavernosa en la calle Fernando que capitaneaba la flor y nata del gremio de libreros de viejo”.

     

    El novelista Carlos Ruiz Zafón se inspiró en la librería Canuda para escribir La sombra del viento (2001).

     

    Se inspiró en la librería Canuda de la calle Canuda, 7, tan cavernosa y convincentemente kandinskiana como para darle un toque rojo, “excitante y cálido tomado aisladamente”, según De lo espiritual en el arte, manual escrito por el pintor ruso de la abstracción.

     

    La vieja librería Canuda cerró en octubre del 2013, después de décadas de servicio al ciudadano.

     

    “Era propiedad de Ramon Mallafré, que también tenía la librería Cervantes, en Tallers, 82, donde hoy hay un paqui. Era fabuloso aquello, no sé si me entiendes. Pasaba tanta gente por allí… No había día que no hiciéramos caja. Siempre se vendía, siempre. Quizá cincuenta libros, quizá cien… Es imposible saberlo porque no hay máquina que contabilice los libros que salen ni los libros que entran, todo era artesanal”, reconoce Ramon Gómez (Vinaixa, Lleida, 1947), quien trabajó treinta años de encargado en Canuda. “Yo venía de la Academia Práctica, en la calle Pelai, 11, donde hoy hay una oficina de CaixaBank. Allí trabajaba de secretario de los cursos de profesorado mercantil”.

     

    Con manos de ropavejero, juntando adioses con dioses, piensa en chino este titán de la literatura que ahora lee el ensayo del filósofo Bertrand Russell La meva concepció del món. Para Ramon, “pensar en chino” es medir los años por décadas, es decir, estirar el tiempo como una lánguida cuerda que nunca se estresa. Suya es la frase: “A ver, ¿qué te puedo decir?, pongamos un libro de los años veinte, que no es nada de tiempo eso…”.

    Esta frase la pronuncia mientras revisa los lomos de las ediciones de los años sesenta de Melville y Sartre, derramadas por las mesas como una ensalada de pepinos y letras que son rosas que son cuentos que son la especie humana con sus delirios en la cola, del miedo a la sangre y a la partida sin mirar atrás.

     

    Esta frase (“que no es nada de tiempo…”) la pronuncia en la nueva librería Kepos-Canuda (“podrás encontrar libros viejos, descatalogados”), en Pare Laínez, 36, inaugurada el 12 de abril del 2018 bajo la atenta vigilancia de los guardiaciviles de la casa cuartel próxima.

     

    Kepos-Canuda sustituye a Canuda.

     

    “Aquí vengo a ayudar, este local tiene unos doscientos metros cuadrados y unos quince mil libros, y la clave del negocio está en internet”, ratifica, atento a las innovaciones, los avances y los nuevos modos de entenderse (comerciar). Xavi, el joven propietario de Kepos-Canuda, agrega, parapetado tras sobres, cajas y corbetas con títulos: “Yo me niego a vender solo por internet, yo quiero conocer al lector, a mi público, por eso tengo esta tienda”. Y termina así: “La crisis ha hecho que muchas bibliotecas particulares acaben en la basura. El problema del libro es el espacio que ocupa, y con la burbuja del alquiler en Barcelona, la movilidad de las personas es forzada. ¿De qué se han de desprender cuando les echan del piso? De los libros”.

     

    Violencia.

     

    Mientras se justifica, Ramon Gómez, antiguo encargado de Canuda, mariposea entre los libros amarillentos de Austral, y a sus pies se extiende una alfombra de teatro, de historia y de arte. Y entre tanto cartucho de papel hace balance: “Nosotros llegamos a tener hasta seis personas empleadas. Incluso tuvimos una sala de arte en la que se hacían subastas de cuadros que compraban obreros, lienzos que ellos se podían permitir”.

     

    “¿Por qué se hundió todo?”, se le achucha. La respuesta podría formar parte del poema ‘El cuervo’, de Poe (“inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia”).

     

    La respuesta de Ramon: “Ocurrió que la sociedad cambió. Y nos vino el representante de la cadena Mango y nos hizo una oferta. Y yo llamo a esta Barcelona ‘La ciudad de la ropa’”.

     

    Continúa con la digresión-crítica-estampida: “Pero no solo nos pasó a nosotros, también a librerías como La Formiga d’Or [Portal de l’Àngel, 5], por ejemplo. Solo quedamos cuatro gatos. Y Discos Castelló, en la calle Tallers, 7, cerró después de ocho décadas. Y muchos cines. Todo eso ha sido sustituido por Mangos y Zaras. Lo curioso es que el turismo, que está harto de ver las mismas tiendas en todas las grandes capitales, lo que busca es el hecho diferencial, pero lo están destrozando”.

     

    —¿Se podía haber hecho algo para revertir la situación?

    —Sí. ¿Por qué no me preguntas por las celebridades que pasaron por la librería?».

    —¿Quién compraba en Canuda?.

    —Buf, pasaron por allí Terenci Moix [escritor], Joan Perucho [poeta], Manuel de Pedrolo [novelista], Miquel Iceta [político], Javier Gurruchaga [artista], Paco Candel [periodista], Pepe Rubianes [humorista]…

     

    Comentario de este reportero, absorbido por las mentes preclaras de las edades de oro de la humanidad (Napoleón, Tairov, Baroja…): “Eran buenos lectores”.

     

    —Rebuscaban, tenían tiempo para hallar rarezas entre todo tipo de libros. Ese perder el tiempo y perderse del todo ya se ha ido, hoy es el aquí y ahora.

     

    Pregunta maliciosa: “¿Ha entrado en el Mango que hay hoy en Canuda?”.

    Respuesta desprovista de malicia: “No, ¿para qué?”.

     

     

    Anexo

     

    Librerías que han cerrado:

     

    Negra y Criminal, en la calle Sal, 5.

     

    La Formiga d’Or-Happy Books, en la avenida de Portal de l’Àngel, 5; hoy es un Mango.

     

    Ona Llibres, en Gran Via de les Corts Catalanes, 654.

     

    Catalònia, en la Ronda de Sant Pere, 3; hoy es un McDonald’s.

     

    Nàutica, en Fusteria, 12.

     

    Librería General de Arte Martínez Pérez, en València, 246.

     

    Ancora i Delfin, en la avenida de la Diagonal, 564.

     

    Bosch, en Ronda de la Universitat, 11.

     

    Librería Happy Books, en Pelai, 20; hoy es un hotel.

     

    También cerraron los cines: Cine París, en la avenida de Portal de l’Àngel, 13 (hoy es un Zara), Cine Alexandra, en Rambla de Catalunya, 90 (hoy es un Mango), Cine Rex…

     

     

    1. 4.     Gran Via de les Corts Catalanes con Universitat. La Batalla del Taxi

     

    Uber (“Regístrate para viajar”) es una empresa de transporte que gana unos ciento cincuenta millones de euros al año.

     

    Cabify (“Disfruta del viaje”) es su competidora, y supera los cien millones de euros de facturación al año.

     

    En España, Uber y Cabify encontraron el terreno abonado tras las leyes de liberalización del taxi (a partir del 2009).

     

    A ninguna de estas dos empresas le hace gracia la regulación del sector del taxi. Precisamente, pretenden la desregulación total, reventar los precios para eliminar la competencia (es la “ley de Amazon”, competir a la baja).

     

    Con este panorama de Goliats, pronto tendría que hacer su aparición David.

     

    David es Alberto Tito Álvarez (Barcelona, 1976), taxista que conduce un Dacia Lodgy por las calles de Barcelona.

     

    “Yo llegué al taxi hace cinco años, buscaba algo con lo que salir adelante. Antes había trabajado de repartidor de propaganda en los buzones, mensajero, soldador, camarero, conductor de grúas, carretillero, peón… No sé si me dejo algo”, repasa mentalmente su currículum currele este hombre insonorizado a la crítica, fervorosamente instruido en la lucha por la vida, como si fuese el Manuel protagonista de la trilogía de Pío Baroja, uno de esos “que trabajan al sol”.

     

    Las dos pasiones de Tito: el Barça (tiene tatuadas en el antebrazo derecho las siglas del Futbol Club Barcelona) y el taxi (tiene tatuada en el hombro izquierdo la marca del sindicato que fundó: Élite).

     

    Dejemos de lado el Barça.

     

    Hablemos del taxi.

     

     

    La Batalla del Taxi

     

    “Lo que pretendemos es acabar con la precariedad en el taxi, que es la misma precariedad de otros muchos trabajos. En nuestro caso las plataformas digitales que nacen con la globalización nos llevan al desastre [Uber surge en California], y de ahí la necesidad de unirnos”, hace alarde de intenciones Tito, medio dormido, medio despierto, quemado aún por las brasas de la huelga de ocho días, en lo que se conoce como la Batalla del Taxi, remedo de la crónica Miami y el sitio de Chicago, de Norman Mailer, escrita en Chicago mientras cubría el congreso del Partido Republicano, en 1968.

     

    La Batalla del Taxi (25 de julio del 2018-1 de agosto del 2018) la describiría así este Norman local: “Esto empezó el jueves 25 de julio, cuando iniciamos un parón de 48 horas contra el recurso de Fomento [contra la decisión del Ministerio de Fomento de recurrir el reglamento aprobado por el Área Metropolitana de Barcelona que requiere un permiso metropolitano a las licencias de vehículo de alquiler con conductor (VTC), según las agencias de prensa]. Cumplimos las 48 horas y la gente estaba harta, porque el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya suspendió el reglamento que exigía regular los permisos a los VTC. Así, de manera espontánea, la gente se nos fue a la Terminal 2 del Aeroport del Prat para cortar las vías. Nosotros estábamos en la emisora Radio Kanal Barcelona, en antena con nuestro programa El avispero [106,9 FM]. Lo dejamos y nos fuimos allá. En el aeropuerto, megáfono en mano, decidimos ir al centro de la ciudad. Les dije: “¿Qué hacemos? Podemos repartirnos, ir algunos al nudo de la Trinitat, otros a otro sitio…”. Y ellos: “No, todos juntos”. Y yo: “¿Dónde coño podemos ir para que se nos visibilice y la gente se pregunte lo que está ocurriendo?”. Y ellos: “Al centro, al centro”. Y yo: “¿Vamos a la Gran Via?”. Y todos: “¡Sí!”. Y les dije: “Pues, seguidme”. Y tiré con el coche y nos fuimos a la Gran Via de les Corts Catalanes. Éramos unos tres mil coches…, una pasada. Allí estuvimos del viernes 26 de julio al miércoles 1 de agosto, increíble”, relata.

     

    De ahí el wazap de Tito, antes de esta entrevista: “Estoy molido y desconectado, han sido ocho días muy duros”.

     

    Prosigue: “Ahora el Gobierno central tiene que cumplir su palabra y ceder las competencias a los Ayuntamientos y a las Comunidades Autónomas para regular las licencias VTC. Nos han apoyado cientos de colectivos de trabajadores, nos daban la razón, todo el mundo nos animaba, incluso la Guàrdia Urbana. Nos apoyaba [el empresario hotelero] Joan Gaspar, [la alcaldesa de Barcelona] Ada Colau, [la delegada del Gobierno en Cataluña] Teresa Cunillera, y los políticos Elsa Artadi [Junts per Catalunya], Rafael Mayoral [Podemos], Vidal Aragonés [CUP]… Y, sobre todo, nos apoyaban los pensionistas, y es algo que me conmueve, porque nuestros derechos se los debemos a ellos. Todos quieren ayudar a que el conflicto se resuelva. La gente ha entendido nuestra reivindicación, somos un servicio público y por eso hemos de estar sometidos a unas normas y que se hagan respetar. Yo sé que Uber y Cabify quieren que desaparezcamos”. 

     

    Cronología

     

    En el 2013, los taxistas de Barcelona se juntan para evitar los “taxis pirata” en los hoteles del Fòrum (Hotel Barcelona Princess, Hotel SB Diagonal Zero y AC Hotel Barcelona), y plantan la semilla de la asociación profesional Élite Taxi (“Por y para el taxi”). “También estaban los comisionistas, que iban a comisión con los hoteles, pero conseguimos erradicarlos”, añade.

     

    En abril del 2014, llega Uber a Barcelona, con su aplicación UberPop (“Servicio de puerta a puerta”).

     

    El 11 de junio del 2014, primera huelga de taxistas. “Supone un antes y un después, se lió mucho. Se suman seis mil coches. Lo que hicimos fue levantar las calles”, considera. “Y, a partir de ahí, la locura”.

     

    El 23 de septiembre del 2014, Élite se constituye como asociación. “Inculcamos el respeto por los compañeros y exigimos que no circulen coches sin licencia; si se pesca uno sin licencia, al depósito”, aduce. “No confiábamos en los sindicatos tradicionales”.

     

    Élite demanda a Uber. El coste de la demanda (nueve mil euros) se sufraga con una “hucha de resistencia” (aportaciones individuales).

     

    En el 2016, Élite gana las elecciones sindicales con el 65,3 % de los votos.

    El 21 de diciembre del 2017, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea falla contra Uber.

     

     

    Violencia

     

    “Es el poder contra lo que estamos batallando, y hemos demostrado que desde la calle se pueden hacer muchas cosas”, concluye, dejando migajas de palabras como vacío legal, jueces y autorizaciones. “La convivencia es 1/30 [una licencia a particulares por treinta taxis]”.

     

    Alberto Tito Álvarez tiene un niño de diez años que presume de padre en el colegio: “Les dice que soy el jefe de los taxistas”.

     

    Es uno más.

     

    Al natural, sin maquillaje: “Realmente nos la pela lo que digan los políticos, lo que nos interesa es lo que hagan”.

     

    Para aguantar la presión, Tito se pone a tope Bob Dylan (I heard the roar of a wave that could drown the whole world).

     

    Alguien le ha prestado una edición de bolsillo del libro El Príncipe, de Maquiavelo, que ha dejado en la guantera para mejor ocasión:

     

    “No hay manera de evitar la adulación que hacer entender a los hombres que no existe ofensa al decir la verdad; y resulta que, cuando todos pueden decir la verdad, faltan al respeto. Por lo tanto, un príncipe prudente debe preferir una tercera vía: rodearse de los hombres de buen juicio”.

     

    “Pero si es que no tengo tiempo para leer, pero ahí lo tengo, para cuando me dé el punto”, anota.

     

    —¿Qué es para ti la violencia?

    —Es más violento quien provoca la violencia, quien hace que algo no funcione arriba. Si hay leyes y no se cumplen, es violencia. La inacción es violencia. Es muy fácil sacar imágenes de coches con las lunas rotas… Pero ¿por qué ocurre? Nadie lo hace por diversión. Cuando la gente está desesperada, actúa así. Los taxistas tenemos que estar más horas para poder llevar algo de pan a casa, tenemos más deudas y menos ingresos. Y lo que ha ocurrido en España con la crisis económica no es violencia, es terrorismo de Estado: gente que se suicida para no ser desahuciada, eso es violencia; gente que se muere en las listas de espera de la sanidad pública, eso es violencia; familias destrozadas por la pérdida de empleo… Eso es violencia.

     

     

     

    1. 5.     Diagonal, 589. Las Kellys

     

    “Violencia. La violencia es… Yo la he vivido de tantas maneras… Violencia no solo es un castigo o que alguien te pegue…, sino el hecho mismo de que te humillen, te degraden, te esclavicen para que te hagan sentir como si fueras algo que no sirve, algo que hay que tirar. Para mí violencia es esto. No se mata solamente con un cuchillo o una pistola, se mata con la lengua, hablando; con los actos, discriminando. He visto a tantas compañeras así violentadas…”.

     

    Los puntos suspensivos se balancean en la boca. Puntos suspensivos que se alargan como pinchos, que dan tiempo a pensar exactamente lo que uno quiere decir. A veces los verbos, ya se sabe, no responden a la realidad, no abarcan un hemisferio, no pueden describir un corazón como el que compone Tony Anderson en Finding your heart.

     

    A veces la violencia es un corazón roto.

     

    Así se expresa la señora de la limpieza Vania Arana (Trujillo, Perú, 1967), detallista (sus palabras no son de baja calidad, son el syllabus de la asignatura del desprendimiento), afectuosa (podría ser la cara amable de cualquier Agencia Nacional de Gestión de Desastres) y aventurera (Tadeo Jones en El secreto del Rey Midas).  

     

    Y tiene potestad para decir lo que dice porque se sabe todos los males del sector de “camareras de piso”, en el que lleva desde 1995. Actualmente, trabaja en el hotel Hilton Barcelona, en la avenida Diagonal, 589, haciendo un centenar de camas por día y sacándole brillo hasta a las bisagras.

     

    Las enfermedades que ha ido padeciendo Vania Arana en su trabajo:

     

    “Primero tuve cervicalgia, y luego lumbalgia, y luego contracturas musculares, y luego tobillos inflados y torceduras, y más tarde tuve un accidente de trabajo, porque me caí en mala posición cuando me subí a la cama para llegar al marco del cuadro de la habitación, para quitarle el polvo. Después tuve el túnel carpiano, luego tendinitis, luego bursitis, luego codo de tenista, luego el mal crónico de los dedos, que no me acuerdo cómo se llama… Y después, tuve tres infiltraciones en la columna vertebral, y luego eso que se denomina espolón, para lo que requerí infiltraciones en el talón… Y luego migrañas, y ahora estoy diagnosticada de fibromialgia, más ansiedad y estrés, que eso está siempre”.

     

    Vania Arana no siempre ha sido un saco de huesos rotos.

     

    Formada en Lengua y Literatura en la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo, en Perú, quiso abrirse al mundo porque el paso previo, la apertura de mente, ya lo había efectuado: “Me ahogaba allá, no encajaba, y cuando les dije a mis padres que me quería independizar, mi madre me respondió que eso solo lo hacen las mujeres que tienen mal la cabeza. Fíjate tú cómo cambian las tornas que años después, mi madre, ya instalada ella en Barcelona, le inculca a mi sobrina: Lo primero que tienes que hacer en la vida es ser independiente”.

     

    Su padre, Miguel, profesor de lengua, era mucho más resuelto: “Mi padre me aconsejaba: Las mujeres tienen que estar bien educadas y sobre todo respetarse a sí mismas”.

     

    En 1992, Vania llega a España, y se desencantó: “La tenía idealizada, creía que era algo bello y que aquí conseguiría lo que ansiaba”.

     

    Lo que ocurrió es que oyó que un viejo le insultaba a una vieja: “Vete a tomar por culo”. Y se despertó de la ensoñación. 

     

    En 1993, se estableció en Barcelona.

     

    En 1994, se internó en el ámbito de la atención a personas en situación de dependencia: “El primer día que empecé a trabajar, se me murió el señor mayor que cuidaba. Yo creo que los perros están más acompañados. El hombre no tenía a nadie, o nadie vino a verle. A mí me repetía: ‘Eres mi compañía, mi ángel’. Y ahí le vi morir, solo”.

     

    En 1995, Vania comenzó a trabajar en hoteles (Gran Hotel Habana, en Gran Via, 647; AC Victoria Suites Hotel, en Beltran i Ròzpide, 7; Fairmont Rey Juan Carlos I, en Diagonal, 661…), en los que ha ejercido como supervisora, limpiadora, gobernanta («manager operativa», lo llaman ahora eufemísticamente)…

     

    En el 2016, ingresa en la asociación de limpiadoras Las Kellys (“ni un paso atrás”). “He visto abrirse y cerrarse establecimientos. Y desde el 2008, con el inicio de la crisis económica, las condiciones han empeorado garrafalmente, todo cae en picado. Ahora todo es peor. Los sueldos son peores (hasta ochocientos euros), el trato es peor (opresivo), la formación no se remunera (“si no te gusta te vas”, te sueltan)… Nosotras demandamos por la sesión ilegal de trabajadoras a subcontratas…”.

     

    Vania Arana acaba reventadísima cada día.

     

    En los brazos muestra moratones de color rojinegro. Se excusa: “Ah, son de las manetas de las puertas del hotel”.

     

    Con lo que gana paga los estudios universitarios de su hijo, Alfonso (grado de “creación artística para videojuegos y juegos aplicados”): “Se dice que cada hijo tiene su ruido. Pues bien, el ruido de mi hijo es su silencio. Todo lo contrario que su hermana, Isabela, la pequeña, que es bullicio”.

     

    Orgullosa de sus niños, a ellos no les cuenta las penurias que otros pueden considerar milongas (acoso laboral, sobrecarga de trabajo, infracotización en la Seguridad Social…).

     

    “Algunas se han intentado suicidar. Enfermamos cada vez más y cada vez más rápido”, desliza como si fuera un dato superfluo, cansada incluso de forzar la voz.

     

    La violencia invisible.

     

     

     

    1. 6.     Gran Via de les Corts Catalanes, 184. Estopa 

     

    “Por la raja de tu falda yo tuve un piñazo con un Seat Panda”.

     

    La raja de la falda de una niña mona casi manda al otro barrio a los de Estopa.

     

    Puesto que los hermanos Muñoz tuvieron suerte, el accidente se convirtió en un susto y, por suerte, en una rumba.

     

    El disco de Estopa viene a cuento de la seguridad vial.

     

    Cada año, aumenta el número de muertos en las carreteras españolas.

     

    En el 2017 fueron 1.200 los fallecidos al volante, y aquí no se suman los peatones que son atropellados.

     

    “La educación vial lo es todo, y yo soy un ferviente creyente. Creo que hay que tomársela muy en serio, y yo obligaría a la introducción de estas clases en las escuelas, incluso en primaria: el niño, como peatón, debe conocer las señales y los peligros, y así, desde pequeños, concienciamos. Se ha de incorporar el civismo”, articula José Pardo (Barcelona, 1961), el boomerang de la Dirección General de Tráfico (DGT), puesto que toda norma que le llega la estudia y, por su propia iniciativa (“me gusta mucho mi trabajo”), la enmienda, la hace suya y la esparce, como el mensaje del cordero de Dios en las catacumbas de los primeros cristianos.

     

    A todo esto, José Pardo es examinador de tráfico en el edificio de La Campana (Gran Via de les Corts Catalanes, 184), la sede de la DGT que el Ministerio de Interior tiene en Barcelona (“exámenes a los aprendices en el punto óptimo de preparación”).

     

    Cumplidor (solidario), puntual (previsor), propositivo (legislativo), José Pardo se comporta como el gato con botas, con astucia, picardía y un pelín de inconformismo, lo cual en su caso acarrearía la expropiación de bienes del Marqués de Carabás.

     

    “Todo tiene que ver con la pedagogía, y se ha de empezar en las aulas. Ahora, lo único que existe es una visita de algún agente de la Guàrdia Urbana y poco más”, agrega.

     

    Y menciona las renovaciones del carné de conducir a jubilados que no están en condiciones de coger el volante (“tendría que ser obligado adjuntar un informe médico para saber si esa persona es apta o no”), y menciona la presión de los lobis de las empresas automovilísticas que ven con buenos ojos que la rueda siga girando (un aprobado es una nueva venta), y menciona las aberraciones de algunos camioneros en la autopista…

     

    La matraca es necesaria: “Yo he visto a padres de familia comiendo en el bar, con su vasito de vino, y con las llaves del coche sobre la mesa. Está aceptado beber y conducir. Hasta que pasa una desgracia. Y si uno es joven y se va de fiesta… Todo junto –ir bebido, saltarse las señales, deficiente formación, exceso de velocidad, etcétera– hace que haya tanto muerto en la carretera. El 70% de los accidentes mortales se debe al factor humano”. Y podría seguir así, sacándose situaciones esperpénticas de la manga: “Cuando estaba en oficinas, en Tráfico, veía a algunos que habían perdido puntos en el carné de conducir que venían a hacer un curso de concienciación… Y alguno venía con una copita de más”.

     

    De eso a la violencia va un paso: “La violencia es la falta de tolerancia en la conducción. En el coche puede salir lo peor del individuo, y por eso los chillidos, los nervios rotos, las tensiones… Conducir bien es conducir hacia fuera, interactuando con la calle (pasos de peatones, bicicletas, etcétera). Conducir no es solo manejar bien un vehículo, no es solo conocer las normas, se trata de respeto mutuo”.

     

    La violencia es un muerto más atrapado entre los hierros de esa “cajita de acero”, como José describe el coche.

     

    La violencia es ese energúmeno, José María Pardo Suárez, que se bajó del coche para darle un puñetazo a un anciano que cruzaba el paso de cebra. Le mató.

     

     

    El 17 de mayo del 2018, los examinadores de tráfico lograron la subida salarial prometida en el 2008. Diez años después, suman a su sueldo (unos mil doscientos euros) doscientos euros más como incentivo (“complemento específico”).

     

    Él repasa la secuencia: “Presionamos mucho al Gobierno del Partido Popular. En el 2017 hacíamos huelga los lunes, martes y jueves, y hacíamos concentraciones delante del Congreso de los Diputados, en Madrid. Fue la tormenta perfecta, porque somos solo unos setecientos examinadores, pero pusimos en jaque la Administración”.

     

    José Pardo llegó a Tráfico en el 2011, procedente de Correos, en el que se pasó tres décadas repartiendo cartas (“Al principio hacía de turronero, como se llaman a los contratados de manera temporal durante las navidades, y acababas conociendo a todo el mundo”).

     

    En el 2007, ganó el premio Innova en Verde con un proyecto con el que implantar las motocicletas eléctricas.

     

    “He querido hacer cosas diferentes, por eso me he movido tanto. En el ámbito de la seguridad, me he formado como perito judicial en reconstrucción de accidentes de tráfico”.

     

    José estudió en el instituto de bachillerato Lluís Antúnez y siempre ha seguido su instinto.

     

    Vecino de la Zona Franca, hijo de padre metalúrgico y nieto de abuelo anarquista: Pedro Bonías Pardo.

     

    Pedro sale mencionado en el libro de Pere López Rastros de rostros en un prado rojo (y negro), sobre los revolucionarios en las Casas Baratas, en los años treinta.

     

    De tal palo…

     

     

     

    1. 7.     Frontera con L’Hospitalet. Adelaida

     

    “Intentar contar la verdad”.

     

    Esta frase la escribe la editora del diario Washington Post, Katharine Katie Graham, en sus memorias, tituladas Una historia personal, ganadoras del Premio Pulitzer.

     

    En el repaso que hace de las ocho décadas que vivió (murió en el 2001), Katie reflexiona sobre lo que supone trabajar en un mundo de hombres, sean o no periodistas.

     

    “Ser periodista es perseguir el objeto de cualquier pasión repentina”, sancionará.

     

    Interpretada por la actriz Meryl Streep en The Post (Steven Spielberg, 2017), Katharine Graham hizo más cosas que pelear contra el machismo: conoció a Einstein, acabó con las regalías a la prensa (viajes pagados por la Casa Blanca) y se divirtió en su pequeño rancho, Martha’s Vineyard, en Massachusetts.

     

    Nuestra Katie Graham se podría llamar Adelaida (seudónimo), y podría haber nacido en los años ochenta en un país extranjero que podría ser un continente (para evitar represalias se camuflan los datos).

     

    Adelaida llegó a Barcelona en el 2008, con los labios cargados de aserejé, porque están pintados de rojo kétchup, y con los ojos desenfundados, como dos pistolas láser que enamoren con la mirada.

     

    En la Universitat Autònoma de Barcelona, estudió un máster sobre “logística integral”, relacionado con el comercio exterior (“planificar las actividades internas y externas de la empresa”).

     

    Allí conoció a quien sería su marido, digamos que a Umberto, aunque no se llame Umberto.

     

    Con él tendría dos hijos, A. (2014) y V. (2015).

     

    “Desde el 2011, yo trabajo como administrativa en una empresa de distribución de artículos de decoración, que forma parte de una multinacional. Cuando tuve a mi primer hijo, me hicieron escribir una carta”, se sorprende todavía hoy.

     

    La historia la recuerda así:

     

    En una “oficina abierta”, en la frontera de Barcelona con L’Hospitalet de Llobregat, informó de su embarazo a la encargada, que le conminó a que tuviera una charla con el jefe de ventas. En su despacho, este indagaría: “¿Qué intenciones tienes con el embarazo?”.

     

    Adelaida se quedó estupefacta. Pensó que, siendo extranjera, de un país que podría ser un continente, algo se le debía de estar escapando.

     

    Interpretó que se interesaba por la baja maternal, la excedencia…

     

    Adelaida se replegó, algo contrariada: “Bueno, aún no sé nada, no sé cómo irá el embarazo, estoy de cuatro meses, no sé, espero que todo vaya bien”.

     

    Y el jefe de ventas le ordenó: “Escríbenos una carta con tus intenciones y envíasela por mail a tu responsable y a Recursos Humanos”.

     

    Aquí está reproducida la nota, indescifrable. Lo que tenía que ser una felicitación por el nacimiento de la criatura se convirtió en una operación matemática de algebraica matriz:

     

    “Siempre y cuando las condiciones sean más o menos las esperadas y no haya algún factor, esto es lo que me interesaría hacer para regresar de la baja con media jornada hasta el verano y reincorporarme de regreso del verano a jornada normal. 

     

    Si mis cálculos son correctos, más o menos:

     

    Considerando las 16 semanas de baja y que la fecha sea el 6 de enero (la fecha esperada de parto), tenemos 4 semanas en enero, 4 en febrero, 4 en marzo y 4 hasta el 27 de abril cuando se me terminaría la baja y hasta el 11 de mayo los 15 días de lactancia.

     

    Quedan 7 semanas, antes de julio, jornada intensiva.

     

    Para no venir esas 7 semanas a jornada completa, podría cambiar unos días de la baja o la lactancia para hacer jornada intensiva hasta regresar del verano.

     

    Que según las horas serían:

     

    7 semanas = 274.05 horas

    274.05 horas = 47 días jornada intensiva que son aproximadamente 9 semanas (2 semanas más)

     

    O sea, que en lugar de los 15 días de lactancia, puedo venir esos 15 días jornada intensiva. Y seguir con la jornada intensiva hasta julio. Que más o menos por las horas son los mismos días de las 7 semanas que tendría que venir a jornada completa”.

     

    Incomprensible.

     

    Llegó noviembre del 2013.

     

    A las 37 semanas de embarazo tenía pérdidas de sangre.

     

    Finalmente, y por consejo del médico, cogió la baja.

     

    Días antes, le negaron una silla ergonómica puesto que en breve disfrutaría de su permiso de maternidad (cuatro meses).

     

    La borraron de la lista de los lotes de Navidad (“fue muy feo”).

     

    Y no solo eso, sino que se quedó sin los beneficios por objetivos que había conseguido el departamento en el que desempeña sus funciones (“vigilar los pedidos y revisar stocks, estar pendiente de las necesidades de compraventa”).

     

    Los bonos pueden ascender a unos dos mil euros por año.

     

    Una compañera se chivó: “A ti te han jodido por el embarazo”.

     

    El niño, A., nació sano y fuerte.

     

    “En mi empresa existe una brecha salarial entre hombres y mujeres. No sé cuantificar cuánto dinero puede suponer, pero los sueldos no son los mismos”, intuye.

     

    De todos los jefes que tiene Adelaida, solo uno es mujer. Al “jefe jefe” (hombre) ni se le ve, “solo aparece unos días por año”.

     

    De las plazas de parquin para los empleados, ninguna ha sido asignada a una mujer.

     

    En la empresa, no existen administrativos: “Somos mujeres todas las que trabajamos en administración. En algunos puestos nunca hay hombres, no hay secretarios ni señores de la limpieza”.

     

    Cada que vez entra y sale de la oficina, ha de fichar: primero era con las huellas dactilares, y ahora con una aplicación móvil que se ha descargado: a3HRgo (“registro horario para facilitar el fichaje de los empleados a través de su app”).

     

    En todos los años que lleva en la firma, Adelaida solo ha cogido dos bajas, una por cada embarazo. Aun así, ha contestado llamadas y ha estado atenta a los correos electrónicos, para que no se acumularan en la bandeja de entrada. Las semanas previas a la baja, con la panza en su punto máximo, y en su mismo horario laboral, ella se encargó de formar a su sustituto mientras sacaba la faena diaria: proveedores, gamas, cambios...

     

    “Nunca he sido de llorar para pedir cosas, pero ya va siendo hora. Sí me he dado cuenta de que aquí las diferencias entre hombres y mujeres son mucho más palpables que en mi país, aquí es todo mucho más acentuado. Me quejo porque en todos estos años la multinacional ha multiplicado su facturación y nosotras no hemos recibido aumentos de sueldo ni hemos visto refuerzos de personal; al contrario, ahora tenemos más responsabilidades”, se atosiga. “Me molesta que, haciendo el mismo trabajo, tengamos diferente trato”.

     

    —¿Soluciones?

    —Igualar por ley las bajas de maternidad y paternidad, y que estén blindadas. Durante algún tiempo, algunas administrativas y yo pensamos montar un sindicato. Nos asesoramos para conocer nuestros derechos: en qué convenio estamos, cuál ha de ser nuestro horario, vacaciones… Pero no llegamos hasta el final.

     

    Para Adelaida, madre de dos niños que ha pedido reducción de jornada, la palabra violencia es sinónimo de impotencia. “Que alguien se aproveche de alguien…”.

     

     

     

    1. 8.     Villarroel, 170. Diccionario Barbarà 

     

    “Es de sobra conocido que la capacidad imaginativa es innata, pero la técnica para redactar puede adquirirse. Con este trabajo pretendemos advertir a los posibles lectores de los errores morfosintácticos y de las desviaciones léxicas y estilísticas más frecuentes en el español actual”.

     

    El filólogo Manuel Alvar inicia con estas palabras su Manual de redacción y estilo, de consulta obligada si uno desea aprender a diferenciar las uves de las bes, y las diferencias de connotación de los verbos suscitar y concitar, por ejemplo.

     

    Una especie de lexicógrafo sin cátedra podría ser Antonio Toni Barbarà (Barcelona, 1946), médico internista, apasionado de su vocación. Por ello, aunque se jubiló en el 2016, nunca se quitará la bata, metafóricamente: “Yo trato personas, no enfermedades”. Hilando fino, la medicina interna “coordina, como un director de orquesta, pero sin ser pretencioso”.

     

    Catalán sin bandera de trapo (“nací en el Fossar de les Moreres, y no lo digo para molestar”), federalista internacionalista (concejal del PSUC en los primeros gobiernos democráticos), estudió Medicina en la Universitat de Barcelona en la que ejercía su doctorado la plantilla de profesores encabezada por Pons, Farreras y Drobnic. De padre camarero, servía anchoas, olivas y ensaladillas con el fin de ayudar a la maltrecha economía familiar. Recuerda especialmente el bar del SEU, en Passeig de Gràcia, 4, en el que trabajó su padre, y hoy una sucursal de Catalana Occidente. Corrió delante de los grises, a veces no lo suficiente, como él precisa. “Mi padre siempre estaba detrás de un mostrador de tapas, y yo milité en la clandestinidad en el partido, y entonces ya andaba con el Sindicato Democrático de Estudiantes”, recuerda. El 1 de enero de 1970, ya colegiado, empezó a atender a los pacientes, a ver a las personas que necesitan ayuda. Comenzó su carrera en el Hospital del Mar, entonces Hospital de Infecciosos. En los años setenta luchó para dignificar el sector sanitario, cuando todavía le llegaba más de un caso de tétanos o una epidemia de cólera, y desde el PSUC ayudó a elaborar el mapa sanitario de Catalunya con el neurólogo Nolasc Acarín y con el cirujano Ramón Espasa, antiguo conseller de la Generalitat, admirador del servicio asistencial inglés. Actualmente, Toni reside en Badalona, ciudad a la que llegó cuando aún no existía Can Ruti.

     

    Rebelde camusiano (“un hombre rebelde es un hombre que dice que no”), aguanta con tesón el edificio de la sanidad pública (de todos). De ojos que persiguen las bondades y en los que se extinguen los infundios, de verbo exacto que no calla aunque suene mal a oídos de los Hombres Feroces, de jovilidad a prueba de bombas (se ilusiona aunque este verbo lo hayan tergiversado, quemado, inflado en las campañas electorales), Toni se aferra a los valores universales para retenerlos; otros nos los querrán arrebatar.

     

    —El lenguaje lo es todo, es vital. Se habla con eufemismos.

     

    Por ello, este médico que ausculta y diagnostica, exhibe en su charla un rico léxico que desenmascara el lenguaje artificioso. A sus palabras (las de ellos), opone las nuestras (las otras, más claras).

     

    Podrían ser los eufemismos de la Real Academia del Salmón, como “necesidades que los productos satisfacen” en lugar de hablar de dependencia; “cómodos plazos” en lugar de hablar de hipoteca, y “progreso y bienestar” en lugar de hablar de compras enfermizas.

     

    O podrían ser los eufemismos de No nos lo creemos. Lectura crítica del lenguaje neoliberal, ensayo de Clara Valverde: “movilidad exterior” en lugar de fuga de cerebros; “flexibilización del mercado laboral” en lugar de recortes y “préstamo en condiciones favorables” en lugar de decir rescate.

     

    El libro de estilo de Antonio es un conjunto de alertas rojas propias de la “hegemonía cultural”, concepto acuñado por el izquierdista Gramsci.

     

    Si oye estos términos, desentiérrelos, descártelos, enmudézcalos.

     

    Utilice los abajo propuestos.

     

    Para seguir latiendo.

     

    • Absentismo, presentismo: no ir al trabajo, no poder dejar de ir al trabajo.
    • Abuso: ir al ambulatorio. Sinónimo de “hiperfrecuentación” de los servicios públicos.
    • Adaptación: violencia, agresión sangrante, “recortes presupuestarios impíos, inmorales”. Resignación.
    • Análisis: manipular y reorientar el avance civilizatorio.
    • Anécdota: negligencia.
    • Aportar: euro por receta, “repago”.
    • Big data (Proyecto Visc+): vender las historias clínicas. Otra de las batallas ganadas por los movimientos sociales y silenciadas en los media.
    • Capital: ambición que convierte en ganancias lo social: educación, sanidad, etcétera. “La privatización aquí es una perversión”.
    • Clientes: pacientes, ciudadanía.
    • Colaboración: sumisión a los criterios economicistas “miopes y de corto vuelo”.
    • Concertado: pactado bajo criterios de rentabilidad.
    • Concierto: mecanismo “consorcial” para ubicar lo privado en lo público. 
    • Consorcio: conxorxa, trapicheo.
    • Consumir: comprar a ciegas.
    • Contención: miedo compartido que se cala en la piel. Completa la triada epidémica la “resignación” (no te muevas) y la “autoinculpación” (has utilizado mal los recursos).
    • Contribuir: adoctrinar.
    • Copago: pagar varias veces, “repago”.
    • Criterios de gestión empresarial: ponerle precio a las vidas.
    • Derivar: desviar, convertir el sistema público en privado.
    • Desaceleración de crecimiento: crisis, dictadura financiera.
    • Desinversión: degradación progresiva que anemice y desangre el sistema para desprestigiarlo. De ahí, las listas de espera (“listas de desespero”), la no convocatoria de oposiciones, la no cobertura de bajas y jubilaciones, la precariedad, etcétera. “Hemos pasado de lo dramático a lo trágico”, asegura Toni.
    • Despilfarro: pretendida gratuidad de la atención sanitaria universal.
    • Domiciliar: que un médico (no el de cabecera) contratado de manera temporal recorra los domicilios para evitar que el vecino-cliente pise el centro.
    • Esade Business School (“liderazgos innovadores”): madraza del neoliberalismo, en la que se estudian mercados y “economía de la salud”.
    • Evaluación: mirada parcial o poner en duda los servicios prestados.
    • Excelencia médica acreditada: subcontratación.
    • Exceso de gasto: (in)suficiencia de la inversión.
    • Externalizar: vender/comprar.
    • Flexible: desregulado, impune.
    • Gasto público: inversión en servicios públicos.
    • Gestión: pagar.
    • Gestor: comercial.
    • Governanza: ensalada mixta de entidades y empresas que actúan sin transparencia.
    • Gratis: ya pagado.
    • Puesta en marcha de medidas correctoras: tijeretazo, quitar camas y cerrar plantas y servicios de urgencias.
    • Incentivo: riesgo, competitividad mercantil.
    • Informar a la ciudadanía: codecidir, puesto que el usuario está capacitado para intervenir en sus procesos, porque es el verdadero titular del sistema.
    • Ingeniería financiera: tramar el plan sofisticado para robar.
    • Intransigencia: plataforma Marea Blanca en Catalunya (2013), que forma parte de la Coordinadora Estatal de Mareas Blancas: “La salut és un assumpte social, econòmic i polític, i és, sobretot, un dret humà fonamental. La desigualtat, la pobresa, l’explotació, la violència i la injustícia són a l’arrel de la mala salut i de les morts dels pobres i els marginats. La salut per a totes les persones significa que s’han de desafiar els interessos dels poderosos, que cal fer front a la globalització i que les prioritats polítiques i econòmiques s’han de canviar de forma drástica”. Su predecesor fue la asociación Dempeus per la Salut Pública (2009): “En defensa del Sistema Nacional de Salut amb tot el seu caràcter assolit: públic, universal, de qualitat, integral, solidari i d’equitat garantida”.
    • Lucha social: actividad social soberana, verdadero motor de derechos sociales. “Salud es luchar porque luchar es salud”.
    • Malbaratar: asistencia sanitaria a personas inmigrantes en situación irregular. No recaudar.
    • “Máxima excelencia asistencial y trato personalizado”: lucha de clases, el “motor de la historia”, según Marx y Engels. “Yo supe lo que era eso después, porque lo que hacía durante el franquismo era mamarlo, las diferencias entre unos y otros, el trato desigual”. Ellos dicen “máxima excelencia asistencial y trato personalizado”. Nosotros decimos: “lucha de clases”.
    • Medir en euros: contrario a medir en calidad.
    • Modernización: asalto macroeconómico, que en Cataluña ha propiciado Boi Ruiz, conseller de Salut con el president Artur Mas (2010-2016), que hizo que la salud se convirtiera en una mercancía apetecible a la que había que hincar el diente. Boi Ruiz fue el jefe de la patronal, la Unión Catalana de Hospitales.
    • Niveles de eficiencia: evitar el control presupuestario, que la privada no enseñe sus números.
    • No hay dinero para todo: quiero más dinero para mí.
    • Objetivos incentivados: no coger nunca la baja. “Trabaja o revienta”.
    • Pacificar: lucrarse, latrocinio, corrupción.
    • Participación: floreros ornamentales, oyentes subyugados en mesas de expertos. 
    • Personal variable: jubilaciones anticipadas y médicos que se van a otras comunidades y a otros países para cobrar más.
    • Planes de choque: mecanismo de urgencia, sin transparencia ni reglamento para según qué acciones, pretendidamente paliativas.
    • Política de admisiones: listas negras y exclusiones.
    • Preocupante longevidad: engorro por tener que cuidar a los ancianos, que requieren más atenciones y, por lo tanto, generan más gasto. Según la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, es “insostenible”. Y otros popes fantasean con esta solución: que las personas se suiciden. Sinónimo de “vivir demasiado”: longevidad crónica y que implica dependencia.
    • Proveedores: empresas que facturan al sistema público de salud.
    • Pujolismo: patología a la que ha dado nombre el presidente de la Generalitat Jordi Pujol (1980-2003), que se apoderó sin fisuras del país, “explotó las canteras de negocio y aplicó el nepotismo: a los amigos lo que quieran, pero a los enemigos, ni agua”. Es el padre del “modelo mixto” de la sanidad catalana: público y privado, que viene a reducirse a esto: utilizar fondos públicos en interés de lo privado. Mezcolanza opaca de donde se sacan beneficios privados. “Era aquello de iaia, no podem fer-ho tot, nosaltres posem els metges, però vostè ha de posar un dineret, una mútua”, inquiere Antonio. “El sector privado ha machado patológicamente con este mantra del modelo mixto, y ahora lo ha actualizado y está ganando”. Caso Barnaclínic (“integra la actividad pública con la privada, garantizando el pleno respeto a los principios éticos fundamentales”), en la calle Villarroel, 170, y caso Sistema sanitari integral d'utilització pública de Catalunya (“atenció integral i multidisciplinària i l’accés a nous medicaments i tractaments més innovadors”). Recientemente, estos casos reciben el nombre de “colaboración público social”, entendiendo como social una empresa amiga que pueda meter mano en los escasos recursos de todos.
    • Salud: la salud no da dinero, depende de muchas variantes, entre ellas las sociales: estar empleado y estar bajo techo. Salud es ser feliz. La sanidad entra en juego cuando falla la salud.
    • Seguro privado: mutualidad, que históricamente provenía de las cajas de resistencia obrera en la época del textil. Conforme aumenta el empobrecimiento del sistema público, aumentan las listas de espera y aumentan las mutuas de carácter privado.
    • Sostenible: debe ser “suficiente”.
    • Subsanar, complementariedad: sinónimos de privatizar el “mercado de la salud”.
    • Técnicas revolucionarias: medicalización, presión de la industria farmacéutica por vender sus fármacos. Si es preciso se descubre la enfermedad adecuada.
    • Think tank: lobis como los auditores Price Waterhouse Coopers y KPMG, que han diseñado cómo atacar/liquidar el Estado de bienestar, copia del modelo americano.
    • Tratamiento continuado: antítesis de los 38 puntos de las Mareas Blancas (Punto 1: Revisión de la Ley General de Sanidad de 1986 y derogar el artículo 90 que abre la parte de concesiones a la sanidad privada”) y su decálogo (Punto 1: “Para conquistar la soberanía en salud y sanidad hay que actuar sobre los verdaderos determinantes de la salud. Sobre las condiciones sociales, económicas, culturales, ambientales, políticas y de género. Hará falta, pues, poner el valor salud en todas las políticas”).
    • Vanguardia tecnológica: despersonalización, trato online, mínimo coste.
    • Vigilancia: extra que los directivos cobran por ahorrar en recursos supuestamente destinados a la “vigilancia” y el control. Portavoz de la vigilancia es el economista Guillem López Casasnovas, autor de El bienestar desigual. Que queda de los derechos sociales después de la crisis. La interacción público-privado en sanidad.

     

    Ellos dicen “parados con necesidad de estimulación” cuando quieren decir que recortan las prestaciones por desempleo, y “excedentes” para designar dividendos.

     

    Ellos son los del upper, los de “concierte hora para hablar conmigo”, los de “¿sabe usted con quién está tratando?”. Los Chicago Boys del especulador Milton Friedman, a quien habría tumbado sin apenas despeinarse el comandante de las Brigadas Milton Wolff. 

     

    Nosotros: los mataos, el “revoltijo de carne con madera”, de Silvio Rodríguez. La calle.

     

    El doctor Barbarà habla del “secuestro el lenguaje”: “[para] suplantarlo por otro léxico preñado de contenidos mercantiles, capitalistas, falaces”.

     

    El titular, en las últimas páginas del diario: ‘Catalunya dedica a sanidad el 27,5% menos que antes de la crisis económica’.

     

    El titular, escondido: ‘Demoledor informe de la Unión Europea contra la injerencia privada en el sector público’.

     

    Antonio Toni Barbarà se hizo médico porque el dolor le exacerba, pero el dolor humano le horroriza.

     

    “Económicamente fue un poco desastre, personalmente fue una buena decisión y soy inmensamente feliz”, resume.

     

    Ayudar a la gente, por delante de cobrar.

     

    Su palabra: esperanza.

     

     

     

    1. 9.     El Port. Holocausto

     

    Holocausto es una palabra de sacrificios.

     

    Ofrendas quemadas.

     

    Biblias y altares y violencias.

     

    Holocausto es la palabra designada para nombrar lo indescriptible: seis millones de muertos (Noas, Levis, Alinas…) con seis millones de bocas y seis millones de últimos anhelos.

     

    El escritor británico Norman Angell patinó en La Grande Ilusión, ensayo ilustrativo que pudo haber evitado la Primera Guerra Mundial, ensayo demasiado ingenuo: “Es imposible formular nuevamente el edicto de ‘exterminar a todo hijo de varón’ nacido en el suelo conquistado, para exterminar así la raza”.

     

    Sí se exterminó.

     

    Fue posible.

     

    En el marco de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), el régimen nazi se llevó por delante a todo ser viviente y crítico.

     

    Los que pudieron escapar cruzaron las fronteras, porosas, inútiles, condenas.

     

    Un ejemplo fue el caso de la frontera de Francia con España, más de seiscientos kilómetros de tierra de nadie por la que pasaron unos diez mil judíos –de un total de ochenta mil personas: pilotos norteamericanos derribados, aliados…–, huyendo de esa palabra sangrienta: holocausto.

     

    La Diputació de Lleida ha puesto en marcha el programa Perseguits i salvats. “Es un proyecto local de proyección internacional que en la práctica supone la recuperación de unas rutas catalanas de huida del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial, pero que quiere ser, al mismo tiempo, un homenaje a la gente anónima y comprometida, y un reconocimiento a la solidaridad entre dos pueblos, el judío y el catalán, con muchas concomitancias históricas y socioculturales”, escribe el presidente de la Diputació de Lleida, Joan Reñé.

     

    En este contexto, se han señalizado cuatro “rutas de huida”: ruta Pirineo Pallars Sobirà, ruta Pirineo Val d’Aran, ruta Pirineo Alt Urgell y ruta Pirineo Cerdanya, cada una con sus itinerarios.  

     

    La ruta que sube al Port de Gireta (Lleida) fue una de las más transitadas por los hombres y las mujeres que pasaban a la clandestinidad: “Aquesta ruta porta fins a un dels ports utilitzats per a l’entrada de refugiats de la Segona Guerra Mundial des de la Vall del Riberot, a la comarca de Couserans de la província francesa de l'Ariège situada a la regió de Midi-Pyrenees, fins al Pirineu català”.

     

    Casi siete kilómetros que se recorren en siete horas.

     

    “Esta es la ruta que escogió Fanny Gewürz, judía alemana que salió de Estrasburgo en la primavera de 1944 y que se unió a un grupo de unas sesenta personas para pasar a España”, relata el historiador e investigador Josep Calvet (Pobla de Segur, Lleida, 1965), especializado en la documentación de los caminos a campo a través de los Pirineos en los años en los que duró la guerra entre los aliados y las potencias del Eje. Autor del libro Les muntanyes de la llibertat (2008), Josep Calvet supo de la existencia de un tesoro de papel.

     

    Montserrat, la hija de los propietarios del hostal de la familia Cases, en Sort (Lleida), comunicó al historiador que había encontrado una maleta con documentos de los años duros de las matanzas: carnés, fichas… y una carta abierta.

     

    “Las cartas que han estado mucho tiempo sin abrirse tienen algo de brutal”, profetizó Walter Benjamin en Calle de sentido único.

     

    En el sobre, un sinfín de sellos y estampados.

     

    La historia de una carta.

     

    Así empieza.

     

    Años veinte. Karlsruhe (Alemania). En una ciudad mareada por las salvajadas de la Primera Guerra Mundial, y que está borrando todo signo del Imperio Alemán vencido, nacen las gemelas Rachel y Fanny, dos gotas de agua, dos hermanas muy unidas que tienen otros dos hermanos: Israel Oser y Chaja.

     

    1939. Los padres de Rachel y Fanny, Max Gewürz y Dvora, deciden huir de las locuras del Führer, Adolf Hitler, y buscar refugio en Polonia. Acabarían muriendo en un gueto, en 1942. Los hijos se esconden. A Inglaterra viajan Israel y Chaja. En esos momentos, Rachel tiene la oportunidad de huir a Palestina, viaje gestionado por la red de contactos de la American Jewish Joint Ditribution Committee, aún en activo (“Procuramos alivio a las víctimas”).

     

    Rachel consigue llegar a Tel Aviv, protectorado controlado por las autoridades británicas.  

     

    1944. Fanny Gewürz se traslada al sur de Francia. Tiene 18 años. Supo que sus padres habían muerto. Decide ir a Palestina, donde reside su hermana, Rachel Furstenberg.

     

    Abril de 1944. Fanny cruza los Pirineos por una de las rutas más largas.

     

    Abril de 1944. Sort. Hostal Martín Cases, de la familia Cases. Fanny le escribe a su hermana. En alemán. El papel, timbrado, con sello del hostal, sin pautar. Tinta negra, débil trazo, pluma.

     

    La carta hará este recorrido: Sort-Lleida-Zaragoza-Madrid-Lisboa-El Cairo-Tel Aviv. La dirección de destino es incorrecta: “dirección desconocida”.

     

    Verano de 1944. Fanny llega a Israel. Allí se casa con un chico judío que también huía del nazismo y que hizo la misma ruta que Fanny. Le había conocido en el Port de la Barcelona de la represión, a punto de coger el barco. Tendrá dos hijos.

    Fanny se encuentra con Rachel. Se abrazan.

     

    1945. La carta vuelve a su origen, a Sort. Hace este recorrido: Tel Aviv-El Cairo-Lisboa-Madrid-Zaragoza-Lleida-Sort.

     

    Marzo del 2018. El presidente de la Diputació de Lleida, Joan Reñé, entrega en mano a Rachel la carta perdida que escribió su hermana en soledad.

     

    Fanny ya murió.

     

    Rachel apenas rige. Tiene más de noventa años.

     

    Acaricia la carta.

     

     

     

    10.  Gran Via de les Corts Catalanes, 581. La razón

     

    “La razón y el bien hacer”.

     

    Existen numerosas películas en las que un cándido y bondadoso contribuyente es pisoteado injustamente. Y estos penados que no se esconden en la madriguera pueden ser carpinteros (I, Daniel Blake, de Ken Loach), prostitutas (Las elegidas, de David Pablos) y un chaval de las calles indias como es Jamal (Slumdog Millionaire, de Danny Boyle). Pero a este reportero le hace más gracia el pequeño artesano Don Rodrigo de Quesada (Don erre que erre, de José Luis Sáenz de Heredia), que pelea con denuedo contra el Banco Universal por 257 pesetas que le han robado, el equivalente a euro y medio, más o menos. Y todo por “la razón y el bien hacer”.

     

    Un Don Rodrigo de Quesada en versión femenina es María José Alarcón (Barcelona, 1969), auxiliar de geriatría y técnico sociosanitaria para personas dependientes.

     

    Fumadora, sus cigarros no los bebe para matar el gusanillo de la adicción, sino para olvidarse de las patadas que le está dando su entorno más cercano.

     

    De ojos vivaces pese al desgarro de retina (sufre de “degeneración macular”), de brazos largos y aparejados como los botalones de una goleta, vestida con vaqueros de tiro medio, María José ha destapado una trama de corrupción “de esas gordas”.

     

    Todo empezó con un retraso en la nómina.

     

    “Trabajaba en el sector de dependencia en una residencia para personas mayores, en una franquicia del Grupo BBS, especializada en limpieza, aunque toca un montón de ramos. Estaban en la Gran Via de les Corts Catalanes, 581, aunque ahora han trasladado las oficinas centrales a la calle Bruc para evitar que vayamos a reclamar lo que es nuestro. Yo cobraba unos quinientos euros mensuales por treinta horas semanales, en horario de noche. A partir del 2009, la empresa comienza a pagarnos cada vez más tarde. Se justificaban diciendo que los ayuntamientos no les pagaban, lo cual era mentira. Ellos querían que firmáramos bajas voluntarias, nos querían engañar. La plantilla, de unas cincuenta personas en el Baix Llobregat, se negó, con lo cual empezó el calvario”, explica María José, en cuya mente ha registrado fechas y nombres como si fuesen datos de un macroproceso. “Y en el 2010 ya dejan de pagarnos las nóminas. Yo cumplía y hacía dobles turnos. Y aun así no dejé de ir a trabajar hasta que pillé la baja por depresión, en el 2011. Un año después, me despiden, exactamente el 29 de febrero del 2012. Me echan por sms, muy fuerte”.

     

    Las consecuencias del despido son previsibles: María José y su pareja, Roberto Martínez (Irún, 1976), que también pierde su empleo, dejan de pagar el alquiler. En el 2011, les desahucian. El propietario les reclama no solo los retrasos, sino los pagos por adelantado (en total, unos dieciocho mil euros). Se niegan. En el juicio salen a relucir los trapos sucios del casero (no declara todos sus bienes). Les deja en paz y no les busca las cosquillas (“que se vayan y quedará saldado”). María José y Roberto se ven en la calle sin nada.

     

    Encuentran un pisito de 17 metros cuadrados en la calle Escòcia, 69, en Nou Barris, por el que pagan mensualidades de 450 euros (“apenas exigían papeles para entrar”). De esta infravivienda también les acabarán echando en el 2016 con tan malas artes que por negarse a pagar la multa (“yo soy la víctima, no el acosador”), en ese círculo vicioso de requerimientos y comparecencias, María José se pasó dos semanas en la cárcel de Wad-Ras, lo que supuso “bajar a los infiernos”.

     

    “Yo estaba encabronado, muy encabronado. A mi mujer le dejan de pagar y eso hace que nos quedemos en la calle. Así que me lié a investigar esta empresa, BBS, todo por internet, en páginas y más páginas, y fui tirando del hilo de varias líneas de investigación”, declara Roberto, otro David con Goliat (“David sujeta una honda y mira al cielo con confianza”), con el temple de un guerrero samurái del manga, con el rumbo de un rompehielos entre las banquisas de la Antártida y con la certeza de haberse convertido en el Günter Wallraff español (Cabeza de turco). “Investigaba y me encontraba con números cif [código de identificación fiscal] que me llevaban a contratos, y todo era un puzle de estafas. Y me topaba con noticias de hemeroteca en las que encontraba relacionados con estos contratos a cargos políticos de Convergència i Unió. Yo nunca había leído un BOE, pero fui siguiendo mi instinto. Y me he gastado el dinero que no tengo en luchar contra esos hijos de…”.

     

    En el 2013, María José interpone una querella criminal contra BBS que es admitida a trámite y a la que se adhieren antiguas compañeras que siguen sin cobrar sus atrasos.

    “Sé que la empresa buscaba mujeres en situación vulnerable para que nos pudieran torear. Pero acabamos montando la Plataforma de Afectados por BBS [“Exigimos justicia”], ya que los sindicatos nos acusaban de alarmistas, alborotadores, populistas y no sé cuántas cosas más…”, se duele María José. “En lugar de defendernos, se ponían de parte de los más fuertes. Para que veas lo indigno del caso, que a mí me querían pagar un finiquito de 141 euros después de siete años trabajando allí. Además, buscando papeles y yendo de aquí para allá, descubrí que la parte de las cuotas obreras de la seguridad social se las habían quedado ellos, se las habían metido en el bolsillo”.

     

    En total, a María José le deben unos ochenta mil euros, contando las indemnizaciones por daños y perjuicios.

     

    Esa querella penal contra BBS dio muchas vueltas. Acabó en la mesa de la unidad de delitos económicos de la Guardia Civil (Unidad Central Operativa, UCO).

     

    María José y Roberto Martínez colaboran con los agentes, y les facilitan la información de la que disponen. “Nos han tratado muy bien, con mucha profesionalidad, y nos mencionan en una nota de prensa”, destacan.

     

    El 23 de febrero del 2016, la UCO pone en marcha la Operación Halley, que no recibe el nombre por el cometa cuya órbita midió el astrónomo Edmund Halley, sino por el centro comercial Port Halley, en Tarragona, detrás de cuya gestión también se encuentra BBS.

     

    Al día siguiente, estos fueron los titulares: ‘La Guàrdia Civil deté cinc persones a Barcelona per defraudar 34 milions en serveis per a la gent gran’.

     

    “Detrás de este grupo hay mucho dinero, y muchas relaciones de poder, por eso el juez ha calificado la investigación como de ‘altamente compleja’, y está en secreto de sumario desde el 2015. Hay muchos peces gordos aquí metidos, y tiene vinculaciones con tramas como la Púnica [blanqueo de dinero], el 3% [cobro de comisiones ilegales], Método 3 [revelación de secretos]… Todo esto petará algún día”, predice Roberto, que empieza sus frases así: “Antes, hubo una serie de chanchullos…”. Prosigue: “Ten en cuenta que detrás de estos grupos también hay constructoras. Por ejemplo, detrás del grupo de servicios Clece [“Empresa de personas para personas”] está el Grupo ACS, del empresario Florentino Pérez. Como con la crisis económica y social causada por la burbuja inmobiliaria muchas constructoras entraron en concurso de acreedores, las compañías han buscado otros terrenos donde infiltrarse”.

     

    La auxiliar de geriatría María José Alarcón nunca se ha resignado. No solo no ha dejado de reclamar las nóminas atrasadas sino que ha escarbado en la basura para dar con las pistas que desenmascaren las mafias. Ella y su pareja, Roberto Martínez, han facilitado datos valiosos a las fuerzas y cuerpos de seguridad.

     

    María José padece aún las secuelas psicológicas de lo vivido: “Pasé de no tener antecedentes a pisar la cárcel, después de sufrir mobbing y de que falsificaran mi firma. Por no hablar de la batalla contra BBS. Para mí, la violencia tiene muchos nombres y puede ser de muchos tipos: verbal, física, psicológica… Esta última, la violencia psicológica, es la peor, es la que te destroza”.

     

    María José se sigue medicando. Desde hace unos meses, por tener los ligamentos del hombro desgarrados.  

     

    No le importa, le sobra la fuerza.

     

     

     

    11.  Gran Via de les Corts Catalanes, 255. Segurata

     

    Definición de segurata en el diccionario online TuBabel: Segurata es la manera coloquial para hablar de una persona (casi siempre hombre) que es contratada como seguridad privada de algún establecimiento o por alguna persona. Ejemplo: ‘Los seguratas del centro comercial pillaron a Julio tratando de robar una camisa’. 

     

    Antonio Maraña (Puente Villarente, León, 1956) es un segurata.

     

    Expresivo, con los movimientos circulares de sus manos podría detener el huracán tropical Florence. Ciclónico, robusto como el café que no es arábigo, rescata de sus dudas a los empleados de un sector devastado (“les asesoramos acerca de sus derechos laborales”). Ocupa el cargo de secretario general del Sindicat de Treballadors de Seguretat de Catalunya (STS-C, Gran Via de les Corts Catalanes, 255), nacido en el 2000 de una escisión de la CGT: “Consideraban nuestro trabajo en la seguridad privada dañino para la clase obrera. A sus ojos, éramos represores”.

     

    Aún se le humedecen los ojos cuando se acuerda de los compañeros muertos en acto de servicio. En diciembre del 2002, en el Parc Vallès de Terrassa, cinco individuos asesinaron a dos vigilantes de seguridad de Prosegur (“Seguridad de confianza”) en el asalto a un furgón blindado. “El único vigilante que quedó con vida no ha logrado olvidarlo, todavía está tocado”, asegura, con una fuerte dicción que sube y baja igual que una marea urbana y sin ventanas.

     

    La falta de chalecos antibalas hizo más fácil aquella matanza sin sentido.

    Estas son las peticiones del STS-C, que engloba a más de quinientos trabajadores tanto en puestos fijos, estáticos (garitas y tiendas), como móviles y flexibles (Renfe y metro):

     

    • Mejores sueldos: “Estamos por debajo de los mileuristas [mil euros]”.
    • Dotar de armamento a los agentes: revólver y escopeta, sus “herramientas”, para lo cual necesitan sacarse la licencia de armas tipo C: “Es básico como efecto disuasorio, aunque no se vayan a utilizar. Nosotros no somos un ejército aparte, y nuestra misión es auxiliar a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, no suplantarles. Nosotros custodiamos bienes y personas, simplemente. Es la Guardia Civil la que decide qué tipo de servicios requieren armamento [transporte blindado] y cuáles no [tren]. También hablamos de la pistola eléctrica Taser X2 [electrochoques], y te lo digo yo, que a mí no me gusta ningún tipo de arma”.
    • Dotar de medios de protección a los agentes, como chalecos antipincho (contra navajazos) en las inmediaciones del aeropuerto de El Prat, chalecos antibalas y guantes anticorte: “Ahora las licitaciones son una puja a la baja. La empresa que se compromete por menos dinero a la salvaguarda es la que se lleva el pastel”.
    • Convertir los cursos de formación en seguridad privada (180 horas) en un módulo de formación profesional, con exámenes psicológicos, preparación física adecuada, etcétera.
    • Reforzar las plantillas: “Es en los fines de semana, cuando muchos jóvenes se emborrachan y se meten de todo y van pasados de rosca, cuando se necesita más personal. Pienso en la parada de La Floresta de los Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya, punto caliente en las noches de viernes y sábado, donde existe una conflictividad terrible por las juergas y donde solo hay una persona de guardia. Se suceden las palizas y muchos de estos chicos las graban y las suben a Youtube o a otras plataformas, en las redes, y eso nos hace mucho daño. No será la primera vez que a uno de nuestros afiliados le pegan y le lanzan a las vías”.
    • Unidad sindical: “Para evitar que las empresas sigan haciendo lo que hacen ahora, que no venden seguridad sino imagen: chicos de dos metros de alto, aseados, atléticos…”.
    • Dignificar la profesión: “Que se nos respete, que no se nos sancione a la mínima. Nosotros podemos cachear, pero no de forma indiscriminada, y podemos detener con esposas, siempre y cuando haya motivos suficientes para ello. Que se nos reconozca, porque nuestra manera de actuar es básicamente utilizando mucho la mano izquierda, la psicología, para evitar daños innecesarios”.

     

    “Lo cierto es que ahora este mundillo está muy mal pagado y se asumen muchos riesgos”, analiza, conservador, y define el término de violencia, que para él es claramente una “agresión física”: “Habría que preguntarse ante esta violencia, ante esta agresión: ¿por qué? ¿para qué? ¿de qué depende?”.

     

    Antonio Maraña vive en Barcelona desde 1972 (“Barcelona es una bomba de relojería”).

     

    De profesión tornero (él lo llama el metal), sufrió los cambios tecnológicos: la informática desplazó lo manual. Se recolocó como vigilante de seguridad. Tampoco iba mal encaminado: su padre era guardia jurado, y su hermano, policía nacional.

     

    “Yo estaba destinado en los furgones que van a los comercios y a los bancos a recoger el dinero, y que solían ser presa de los Grapo [Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre]. En lo que se llama ‘riesgo de acera’, una vez nos atracaron: un tipo en una moto de gran cilindrada pasó por en medio de mi compañero y de mí cuando nos dirigíamos al furgón y consiguió arrebatarnos la valija. El robo o es violento o es por sorpresa, y este fue por sorpresa. Realmente fue una jugada maestra, porque el hombre, al que nunca cogieron, lo tenía todo bien estudiado”, cuenta.

     

    El segurata Antonio Maraña, secretario general del Sindicat de Treballadors de la Seguretat de Catalunya, está preparando la próxima huelga: “Será en octubre, ya os enteraréis”.

     

     

     

    12.  Balmes con Provença. Racismo

     

    “Esta colección pone a disposición del público, especialmente joven, una breve selección de textos de diferentes autores africanos y del Caribe que estuvieron en el centro de la lucha por la independencia de sus países y cuyo pensamiento político continúa siendo hoy de gran actualidad”.

     

    La colección “pensamiento africano de ayer para mañana”, de Wanafrica Ediciones, se inauguró con el revolucionario comunista Thomas Sankara, el Che Guevara africano que cargó contra las hambrunas, los matrimonios forzados y los terratenientes.

     

    Asesinado en Burkina Faso en 1987, sus sentencias siguen viajando a través de la memoria acumulada, que es un silo con lo mejor del conocimiento humano. Dice un seguidor de Sankara en Twitter, en un ejercicio de ubicuidad: “La pasividad frente al racismo es el alimento de los cobardes que la ejercen”. Eso dice del racismo.

     

    El responsable de Wanafrica Ediciones es Oumar Diallo (Sédhiou, Senegal, 1971), proveniente de la tribu mandinga como el esclavo Kunta Kinte, protagonista de la novela Raíces (Alex Haley, 1976).

     

    Con la constitución de un runner, estratega de los movimientos y los intereses africanos en Barcelona, reconocido como un diligente agitador de conciencias, Oumar Diallo podría ser el director del Instituto de Educación e Investigación Martin Luther King Jr. de la Universidad de Stanford (California), Clayborne Carson (“estoy satisfecho cuando cualquier movimiento elige usar el tipo de tácticas no violentas y estrategias que King defendió”).

     

    Sankara y Luther King padecieron el racismo que Oumar Diallo vive en la cotidianeidad, integrado como un elemento más en su agenda.

     

    Oumar afirma: “El racismo se ve cada día, pero ya lo tenemos asumido y convivimos con él, lo dejamos pasar”.

     

    Se le piden ejemplos, y los busca en un santiamén, sin mucho esfuerzo de concentración. Tres muestras de “microrracismo”:

     

    1. “Por ejemplo, cuando yo me cruzo por la calle con una mujer, el movimiento instintivo de ella es el de apretar con fuerza el bolso. Quizá ella no es consciente, pero yo lo veo. Cree que le puedo robar. Porque soy negro”.
    2. “Por ejemplo, en el autobús, si yo me siento, nadie se sentará junto a mí a no ser que ya sea la única plaza que queda libre. Porque soy negro”.
    3. “Por ejemplo, cuando yo vendo libros en un puesto callejero y alguien me pregunta: ‘¿Quién lo ha editado?’ y yo le digo que un servidor, esa persona me mira embobada, incrédula, como queriendo decir: ‘¿Los negros tienen formación?’”.

     

    Aun así, lo peor para Oumar Diallo no son los vaivenes de la calle, esos insultos insonoros que a veces rompen los cristales, sino el “racismo institucional”, mucho peor: “Las instituciones tienen un doble rasero. Tú puedes ser un número al principio, pero luego te ponen rostro, y el trato es diferente a cualquier otro. Yo nunca he visto a la Fiscalía abrir diligencias porque una persona haya llamado negro a otra de manera despectiva. Las leyes son iguales para todos, pero su aplicación es diferente: a unos nos llamarán inmigrantes, a otros les llamarán nacionales en busca de trabajo”.

     

    Para Oumar Diallo, el racismo es violencia, esa violencia que no es física, pero que hace tanto o más daño. Cuenta un caso:

     

    “Hace unos años, trabajando de taxista, llevé un chico hasta una discoteca en Balmes con Provença. A la hora de pagar, me gritó: ‘¡Negro de mierda!’. Y bajó del coche y se metió en el local. Yo le quise seguir, pero los porteros de la disco no me dejaron entrar. Les expliqué los motivos, pero fue en balde. Eso es racismo”.

     

    Oumar no entró en España en patera, otro tópico. Llegó en avión, con los papeles en regla, en 1994. Hijo de un maestro de primaria, se dejó llevar por las recomendaciones de su hermano mayor, que le animó a dar el salto para salir de la sordidez de un país sin empuje. La paradoja es que aterrizó en una España caída en la inflación, en aquella crisis de las vacas flacas que siguió a los Juegos Olímpicos de 1992.

     

    En Catalunya trabajó como recogedor de patatas (“en los campos del Maresme, sin contrato”), mediador cultural (“acompañando a las familias que venían de fuera y cuyos hijos empezaban la escuela”), jardinero (“cuidando las plantas”), agente comercial (“en Wester Union, gestionando envíos de dinero”), administrativo (en la escuela de cómic e ilustración Joso) y taxista, entre otros.

     

    En el 2002 se instala en Barcelona y forma una familia (“mi mujer es catalana”).

     

    En el 2004, con unos socios, funda la revista Wanafrica, en la que este reportero colaboró (“queríamos aportar y hacer que África se redescubriera en Europa”).

     

    Con la crisis del 2008, la revista murió en formato papel, y aquel proyecto acabaría derivando en la actual Ediciones Wanafrica (unión africana en suajili), que coge el guante de los líderes por los derechos civiles para hacer del mundo un lugar más habitable, “technicolor”.

     

    Respira, y con las migajas de su relato anterior compone esta mediodespedida: “Hace más de trescientos años que al negro se le trata como a un no-ser. ¿Vamos a cambiar eso en un día?”.  

     

     

     

    Jesús Martínez Fernández es periodista. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Los CIE malteses. África es la principal nación del inmigrante, Historias de frontera. Los años de la pobreza en Barcelona. Memoria del Big Crap (2008-2014)La Gran Pavada: educar para la guerra. Setenta aniversario del Desembarco de NormandíaCasablanca. La universidad pública y gratuita en Chile.

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