De la serie "Espejismo en la naturaleza"

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    Susan Swartz: la persistencia de la abstracción lírica

    Jonathan Goodman - 18-01-2019

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    La pintora Susan Swartz, ahora en su madurez, está obteniendo el reconocimiento a su notable carrera por su tenacidad de propósito. Una exposición en el museo Manetti Shrem de la Universidad de California en Davis, y otra en Pekín, en el museo de la Academia Central de Bellas Artes, atestiguan el pujante interés con que se está viendo su finamente pulida abstracción lírica. Hoy existe una historia muy consolidada para el tipo de pintura que crea Swartz; es una tradición particularmente estadounidense, llamada en concreto Escuela de Nueva York. Esta caracterización es en algunos aspectos más geográfica que estilística, ya que los artistas que se engloban en esa categoría manifiestan una extraordinaria diversidad de prácticas formales; sin duda, el estilo de Barnett Newman difiere del de Mark Rothko, que no se puede comparar con el arte de Franz Kline. Lo primero que debe decirse es que este tipo de trabajo nos acompaña desde hace décadas, y que los mejores artistas que pertenecen al expresionismo abstracto, el movimiento con el que más se alinea Swartz, realizaron su actividad a mediados del siglo pasado. Esto significa que su legado se puede ver fácilmente como histórico, y un poco distanciado del pintor de hoy que busca nuevas vías de expresividad. Ahora, los estilos de la Escuela de Nueva York y el expresionismo abstracto no los practican grandes grupos de artistas, pero apenas tiene relevancia: las personas inspiradas pueden seguir bebiendo de lo que hubo antes que ellos, y hacer un arte potente, quizá de forma ligeramente aislada; Louise Fishman y Amy Sillman poseen ambas un alto nivel de creatividad, aun cuando su trabajo sigue desde bastante cerca la historia de la abstracción lírica. Además, Swartz deja claro que su arte deriva de una persistente consideración por la naturaleza, que parece elevar y refinar la existencia de la abstracción en sus pinturas. Su interés en la naturaleza separa hasta cierto punto su obra de la categorización puramente abstracta.

     

    Como realiza una fusión entre el mundo natural y la tradición de la pintura abstracta, Swartz logra crear una nueva manera de pintar. Su obra refleja el actual desarrollo del arte abstracto. También crea una obra de belleza deliberada que, en un conjunto cuya primera impresión es de abstracción, la une a una tradición que no es ni figurativa ni abstractamente neutral. Sin embargo, es cierto que su público tenderá a interpretarla de una forma o de la otra. Por ejemplo, en Nueva York, parecería que su arte entra en la categoría de la abstracción, puesto que dicho arte sigue siendo muy predominante aquí, aunque por motivos cuestionables, como es la preponderancia del mercado. De hecho, la conexión entre la abstracción lírica (asistida por una interpretación sutil de la naturaleza) y su capacidad para venderse a precios exorbitantes demuestran un rasgo problemático de nuestra actual escena artística: que el dinero se haya impuesto completamente como factor a la hora de hacer una valoración crítica de un artista. Además, la tecnología atenúa nuestra experiencia de su obra; el logro de Swartz como pintora se apoya en una superficie compleja, sumamente táctil, que no se puede experimentar adecuadamente en internet o con un iPad. Pero ahora, tras llevar al menos dos generaciones observando la imaginería generada por ordenador, aceptamos el proceso como válido. Esto no tiene por qué ser siempre así, y las abstracciones maravillosamente táctiles de Swartz requieren que se vea la pintura real, en vez de un facsímil abarrotado de píxeles. La naturaleza, en especial, se resiste a ser observada desde una distancia tecnológica, sea en la vida real o en el arte. Pero el estilo de Swartz es complejo; la serie Espejismo en la naturaleza consiste en obras que, a primera vista, parecen decididamente abstractas; pero, como indica el nombre de la secuencia, derivan de los fenómenos naturales. Estas obras tienen una factura muy bella y son densas en significado insinuado; parece como si su asociación con el mundo exterior le diese a la abstracción una particularidad imaginativa que realza muy bien el estilo (lo mismo que ocurre con las pinturas y dibujos de un artista como Gorky, que se inspiró muy de cerca en la naturaleza).

     

    Las superficies de Swartz son sumamente sensuales; no están compuestas por un empasto pesado, pero sí reflejan una profundidad mayor de lo que consideraríamos superficial. De hecho, uno de los aspectos del arte de Swartz más destacados y logrados en términos formales es su superficie externa, que sugiere una preocupación inspirada sobre el aspecto que podría tener un exterior cuando se presta atención a su textura. Tal vez la textura proviene del deseo de la artista de identificarse con una superficie real, que sea algo más que una mera reminiscencia del mundo que ella imagina y ve. ¿Puede una superficie ser lo suficientemente ambiciosa y lograda para que la aceptemos como un componente importante sobre el que se apoya una extraordinaria obra de arte? Así parece ocurrir en la abstracción, y ciertamente en el estilo tan desarrollado de Swartz. Además, con el tiempo, se hace evidente que la abstracción no es pura, sino que refleja el interés de la artista en el paisaje. Existe una serie en la que trabajó Swartz llamada Bután, el país del sur asiático que se encuentra al este del Himalaya. Estos cuadros, de los cuales varios son abstracciones de color verde claro, no reflejan al detalle la realidad de lo que la artista se encontró, sino que se aproximan al mundo natural que claramente la deslumbró. Pero, de nuevo, nuestra primera respuesta es que la obra es abstracta.

     

    La verdadera pregunta es si, al valorarla como abstracción –un triunfo de la forma en vez de una afirmación de contenido– se le puede hacer justicia a un contenido que también está cautivado por la representación de la experiencia de la naturaleza. No se narra un relato en su obra. No sucede nada que podamos comentar en los cuadros de Swartz, no porque rechace intencionadamente la narrativa en su obra, sino porque no había una que se pudiera tomar. Aunque su tipo de abstracción lírica se aproxime al mundo natural, se tenderá a vincularla con la historia reciente del arte estadounidense, que hace hincapié en la imaginería abstracta. Esta historia, con sus detalles sobre los artistas más ambiciosos que trabajaban en la época, debe reflejar el excepcional logro de la pintura abstracta. Pero debemos reconocer que el arte de Swartz es algo más –bastante más– que eso. Su novedad reside en la sutileza con que une sus impresiones de la naturaleza con un estilo mayoritariamente abstracto. Su público quizá no aprecie plenamente esa fusión, ya que sobre todo exigimos la innovación como un fin en sí mismo. El arte de Swartz es más complejo que eso, e incorpora una apreciación del pasado al prestar atención al paisaje. Ella no es la primera que trabaja de esta manera, pero actualmente es una de las mejores.

     

    Además, Swartz indica en su web que los críticos la han situado en una tradición que bebe de la naturaleza, en particular el legado de los románticos alemanes. La base no objetiva de su trabajo es solo una parte del cuadro. Es difícil detectar referencias directas en su pintura a la tradición alemana, pero los escritores sí han encontrado esas alusiones en su obra, y uno respeta inmediatamente sus sentimientos hacia la naturaleza en su arte. Aun así, ese sentimiento no suele particularizarse en la forma, así que no somos capaces de reconocer árboles, montañas o ríos con un cierto grado de seguridad. En su lugar, se impone la abstracción, y tal vez por necesidad, Swartz se convierte de nuevo en una artista contemporánea, en vez de una abiertamente inspirada por una tradición realista romántica. Sin duda, la artista se mueve en la dirección de las esencias, donde la importancia de la experiencia visual es sugerida, en vez de resueltamente delineada. En consecuencia, uno ha de interpretar estos cuadros de forma intuitiva, no analítica; requieren una forma de contemplación que es sugestiva en su presentación de la naturaleza y su cultura. Como hemos señalado, la historia de la abstracción del arte contemporáneo nos relega a un rincón, donde solo vemos pintura no objetiva, cuando la realidad es más intrincada. Swartz tiene el mérito de que nos corresponda a nosotros abrir los ojos, nuestras sensibilidades y nuestra formación histórica a un conjunto de obras que existe en un flujo de diversas influencias, abstractas y realistas, orientadas hacia fuera e imaginadas hacia dentro. De hecho, un importante componente del logro de Swartz reside en su habilidad para convivir con diferentes posibilidades de la pintura, pero emplazándolas en un cuadro coherente, de extraordinaria unidad estilística.

     

    La pregunta que cabría hacer es: ¿de dónde procede dicha unidad? El collage ha sido una importante fuerza en el modernismo, con la contraposición de imaginería que genera un significado que no se habría producido de otro modo. Pero Swartz no trabaja de este modo, sino que se sirve del concepto all over de la pintura que encontramos históricamente en el arte abstracto estadounidense. Sus cuadros muestran una unidad que forma parte de su atractivo estilístico. Es dificilísimo separar sus obras individuales en partes distintas. Tal vez, dado el ejemplo de Gerhard Richter, cuyas habilidades para la abstracción y la figuración están al mismo alto nivel, podemos entender a Swartz como una pintora para la cual ambas formas de trabajar son igualmente importantes, aunque haya decidido mezclarlas, en vez de separarlas. Hay ejemplos en que la artista sí trabaja de forma puramente abstracta, como en las series Contemplación y Visiones evolucionadas, y también existe una secuencia titulada Naturaleza revisitada que sugiere de forma muy clara montañas y follaje. Y a veces su público se encuentra con una visión híbrida, donde se mezclan estos tipos de estilos. Ya no nos atenemos a nuestros estilos: aceptamos plenamente la presencia simultánea del arte no objetivo y el figurativo realizados por la misma persona. Quizá esta doble competencia sea una forma de hacer avanzar el modo en que pensamos sobre el arte. ¿Por qué no podría una pintora abordar dos modos de ver en obras que demuestren su talento para los dos?

     

    Con el paso del tiempo, será posible ver si el compromiso de Swartz con la naturaleza está bien expresado en términos abstractos. La naturaleza contiene una considerable cantidad de abstracción en sus formas, que se puede abordar en la figuración en el arte; si se observan los detalles de la pintura clásica china, se pueden ver áreas que, si se aíslan, se parecen mucho al arte no objetivo contemporáneo occidental. Así que las relaciones entre la abstracción y la figuración son mucho más cercanas de lo que podríamos haber pensado al principio, aunque reconozcamos que, en los diferentes extremos del espectro, la abstracción pura y el realismo total sí existan. Pero Swartz se mueve en una dirección híbrida, lo que hace que sus esfuerzos sean intrincados y teóricamente complejos, aunque no se pueda decir en absoluto que su arte sea conceptual. Ella misma ocupa un rango del espectro que abarca una amplia variedad de imaginerías. Su serie Contemplación, en la que predomina el color gris salpicado de otras tonalidades, mira la mente pura como un referente y una inspiración. ¿Cómo se representa el pensamiento? Es imposible hacerlo, pero Swartz intenta hacer una descripción indirecta mediante el uso de un gris en su mayor parte neutral y al presentar un ambiente puro que parece haberse generado fuera de sí. Estas pinturas están llenas de una presencia que no se vincula con la realidad física. Por ello, invitan a que se vean y contemplen con detenimiento, como sugiere el título de la secuencia. Así que los cuadros intentan comunicar la experiencia de la meditación, un pensamiento enteramente intuitivo que se relaciona estrechamente con el sentimiento religioso, sin supeditarse completamente a él. Se podría decir que las pinturas abstractas que forman parte de esta serie son en sí mismas ejercicios de meditación; sin duda demuestran una disciplina interna que no se puede describir únicamente como pintura. Es justo decir que la contemplación es, a su manera, una acción de la mente, y esto es lo que las pinturas comunican, tanto en su factura como en su forma final.

     

    Cada nueve meses, más o menos, alguien proclama la muerte de la pintura, pero la práctica persiste a pesar de la manida acusación. De hecho, la afirmación de Arthur C. Danto de que el arte estaba muerto en general tenía la placentera rotundidad tan propia del fin de un milenio, pero las cosas resultaron ser distintas. Se sigue produciendo arte en general, y pintura en particular, a un ritmo alarmante. Como escritor e historiador del arte contemporáneo (¡una contradicción en los términos!), mi trabajo es contextualizar, explicar y, por último, juzgar la obra que veo. Hacerlo es relativamente fácil ante el arte de Swartz, que pertenece abiertamente a una tradición que los estadounidenses conocen muy bien. De hecho, es importante situar sus obras en un continuo que pueda arrojar luz sobre lo que hace: su proximidad técnica a artistas estadounidenses anteriores, su mezcla tan contemporánea de lo abstracto y lo figurativo y su voluntad de seguir adelante. La pintura excelente siempre presupone un pasado y un futuro mientras existe en un presente improvisado e inspirado. Pero no es una actividad en la que alguien se proponga conscientemente avanzar; uno hace su obra y ve si es acertada. Ser preclaros, intimar con lo que vendrá después con regularidad, excede las habilidades de cualquiera en cualquier arte. En su lugar, son las cosas que pueden o no pasar las que definen un movimiento. Ya no vivimos en tiempos de fuertes avances formales; ningún gran movimiento domina la escena actual, y los cambios retratados en las bellas artes suelen ser pequeños. Pero eso no tiene por qué respaldar la idea de que la propia obra sea menor.

     

    Por lo tanto, cuando la vemos en sus circunstancias, podemos comparar a Swartz con una admirable exploradora, para la cual la pintura sigue siendo territorio desconocido. Esto se manifiesta en su arte. Si es difícil o imposible para ella, o cualquier otro, alterar esta disciplina de manera significativa, es porque pisamos sobre todo terreno conocido. Aún así, como ya he dicho, la pintura puede seguir adelante incorporando la individualidad de la artista a la obra de forma que refleje solo su carácter. Swartz mira el futuro a su propia manera; imagina un momento en que la abstracción podría fundirse perfectamente con el mundo exterior, por muy imposible que parezca. Las obras donde describe los fenómenos naturales están tan logrados como sus meditaciones abstractas, que esbozan el pensamiento con un gran resultado visual, por difícil que pueda ser. Vivimos en un momento en que la cultura contemporánea necesita imperiosamente destreza e inspiración, cualidades asociadas con las manos y la mente, respectivamente. Mientras Swartz sigue presentando un doble retrato creativo al pintar con dos estilos, también demuestra su fe en el talento y la creatividad. Su público necesita reconocer que esto no es fácil de hacer, y que no es una mera fusión de aptitudes. Más bien, es una llamada a la unificación de una disciplina, donde la percepción, la habilidad técnica y la visión imaginativa se funden de formas que no repitan lo que ocurrió antes. Esto se suele encontrar en el arte de Swartz, que reitera la esperanza de que las pinturas se crean no solo para ser disfrutadas, también para enriquecer y renovar.            

     

     

     

     

    Jonathan Goodman es poeta y crítico de arte. Ha escrito artículos sobre el mundo del arte para publicaciones como Art in AmericaSculpture y Art Asia Pacific entre otras. Enseña crítica del arte en el Pratt Institute de Nueva York. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, Fascinaciones chinas, entre tradición y abstracción. Dos artistas en Nueva York: Liu Chang y Yu Han YuAnselm Kiefer en el Met Breuer. Una nueva reflexión sobre Alemania y el olvidoBian Hong: una reconsideración de la caligrafía chinaIleana Sonnabend y el ‘arte povera’ en la Lévy Gorvy GalleryHarold Wortsman en la Arts Mora Gallery. El modernismo y su apogeo.

     

     

     

     

    Traducción: Verónica Puertollano

     

     

     

     

    Original text in English

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