Yazd. Torre del silencio

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    Palabra de parsi. El gran dilema de los zoroastristas indios

    Texto: Pablo Zulaica | Fotos: Alfonso Armada - 03-05-2019

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    “Cuando regresé a Bardoli y Suhali vi que todo aquel conocimiento estaba desapareciendo”, dice en inglés con un leve acento indio, en su casa de Nueva Delhi, Shernaz Cama. Cama, envuelta en un largo sari parsi, habla sobre una visita a los pueblos de su infancia: “Decidimos que había que comenzar a documentar y volvimos con un equipo de la UNESCO. Y entonces, algunos [parsis] que no se atrevían siquiera a hablar en gujarati comenzaron a preguntarse por qué estábamos grabando”.

     

    Cama y su equipo grababan porque a los parsis no les sobra mucho tiempo. En Occidente, hasta ahora, si no era por las ficciones de Borges o un viaje a Mumbai, antigua Bombay, era posible que uno no hubiera oído hablar de esta minoría india, zoroastrista y de origen persa. Ahora ha podido ver Bohemian Rhapsody y escuchado los consejos que el señor Bulsara daba a su hijo: aunque nacido en Zanzíbar, Freddy Mercury era de origen parsi. De ellos, aparte de Zaratustra, su profeta, se oye que dejan a sus muertos en lo alto de unas torres a la espera de los buitres, que rezan de cara al fuego –y al agua– y, ya en India, se les tiene por emprendedores, tolerantes y correctos. Los zoroastristas son los primeros monoteístas conocidos. En el Imperio persa, que abarcó del mar Egeo al Índico, la suya fue religión de estado. En el cristianismo dejó la concepción del bien y el mal. Los Reyes Magos pudieron ser eso, magi de Oriente, sabios zoroastristas, y muchos musulmanes celebran el nawroz, el año nuevo persa. Recientemente, el adjetivo zoroastrista se oyó al nombrar sin mucho tino algunas prácticas preislámicas de los yazidíes, perseguidos con saña por el Estado Islámico.

     

    De Zaratustra no está claro ni su origen ni su tiempo, que se estima en torno a 1600-1200 antes de Cristo, fecha de los gathas sagrados, o bien de 620 a 550 antes de Cristo. Pero los zoroastristas llegan hasta hoy. Los antepasados de Shernaz Cama también huyeron de Persia a India a partir del siglo VIII, huyendo del islam, y estos indios persas, llamados desde entonces parsis, llevan otros 13 adorando a Ahura Mazda, conviviendo sin mezclarse y, pese a su porcentaje ínfimo, dejando una huella muy notoria en India. Sin embargo, hoy no pasan de 60.000, y sumados a unos 25.000 iraníes y algo de diáspora en Occidente, los zoroastristas en el mundo no pasan de 100.000.

     

    A diferencia de otras minorías en peligro, los parsis, que hoy hablan en gujarati o en inglés, no sufren estrictamente la amenaza de una cultura dominante. Económicamente son fuertes, y nombres como Rathan Tata o Zubin Mehta trascienden fronteras. Pero los hábitos de la vida moderna y la dispersión de la comunidad han llevado a otros números más preocupantes. Shernaz Cama preside ParZor, el programa de la UNESCO que lucha por preservar el legado parsi y zoroastrista frente a la aculturación. Y sin embargo el logo de ParZor aparece en iniciativas cotidianas: en eventos para que los jóvenes de ambos sexos se conozcan, por ejemplo, o de ayuda económica a padres de futuros parsis. Hacen falta niños parsis.

     

    Ahora bien: ¿sirve de algo intervenir en la dinámica de los tiempos? ¿Se resiente el mundo cuando se extingue un idioma? ¿Y una religión? Cama está convencida de que proteger una identidad no es sólo una idea romántica. En 1992 una turba de fanáticos hindúes atacó y demolió la mezquita de Babri (Babur), en el norte de India, con más de cuatro siglos, y los disturbios posteriores dejaron más de mil muertos. Cada cierto tiempo la violencia religiosa sacude al país y movimientos nacionalistas hindúes buscan hacer valer su mayoría. A raíz de aquello, Cama y un grupo de pensadores y activistas de la India más diversa iniciaron un proyecto para tratar cuestiones como el estado secular, la multiculturalidad, las minorías y la identidad. Esa periferia es esencial para entender la cuestión parsi. Para Cama, no son solo ellos. Es India, es la convivencia entre modos de pensar y es, también, la forma en que hoy funciona el mundo.

     

    En su pueblo de Gujarat Cama encontró a la señora Koshit Dastoor tejiendo con la técnica de la puntada prohibida, la última rendija abierta en una pequeña puerta de los tiempos. “El patrimonio inmaterial consiste en saber cómo girar la aguja, eso es lo que hace posible la pieza”, dice. “El bordado lo puedes ver en un museo, pero si no registras la memoria, lo pierdes”. Su equipo llevaba 15 años documentándolo. Pero esa puntada era tan fina que la vista de quien tejiera mermaba poco a poco, y Dastoor era la última parsi que sabía cómo hacerla. Justo cuando preparaban el primer taller para recuperarla, la señora Dastoor quedó definitivamente ciega.

     

    El zoroastrismo sigue vivo, sobre todo como creencia, fe y sistema de valores, a lo largo de una franja de la costa oeste india. Al descenderla se entiende cómo lo parsi se entreteje en torno a sus costumbres religiosas, particularmente transigentes. Pero la historia pesa, la identidad cambia y no todos comparten la manera de vivirla.

     

     

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    A media altura en el mapa indio, cuatro horas de tren al norte de Mumbai, pero ya en el estado de Gujarat, queda Surat, un antiguo puerto con presencia portuguesa y holandesa antes que británica y hoy un centro textil de dos millones de habitantes. Será el kilómetro 300 con Mumbai, al sur, como kilómetro 0 del recorrido. En la costa del estado de Maharastra, Mumbai, capital financiera india, acoge hoy la mayor comunidad parsi, muy presente en su vida pública. Pero muchos de sus pueblos históricos se sitúan entre ambas, siempre cerca de esa costa.

     

    Aunque ya es casi un suburbio de Surat, Navsari (kilómetro 270) mantiene una atmósfera de pueblo grande. Allí hay presencia parsi desde 1142. En una zona bien asfaltada, más limpia que su entorno, aparece entre jardines una casona de piedra con aire neoclásico –líneas rectas, cuatro columnas anchas– y vidrieras. No tiene nada de oriental, pero tampoco es un bungalow británico. En lo alto, un farvahar anuncia que es un templo.

     

    El farvahar, ese hombrecillo plano, barbudo y con un aro en la mano, que tiene alas como de cisne y patas y cola de rapaz, puede ser todo lo que distinga a un parsi cuando lo lleva al cuello, colgado del retrovisor o bordado y enmarcado en casa. Minoo S. Bhathena, camisa blanca y pantalón de rayas, acaba de salir del templo. Ha orado frente a una llama hija de un fuego que lleva activo desde el desembarco (siglo VIII), le ha puesto unas astillas de madera de sándalo para alimentarla un poco más y, seguramente, ha recitado versos en avéstico, una lengua milenaria y muerta.

     

    Algunas casas fechadas recuerdan que estamos en el año 1385 persa, es decir, a partir de la muerte de Yazdegerd III, el último rey sasánida. La primera aproximación al universo de los zoroastristas indios suele empezar por la leyenda, que alguien como Minoo contará pronto. Poco después de ese año cero, cuando el guía de los recién llegados pidió a Jadi Rana un lugar para vivir, el jefe hindú dijo que no había espacio y les mostró un cuenco con leche hasta arriba. Entonces, aquel parsi vertió un puñado de azúcar dentro y la leche no se desbordó. “Así como no ocupamos gran espacio”, dicen que dijo, “con nosotros se enriquecerá tu reino”.

     

    Detrás de Minoo, las señoras de su familia curiosean en la tienda de Zubin Amvoliwala, que vende sándalo traído de África y Australia, además del indio. Al fin, eligen unas figuritas de Zaratustra que por detrás tienen enchufe, un souvenir que les alumbrará la noche.

     

    —Y a cambio de abrirnos las puertas –sigue Minoo–, se acordó con el rey local que, para no influir a los suyos, adoptaríamos el idioma, las mujeres parsis vestirían sari y nuestras ceremonias serían tras ponerse el Sol.

     

    El hijo de Minoo, de unos 10 años, tiene algo de prisa y su padre me tiende una tarjeta. Leo que es directivo en el gigantesco Tata Group –coches, agroquímicos, telefonía...–, con sede en Mumbai. Su fundador, Jamsetji Tata, fue un parsi nacido en Navsari en 1839 y su casa museo está a sólo unas manzanas. Aún más cerca, en un edificio donado a la comunidad por otro parsi, queda la Biblioteca Meherjirana. Fundada en 1872, recogió los textos custodiados por las familias de sacerdotes parsis y hoy guarda en torno a 45.000 libros y manuscritos escritos en avéstico, pahlavi, farsi, urdu o sánscrito. Iranistas de todo el globo, entre ellos Alberto Cantera y su equipo de la Universidad de Salamanca, escarban en esa historia milenaria que algunos temen condenada a libros y museos.

     

    Suena raro: Tata Group, aún dirigido por parsis, tiene unos ingresos de cien mil millones de euros; Godrej, otro conglomerado familiar, ronda los cuatro mil millones a base de refrigeradores, software o componentes aeroespaciales. Son apenas dos ejemplos de una comunidad que ha sido históricamente próspera porque ha sido históricamente activa, y no menos filántropa, artífice de muchos hospitales, centros educativos o casas de acogida no sólo para parsis. Pero, entre la historia y la vanguardia, los parsis comparten la baja natalidad y el cosmopolitismo de muchas sociedades de hoy con una condición difícil: si se casan con alguien de otro credo, a su prole, la comunidad no la reconoce parsi. Al menos hasta hoy. Son gente de principios, y lo que los divide ahora es cómo debe leerse hoy eso de no influir, de no mezclarse, que alguien prometió hace más de trece siglos.

     

    —Para los parsis, la disciplina es muy importante: honestidad, integridad y dedicación. Y nuestra postura no está en la religión, sino en aquella promesa. India nos dio la tierra.

     

    La moral zoroastrista es algo sólido y a la vez ligero, se diría fácil de llevar, como un farvahar al cuello. Su síntesis, fraseada como Good words, good deeds, good thoughts” –buenas palabras, buenas acciones, buenos pensamientos–, funciona a modo de refrán y está en boca de todos. En India, hindúes y musulmanes se disputaban el control del territorio ya desde la toma de Sind por los árabes, en el año 711, o las 17 razias de Mahmud de Ghazni entre el 1001 y el 1026. Los parsis sufrieron ataques bajo el Sultanato de Delhi (de 1206 a 1526), e incluso hubieron de esconderse doce años con su fuego en los montes cercanos de Bahrot. En 1526, Babur inauguró el imperio mogol –turco-mongol, islamizado– y, con ellos, la convivencia mejoró. En 1664 y 1667, Surat y Navsari fueron atacadas por el líder máratha hindú Šivāji. Pero con los hindúes, la cercanía era mayor y la relación fue buena. Al fin, bajo mando británico, los parsis fueron parte activa de la administración.

     

    Pero el relato preferido de la convivencia parsi es quizás el que atañe a Akbar, el emperador mogol. Considerado un místico, cuando tomó Surat en 1573 llamó a su encuentro a Meherjirana, sabio de Navsari, para que le describiera sus creencias. La tradición cuenta que Akbar quedó tan complacido que adoptó algunos hábitos parsis. A su vuelta, Meherjirana fue elevado a sacerdote e inició una dinastía.

     

    El hijo de Minoo tira con impaciencia de la camisa de su padre. Antes de que se vayan pregunto a Minoo por su futuro y me responde lo mismo que escuché a otros padres.

     

    —Yo le doy lo mejor. Pero si cuando crezca no estoy en este mundo, él tendrá que decidir.

     

     

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    Udvada (kilómetro 230) queda a sólo cinco de Daman, que fue colonia costera portuguesa hasta 1961, y es el hogar simbólico del fuego que los parsis consagraron al llegar y al que llaman Iranshah, o “Rey de Irán”. De inicio, Udvada es una estación de tren india con largos andenes, una más, situada unos minutos costa adentro, en la línea Mumbai-Delhi. Al salir, un caserón de madera recuerda a las de los pioneros del Oeste. La familia de Sahin Irani, llegada de Persia a finales del XIX, regenta una casa de huéspedes (aloja sin costo a peregrinos parsis) con el nombre de los Wadia, constructores parsis, siempre se dice, de la flota inglesa en Trafalgar. Diez minutos en tuc-tuc llevan a la vieja Udvada.

     

    El primer festival Iranshah Udvada Utsav está por terminar y me cruzo con los últimos de mil parsis que hoy regresan a Mumbai. Algunos volarán desde allí a California, Florida, Canadá o Australia, y Udvada volverá a sus 7.000 habitantes, de los cuales hoy sólo 60, muchos entrados en edad, son parsis. El pueblo regresará a su cápsula del tiempo propia, con colores pastel lavados por los años entre el verde vigoroso de acacias y de mangos. En las calles de otros barrios o en la estrecha franja de playa sucia y sin acondicionar, juegan y pasean niños y jóvenes de mayoría hindú, mientras en el mar Arábigo, lúgubre, revuelto, el sol se pone como debió de hacer ayer, un ayer tan lejano como el de los omeyas, que por esos tiempos despachaban a los visigodos.

     

    Busco el templo y busco un nombre: Dastoorje K. Dastoor, pero las callejas se retuercen en una trama complicada. Jamshid Bhiwandiwala, que es arquitecto, me cuenta que las casas, enormes pero austeras, buscaban confundir al forastero para ganar tiempo si hubiera que huir de nuevo con el fuego a cuestas. Algunas tienen enrejados con símbolos probablemente persas, y tras una cerca baja, un balancín acolchado, un columpio que cuelga del porche. Rode y Nergish Bhadha, dos ancianas, charlan sentadas en ese péndulo que parece marcar el pasar lento del tiempo. Sí, es una casa parsi.

     

    En el suelo, en plena calle, unos centauros barbudos color piedra se dirían arrancados de las ruinas de Persépolis, pero en un almacén cercano encuentro otros apilados y descubro que están hechos de fibra de vidrio. En el Imperio aqueménida (550-331 antes de Cristo), el más extenso habido hasta su fecha, se generalizó el culto que Zaratustra había sintetizado a partir del antiguo mitraísmo, de raíces védicas. La primera religión monoteísta de la historia venera a Ahura Mazda, que se corresponde con el antiguo Ashura hindú y combina siete espíritus. Y la iconografía antigua, adaptada de los asirios por los aqueménidas, da a lo parsi un respaldo atemporal y un aire de humanismo. El llamado Cilindro de Ciro, una piedra tallada con miniaturas que hoy se ve en el Louvre, es para muchos la primera declaración de los derechos universales. Ciro permitió el regreso a los judíos tras su expulsión de Babilonia. Darío dio libertad de culto y el sistema de irrigación del Nilo, cuentan allá, terminó bajo su mando sin mano de obra esclava. Ya en era cristiana, en el siglo III, los reyes sasánidas adoptaron el zoroastrismo como religión de estado. Pero en el siglo VII, tras una rapidísima expansión, el islam se impuso en territorio persa. Y quienes que no se convirtieron ni ocultaron se echaron a la mar, siguieron la costa conocida por sus comerciantes y llegaron a Sanjan, no lejos de Udvada.

     

    El templo actual de Udvada fue donado por los Wadia, la saga de astilleros. La entrada la presiden otros dos protectores alados de piedra, y frente a él viven los Dastoor, familia que heredó la custodia del fuego. Dastoorjee K. ronda los 50 y me recibe en su zaguán, sonriente, vestido con pantalón de lino blanco, su topi en la cabeza, blanco, y su kusti blanco anudado a la cintura sobre una camiseta sin mangas, toda ella blanca salvo un pequeño logo Adidas. Su barba se encamina al blanco.

     

    Al verlo, algunos parsis rezagados se acercan a felicitarle por el éxito del festival.

     

    —Quiero que los parsis puedan disfrutar Udvada junto con su fe. Hacer de Udvada un centro de peregrinación, como tienen todas las comunidades, fue una visión de Modi.

     

    No es raro que Narendra Modi, primer ministro indio, agradezca en público las contribuciones de los parsis a la historia patria. Entre ellos, Dastoorje K. Dastoor encabeza la corriente aperturista.

     

    —Somos una gota en un océano. Y una comunidad vieja, con pocos jóvenes. Hemos pasado de siete hijos a uno o dos, pero no es sólo la vida moderna, sino una característica nuestra: en toda familia parsi hay al menos un soltero. Así que estamos empezando a aceptar a los hijos de sólo padre parsi, y en Estados Unidos han empezado a aceptar a los hijos de sólo madre parsi. Somos muy democráticos y eso depende de cada comunidad.

     

    La visión tradicional no aceptaría eso. Tengo entendido que se parecería a una conversión.

     

    —¡Ah..., hay tantas promesas que hicimos...! Teníamos miedo, éramos refugiados. Nunca hicimos la promesa de que no convertiríamos. Pero es cierto que nunca hemos forzado a nadie a ello. 

     

    De vuelta al tren, me resuenan las palabras altisonantes de una pareja de mediana edad que oí la víspera, ya de noche. Estaban muy decepcionados con el evento y decían que el aquello era un chiringuito para hacer dinero, infundado y populista. Acusaban a Dastoor, efectivamente, de alentar las conversiones modernas, y lo que estaba haciendo, decían, era vender la religión.

     

     

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    Sanjan (kilómetro 180), el lugar del desembarco, ya no tiene puerto. Aparece justo cuando comienza a remitir la pestilencia de Vapi, una ciudad-hormiguero en la que pocos repararían pero que, gracias a su industria química, llegó a constar segunda en un ranking mundial de polución. Mantener impolutos aire, tierra, agua y fuego es básico para los parsis, y la pureza estricta que imponen sus ritos –algo que extienden al entorno– parece una dura prueba en un país como India, donde la basura es parte del paisaje. En el andén espera Igor, un chico serbio. Igor, sus ojos y su barba, son un icono de Zaratustra. Lo conocí días antes en Udvada y entonces me invitó a Sanjan.

     

    A la vera de un arroyo aún libre de la mancha urbana, junto a un camino de tierra, queda el monasterio de Mazdayasnie. No parece tanto un templo como un centro de documentación a medio construir. Meher Master Moos, abogada parsi que ha estudiado en Canadá, ha formado una red paralela de conocimiento con colegas de otras latitudes. Aperturista entre los aperturistas, allí escribe y edita libros que mezclan ecología, astrología y numerología a partir de los textos sagrados del Avesta y los combina con la medicina alternativa. “Promovemos el conocimiento espiritual que pregonaba Zaratustra, su mensaje para el mundo y la humanidad”, me había dicho en Udvada. “La suya es la religión del bien”.

     

    En el zoroastrismo, al individuo se le supone capacitado para guiarse en el camino recto siguiendo su triple mantra. No hay una forma única de rezar, ni un número de veces al día, y aparte de textos y sacerdotes no existe algo parecido a un papa. Su pensamiento, tan antiguo, se ve como ecológico, respetuoso, liberal, y para muchos promueve un orden flexible, amable y positivo que encaja con la vida que buscan hoy. Igor llegó allá mientras preparaba su tesis y se quedó con Master Moos.

     

    “La idea de no permitir uniones mixtas es un pensamiento totalmente antizoroástrico”, había dicho ella. “No está en el Avesta, que busca el bien para toda la humanidad. [Los primeros parsis] lo acataron por la intolerancia del sistema hindú, que no admite mezclarse. ¡Eran la subcasta del sol!”.

     

    Pero Master Moos ha salido hoy, y es Igor quien me presenta a un joven indio que, descartadas las uniones mixtas, sin duda no sería parsi. Pero se ha aprendido los textos sagrados y en unos minutos aparece vestido enteramente de blanco, incluido el tapabocas. Siendo estrictos, ni yo, ni siquiera un zoroastrista no parsi podríamos estar en presencia de aquel fuego. Bajo un gran retrato del profeta, arrodillado, el joven prepara un pequeño fuego en el que va depositando astillas mientras recita con devoción unos versos interminables escritos, memorizados, otra vez, en una lengua ajena y muerta.

     

    En torno al año 1000, Sanjan era un puerto boyante, pero fue saqueado. Hoy el mar retrocedió, el pueblo queda unos kilómetros tierra adentro y hubo que excavar para encontrar vestigios. Pero, frente a las vías, una columna recuerda el desembarco, narrado en Qissa-e Sanjan, la historia oral parsi, puesta por escrito en torno al 1600. En 1920, tres trenes llenos de parsis llegaron desde Bombay y otro desde Surat para inaugurar la estatua. Frente a ella, el encargado del parque, probablemente hindú, prende fuego a los arbustos que no quiere cortar, y Shahrookh Engineer, parsi él, pasea.

     

    —Soy ingeniero. Sin título, pero leído –bromea al presentarse–. Y antes que nada, humano, porque la gente responde que americano, que indio, que musulmán, y se olvida de lo humano.

     

    Engineer, soltero, sin hijos, 55 años, dice que lleva 15 cultivando el alma. Que el matrimonio es sólo sexo, porque amar, sólo se ama a Dios. Lamenta el problema sucesorio y alza la voz para decir “¡surrogación!”, el último método reproductivo al que, así las cosas, han acudido algunos parsis.

     

     

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    A lo largo de los siglos, los parsis se asentaron en otros muchos sitios: al norte de Surat, en puertos comerciales como Khambhat o Bharuch; fuera de Guyarat, en Delhi o en Calcuta, Lahore o Peshawar, Adén, Colombo. Pero ahora doy un salto hasta Mumbai, a la que el comercio de algodón hizo pronto desbancar en importancia a Surat, y de igual forma sucedió entre parsis. Allí viven hoy 45.000 de los 60.000 que se calculan, muchos de ellos en Colaba, el barrio más antiguo, una península con mucho aire colonial en el extremo sur de la ciudad. Hay vecindarios y pastelerías, tiendas y clínicas, templos y bancos parsis. Y también el Bombay Parsi Pancheyat, órgano rector de la comunidad. Allí busco a Khojeste P. Mistree, investigador, respetado sacerdote y defensor de la visión tradicional. Pero no doy con él hasta meses después, en Delhi, en un congreso de expertos mundiales en zoroastrismo en el Museo Nacional de Historia. Me dice que contesta desde su convicción, y preocupado por que vuelvan a citarlo mal.

     

    —Si hablamos de preservar la comunidad, los matrimonios mixtos no son la respuesta. Tenemos probado que si un chico parsi se casa con alguien no parsi la probabilidad de que su hijo se case con parsi es del 1%. Entonces, ese hijo tendrá sólo un 50% de parsi. El suyo, un 25%. El hijo del hijo, un 12% y el siguiente ya nada. En cuatro generaciones la identidad habrá desaparecido. No habrá ni vestidos, ni cultura, ni tradición. Somos muy pocos y no tenemos la libertad para elegir.

     

    Para algunos tradicionalistas, mantener los matrimonios parsi-parsi es respeto a una promesa; para otros, matemática para sobrevivir. Aceptar uniones mixtas sería para ellos su sentencia. En cambio para los aperturistas lo que les llevará a desaparecer será precisamente no aceptarlas.

     

    Mistree hace hincapié en que son parte de Oriente: “En las culturas orientales, cuando una mujer se casa fuera de su comunidad lo hace con toda la cultura del marido. Si es con un hindú, por ejemplo, tiene que celebrar Holi, Divali... Tiene que aceptar el rol, lidiar con la familia política y, si todo va bien, adoptar su religión. Nosotros tenemos esa presión porque hay millones de hindúes. Recuerda, estoy hablando de la tradición oriental”. Y sin embargo, ya desde la India Británica, los parsis estuvieron muy cerca de Occidente. “Yo mismo estoy orgulloso de ello, estudié en Inglaterra, crecí con Beethoven y Mozart”. La educación occidental, dice, les hizo mejores y les ayudó en los negocios. Pero también cree que se han sobreoccidentalizado. “Ahora, algunos parsis escuchan música de Bollywood, visten o comen distinto. Algunas costumbres cambian, pero la nuestra es la religión del equilibrio, y cuando el equilibrio se pierde afecta al corazón de la religión”.

     

    A propósito del equilibrio, aflora la cuestión de género, de no reconocer a los hijos con sólo madre parsis –con padre parsi, algunos grupos lo aceptan–. Entre el crisol de culturas indias hay sociedades matrilineales, como en Arunachal Pradesh o en Kerala, y Mistree lo sabe. “Nuestra tradición es patrilineal, y sólo el tiempo dirá. En términos de educación y de trabajo, los parsis tenemos igualdad, pero no podemos tomar la igualdad desde el punto de vista equivocado. La igualdad es una idea occidental y lo que el zoroastrismo promueve es la compatibilidad, que significa equilibrio, armonía. Esta es la religión del equilibrio. Puede sonar radical, no convencer a muchos, pero como profesor de religión esta es mi opinión meditada”. En Mumbai, caminando hacia las torres del silencio, estuve hablando con una mujer que se reconocía atea, pero parsi. Le pregunté qué le gustaba de los parsis y antes que nada respondió que su sentido de igualdad.

     

    Pero, mientras la comunidad delibera, los tiempos siguen su curso. Y al menos sobre la faz de la tierra, la pureza es una idea cada vez más cara que con asuntos de fe entra en conflicto, y un ejemplo son las torres del silencio. Cuando un parsi muere, su cuerpo es llevado con una serie de rituales estrictos a lo alto de una torre circular, también llamada dakhme, y entregado al hambre de los buitres. En Mumbai hace años que han saltado las alarmas dada a la escasez de buitres, que se creyó causada por los químicos que ingieren en la carne de ganado que rapiñan. Al entrar al nuevo siglo, el problema llevó a la instalación de unos paneles que condensaban los rayos solares para que la carne se descompusiera antes. En Navsari se veían desde fuera de su dakhme y su estado de conservación daba a entender que no se usaban.

     

    —Tenemos el problema de los buitres, sí, aunque han aumentado los cuervos y milanos. Los huesos deben permanecer, pero de esa forma el nasu –la idea de lo impuro, asociado a la materia muerta– tampoco contamina. El sistema funciona. Es muy igualitario, y en lo económico, muy bueno. En el último año, 702 cuerpos han sido consignados a las torres.

     

    Por último, pregunto a Mistree sobre la cremación. Dice que queda totalmente fuera de sus principios porque el nasu contaminaba el fuego, pero que sólo la eligen el 5% de parsis.

     

    —El alma del cremado y de quien lo permite van al infierno. No lo digo yo, lo dicen los textos sagrados. Cuando no hay buitres, la solución preferida es el enterramiento, aunque los restos deben ir en una urna de piedra, como hacen en Teherán. Así, el nasu no escapará y contaminará la tierra.

     

    Pese a lo incierto del futuro, conocí a Amish Desai, odontólogo de 22 años, que se imaginaba casado felizmente con una parsi y a la comunidad le auguraba buenos tiempos. Contacté con parsis liberales, como el escritor Kersi Khambatta, que disfrutaba de “una filosofía sencilla con la que vivir que dice lo que está bien y lo que está mal”. Sin embargo, Khambatta sospechaba que había empezado a sentirse sofocado y restringido por un discurso que, de alguna manera, le decía que ellos eran mejores que otros. Por correo, lamentaba que hubiera “fanáticos racistas” y gente a la que “le encanta decir al resto cómo tienen que vivir”. Aclaraba que él no era ningún experto y que no creía tener la solución al problema de la continuidad. De hecho, le extrañaba que a los judíos, con quienes veía similitudes en bienestar y educación, les iba bien precisamente porque se apegaban a sus ritos. Su correo terminaba así: “Quizás, si vivimos o no sea simplemente algo darwiniano”.

     

     

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    Shernaz Cama me pidió que, si a mi vuelta pasaba por Irán, no dejara de pasar por Yazd. Entender el origen de algunos ritos es más fácil en esta ciudad surgida en el desierto en el siglo V. Aliviada por torres de barro que dejan pasar el aire, rodeada desde antiguo por pozos (qanats), Yazd queda a una hora de llano desolado y aire ardiente del paraje de Chak Chak, un santuario incrustado en una roca donde se oye la versión local de un mito universal: para ocultar a una joven zoroastrista del invasor árabe, sus piedras se abrieron y brotó un agua imposible (hoy apenas reverdece un rincón). Con las ruinas de Persépolis como reclamo universal, Yazd es hoy el centro zoroastrista vivo, y es sede del Atash Behram, el único de los ocho templos principales fuera de India. A las afueras, en lo alto de dos colinas, rodeados por bloques de pisos nuevos y anodinos y mucho más altos que los alminares de mezquitas fabulosas, permanecen dos viejos círculos de piedra, otras dos torres del silencio.

     

    —Se utilizaron hasta los años 60, más o menos –cuenta Shorab, profesor de inglés y zoroastrista. Estamos al pie de esas colinas, en el cementerio en el que enterró a su padre, seguramente como dijo Mistree–. Desde entonces, los cuerpos se sepultan.

     

    Algunas de esas lápidas llevan un farvahar y casi siempre están escritas con grafía árabe. Pero la frase inicial, “descanse en paz”, está en avéstico, y el resto en farsi. “Nuestra vida es como la de cualquier otro iraní”, dice Shorab. “Somos libres para nuestros ritos y bodas. Puedes encontrar a algún joven que se casa fuera, pero es tradición casarse en la comunidad. Los viejos dicen que antes de la Revolución [islámica] era más difícil. Los musulmanes se reían de nosotros y nos insultaban. No sé si por el énfasis en los derechos humanos o por la ONU, ahora se nos respeta más”.

     

    El farvahar, si bien identifica a los zoroastristas, que no profesan la fe verdadera, es símbolo de iranidad, tolerancia y de la riqueza preislámica. Mohsen Emadi, poeta y traductor exiliado, crecido musulmán pero hoy ateo, rescata la facilidad del persa de “dialogar” entre Oriente y Occidente. “La gente no te va a decir nada sobre las viejas creencias”, me había dicho Ashkan, un joven pintor en Isfahán, “pero su inconsciente está en nosotros: respetamos el fuego y el agua”. En Irán, el farvahar se ve en colgantes, pegado en los coches, incluso en la fachada del Banco Nacional.

     

    Pero no es sólo en Irán. En Tayikistán algunos pueblos heredaron hábitos iranios. Allí, mientras la identidad nacional iba tomando forma, el presidente Emomali Rahmon, musulmán como la mayoría de tayikos, recurrió a la tradición pan-persa y, ante la amenaza del integrismo islámico, hiló un discurso en torno a los valores del zoroastrismo, al que incluso llamó la religión tradicional tayika. Richard Foltz, catedrático en Teología en Concordia, Canadá, y autor del ensayo Co-opting the Prophet, cree que este aparente revivir es una idea cultural mucho más que la adopción de una fe, una postura cómoda de asumir para los no religiosos. La misma clase de revisiones se leían entre azeríes –Azerbaiyán se vendía como Land of Fire– o kurdos, sobre todo en torno al PKK. Según Foltz, muchos kurdos habían reclamado sin bases sólidas el zoroastrismo como su vieja religión desde el origen de su lucha, pero ante el islam más integrista, habían empezado a surgir templos, y seguidores en la diáspora en Suecia. Lo borroso de la biografía de Zaratustra se presta bien a ello.

     

    —Todos esos pueblos fueron alguna vez antiguos iranios, están reclamando su tradición y están haciendo enormes esfuerzos por seguir el zoroastrismo –responde por correo Mistree–. Yo no tengo problema con ello en cuanto a que se trata de sus creencias personales, pero hay peligro de que sean usadas como arma política.

     

    Los yazidíes de Irak y Siria mantienen en sus ritos rasgos preislámicos, pero ellos mismos reniegan de Zaratustra. En 2014, en pleno polvorín sirio, un colectivo kurdo les erigió una estatua del profeta y despertó su ira. Foltz ve en ese empeño una unión sentimental, más una reacción política común frente al islam que una confluencia genuina, aunque rescata el aprendizaje de cómo las identidades son algo flexible que se va construyendo en el tiempo. Mohsen Emadi, el poeta, hablaba del proceso de traducción y adaptación como una oportunidad de enriquecer, y lamentaba que algunos mataran a sus dioses “haciéndolos de piedra”.

     

    Mistree recordaba que, pese a que la adhesión al zoroastrismo es libre, un no parsi no puede entrar a un templo o a una ceremonia parsi. Así dice la tradición. Así han sido siempre los templos parsis, cuya última amenaza llega bajo tierra: las tuneladoras del metro de Mumbai. La defensa del respeto a las minorías se ha topado en los tribunales con la del interés común ciudadano, pero el asunto ha vuelto a dividir los parsis. Unos creen que las obras desecarán sus pozos sagrados o invocarán a “fuerzas oscuras”, mientras otros avalan las obras y creen que su fe puede con mucho más que eso.

     

    Shernaz Cama no toma partido frente al dilema sucesorio, pero trata de vivir en estos tiempos. Cree que lo importante es preguntarse qué dejará uno a sus hijos. Además de dirigir ParZor, es madre de un parsi que vive en Reino Unido, y dice: “¿Sabes qué es lo que mantiene unida a la comunidad en el mundo? Lo mejor que ha dado la globalización: internet. En mi idea del desarrollo, la familia, el medio ambiente o el desarrollo mental cuentan. Siempre pierdes algo al tiempo que progresas, pero se debe mantener un balance entre ese progreso y la identidad, porque sin tu identidad, no eres nadie. Si el mundo se cocacoliza, en lugar de ser un mosaico de colores como Oriente siempre ha sido, es cuando los niños temen ir a la escuela con sus ropas típicas por miedo a ser objeto de burla. Quieres encajar en el grupo, y así empiezas a aculturarte, a perder tu lengua, por ejemplo. Y cuando hay un ataque a la cultura propia se genera una respuesta étnica negativa. En cambio, cuando estás cómodo en tu piel no recurres a la violencia. Por eso es importante salvaguardar la herencia”.

     

     

     

     

    Pablo Zulaica Parra nació en Vitoria-Gasteiz, País Vasco, España en 1982. Expublicista a tiempo completo, se convirtió al periodismo narrativo y a la crónica de viajes, profesión que ejerce como independiente y compagina con algo de publicidad y con charlas sobre redacción e imagen, una extensión de su proyecto callejero Acentos Perdidos. Viaja cuanto puede, y si por él fuera lo haría siempre en tren, en bicicleta o a pie. Antes de echar raíces en Ciudad de México en 2007 vivió en España, Holanda y Argentina. Ha publicado en prensa de varios países. También ha firmado el cuento Los acentos perdidos (Lumen, 2010) y un relato en la antología viajera Inquietos Vascones (Desnivel, 2013). En FronteraD ha publicado La gran pataleta de Patricia Almeida, Patotis Alquimpac, indígena mexicana. En Twitter: @acentosperdidos

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