Baelo Claudia. Apuntes de playa y terremoto

Miguel Ángel Hernández Saavedra

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¡Oh Señor, Señor, que inclinaste los cielos y bajaste; tocaste los montes y echaron humo!

San Agustín

 

 

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La magnificencia de las ruinas es el presupuesto de la melancolía, así en la piedra como en el ánimo. Recorrido circular, intempestivo. El dato no arruina la perennidad de lo vivido. En toda apuesta decisiva se juega la eternidad, una modalidad del espíritu. El resultado es el propio círculo: obtienes lo que juegas, recuperas lo que pierdes. Alegría. Lo último, la ruina, es lo primero. Magnificente es la supervivencia de la piedra en la especie, de la especie en la piedra. Lujo es la columna devastada, posibilidad de construir un recuerdo. (“Sométete por entero a tu mejor momento, a tu más grande recuerdo. Es a él a quien hay que reconocer como rey del tiempo”, escribe Paul Valéry). Nadie se tomará la molestia de añorar lo que ha sido objeto de una destrucción perfecta, de la que no queda huella ni rastro. La historia es a la belleza de las piedras lo que la psicología a la rareza de nuestros estados: una manera de combatir la melancolía, de homenajearla también, convirtiendo el presupuesto en producto y la pérdida en recompensa.

 

 

2

 

Contemplados a distancia, los restos exhiben la conjunción ruinosa que permite su evaluación (histórica) o su recreación (literaria). Lo mismo sucede con los restos psicológicos de una existencia anterior, entendidos como etapas o estadios. La transformación de la vida antigua en objeto museístico corresponde, según esta analogía, al final de un capítulo que hace del fracaso una experiencia edificante. La historia es la psicología de los optimistas, cuyas esperanzas se alimentan del pasado en cuestión. Lo mastican, lo tragan, lo expulsan muy ordenadamente. Lo regurgitan a voluntad. En el cruce de sus calles principales, pasado y futuro, duerme el vagabundo: el alacrán de la tristeza y su antídoto, la alacridad. No es objeto de atención. No está sujeto a compasión. De hecho no es un objeto, aunque algo tiene de cosa inerte. Es el presupuesto, el principio (arkhé). Melancolía. El peligro que subyace al complejo arqueológico: la simplicidad turbulenta del animal histórico. O el aguijón que nos amamanta.

 

 

3

 

Los visitantes se informan en las pantallas antes de iniciar el recorrido por las ruinas de la floreciente ciudad, otrora, esplendorosa hoy a la luz del verano. El no-extranjero accede gratuitamente. Eso explica la baja afluencia de visitantes (la necia confusión: si no cuesta dinero, carece de importancia), así como la precariedad de los trabajadores del tiempo: historiadores, restauradores, conservadores, arqueólogos. Muchos bañistas aparcan sus coches dentro del recinto del museo para así librarse de las colas un poco más abajo, en la playa de Bolonia. Son diez minutos hasta alcanzar la orilla y alguno más después, a la vuelta y cuesta arriba. Por la noche, el teatro abrirá sus puertas. Quinientas personas aplaudirán al bailaor que se ha disfrazado de Dionisos, ha transformado su amargura en mohín prerrafaelista, detallista, coloreado, primitivo y mimético, para acabar arteramente, consciente de las distancias infranqueables, taconeando al son de una cuadrilla flamenca. ¡Qué lejos está Grecia! Los caminos romanos se llenan de salteadores y filólogos repentinos. Nos cuesta contemplar el mismo cielo de entonces, la noche sin variación. Los restos claman justicia en la oscuridad, aprovechan el calor del último cuerpo que abandona el teatro. ¿Qué pedís, sombras? ¿El reconocimiento de que vuestro mundo de apariencias está admirablemente atenido a su origen y a su catástrofe? Las eternidades de la ciudad no son muy exigentes, aspiran a la inteligencia –por nuestra parte– de que su tiempo pasó. A la conservación de las huellas que dejaron los instantes o que los instantes son. ¿Eternidades? Autoridades en salazón.

 

 

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Los escritores mañaneros sufrimos cuando nos da por escribir al final del día, agotada la tarde sobre un jergón de luz, que empequeñece despacio. Escribir de noche, bajo la oscura sangre, es abocarnos a la muerte, aun con la esperanza de que la escritura nos conduzca al amanecer, atravesando el galicinio. Es así que hemos muerto y resucitado alguna vez. Sucede con Baelo Claudia antes de eternizarse, convertida en resto de sí misma: ensueño mineral, recinto de huellas, instante que modula la ruina. Con el alba, los accidentes de la ciudad, las alegrías y las tristezas, sus privilegios y sus servidumbres, los amores y los crímenes adquieren un aspecto poético y delicadamente sustancial. Da igual que la sustancia no lo sea al modo preconcebido por los entendimientos antiguos, que también subsisten. El tiempo es la fosa común; el espacio es la leyenda. Nada importa que de vuestros nombres quede el vacío. Aquí está el rosicler para haceros justicia, hombres y mujeres, niños, muchachas de Baelo Claudia. Por el rostro del emperador se desliza una lágrima. Es el rocío de la noche en la piedra. Una legión de pesadillas atravesó la frente de los niños, de los viejos y de los elegidos en nombre de la confiada muchedumbre; hicisteis el amor, algunos os derramasteis en la soledad de vuestro tacto y casi todos habéis despertado… Decidme cuál es el canto y cómo ha de sonar, tras la algarabía, vuestro silencio. ¿Dónde quedó esta noche? Aquí permanecemos nosotros, aficionados a las sombras, para daros memoria en la humana estancia. La historia es una mezcla de crónica y poesía; cuando el tono lírico desaparece, se hace pasar por ciencia.

 

 

5

 

No se trata de vuestras costumbres, de vuestros ritos. Menos aún de vuestros ordenamientos y resoluciones pragmáticas. Se trata del vagabundo. Figura de cuento. Recurrencia narrativa, un donnadie. ¿Fue él quien escuchó antes que otros, he ahí su don, el fragor de la tierra? Tal vez escapó. Lo han visto en otra ciudad, aseguran. Quienes lo consideran el mensajero de la muerte se equivocan. Es el mensajero de la vida. Bajo su lengua está escrito: lo que empieza, acaba. ¡Qué buen día! Se alinean los sueños con las vigilias, el amor con el terror, la pesadumbre con la satisfacción, el privilegio con la penuria. No es un sabio ni un profeta. El vagabundo no es el cínico que se exhibe en la plaza, sabedor de que el pudor de los cuerpos reproduce las prohibiciones del ágora, ni el asceta que aún no ha encontrado a quienes, como él, estén dispuestos a construir una comunidad aparte, un cenobio en el que militarizar sus soledades de acuerdo con un conjunto de reglas breves, para que la espuma de los días se avenga al trabajo y a la oración. Y a la lectura en voz baja. Ignora que la sindéresis es una virtud y que el futuro solamente existe a falta de predicción. Entre lo eterno y lo perenne la diferencia está en el tono, ruina de la semántica: lo que resta, lo que templa. Lo que seduce sin posibilidad de correspondencia. La pesadilla del orden (genitivo subjetivo), obsesión del paterfamilias. A falta de hogar, el vagabundo se salva; no tiene mamacita a la que perdonar, de la que mamar y a la que exponer en la vitrina que reúne sus cúmulos, a modo de familiares apariencias. Apuesta el cuerpo, toda su hacienda.

 

 

6

 

A las nueve de la mañana lo muy interesante se ha cubierto de moho, empieza su deslizamiento hacia lo banal. Los personajes despabilan, toman el pulso al reinicio de sus vidas. Después, cuando los ruidos se apoderan de las calles, los filósofos y sermoneadores definirán la esencia de una cabeza bien amueblada, la suya. En la ensenada de Bolonia, entretanto, en temporada alta, la retención de vehículos comienza un poco más tarde. A las once no hay quien acceda. A lo largo de sus tres mil ochocientos metros, la playa se llena de gentes muy bien escogidas por algún demonio. ¡Que los elegidos no aporten nada al misterio de la humanidad contemporánea! Se les reconoce por la precisión con que sitúan sus pertenencias en línea con la muerte de la espuma de la última ola. No lucen muchos pechos femeninos bajo el sol de la ensenada; las mujeres no aceptan el precio de la mirada torva. (Son tiempos de involución –dice una anciana–). Humanidad de un sueño lelo, obra de un censor que impone su mal gusto para solazarse. (Ya no hacen falta dictadores, cada antigua persona lo es –murmura la vieja–). Arriba, Baelo Claudia los contempla: hombres, mujeres, raquetas, pelotas, garum de las vísceras menos enjundiosas. El azul no es azul, es glauco. Glauco es nuestro mar, que nos engullirá deprisa, venerándose despacio. Ciertas cosas se bastan a sí mismas para darse homenaje: son los tremendos elementos que conforman conjuntos de cantidades innombrables. Fenómenos en vez de cosas. Pero ahora, aquí, nadie lo sospecha. El tiempo está en horas bajas. El espacio lo sabe y se pone chulo, se regodea.

 

 

7

 

En la lápida recientemente descubierta, leemos: “Para los dioses Manes de Junia Rufina, hija de Marco”. Conserva las interpunciones, los puntos entre las letras. La sociedad hispanorromana puso a “La Mujer” en el sitio que le corresponde, a la entrada de la ciudad –declara un descendiente de Sila–. ¡Tribunos! ¡Por tontos nos tomáis! Junia no era una mujer cualquiera. Ninguna mujer cualquiera y ningún hombre cualquiera, por el simple hecho de serlo, como decís ahora, ocuparán la puerta principal. La hija de Marco no es otra ni otro. (El Otro es el trajín de Trajano, ora filantrópico, ora genocida; el Otro son los otros bajo la mirada que gobierna). En las orillas, ejércitos inermes juegan a las palas; mil niños construyen pequeños bloques de arena. De repente, sucede; no se sabía qué era lo que a lo lejos se avistaba. Echan a correr o desfallecen en la orilla. Encalla la felicísima cotidianidad de la mañana. El mármol se transforma en ébano. Es la tarifa del estrecho, la realidad facturada. Cuadrigas y ambulancias, centones de almas, retales negros provenientes del Sáhara; centuriones, sirenas y almadrabas. Descienden de la patera: hedores, caridades, corazones, pestes. La historia se repliega. El miedo de la plebe es miedo a la plebe en la garganta del patricio que echa cuentas. Las diferencias se identifican y se aglutinan. Un ojo rodeado de costras contempla los pezones enhiestos de la que nunca será su mujer, ganchos afilados en la rueda de la fortuna. Sorbe a distancia su chorro de Vía Láctea. Se masturba con el ojo solo, se fascina.

 

 

8

 

El vagabundo bosteza, hoy despierta muy tarde. El ruido de las calles no ha perturbado su sueño. Alojado a la intemperie del cruce, entre el decumanus y el cardo maximus, a los pies del foro, suele estar levantado a eso de las siete. Probablemente desconoce el sentido de las letras, pero describe para sí mismo, descubriéndose entre las voces de las gentes, el mercadeo y el tufo a salazón que emergen con el día. Da unos pasos al este, luego al norte. Se cuela en alguna taberna. Es hábil con las manos; fabrica muñecos con cualquier material, especialmente piedras. Los regala a los niños que no han dormido bien. Nunca pisa las termas ni entabla conversación mientras defeca. Ocupa su puesto, lo respetan. No es un bárbaro sino la amable representación de una pobreza pacífica, inocua y orgullosa, sin llegar a lo servil; por eso lo respetan. Mira al cielo… Hoy pasa algo, va a pasar. Como si la noche permaneciera anclada. Renuncia a lavarse la cara con el agua fresca de la fuente. No es un pordiosero. (Esa expresión no se ha inventado aún). Dios sigue siendo un racimo de pluralidades, una invitación a lo exótico. Se atisba el Nuevo, tan antiguo. ¿Ya recorre las calles? ¡Por Dios, por Dios! Acaricia la coronilla de una niña triste y bonita. Acecha la mala espina. Las gentes creen que es de día porque luce el Sol. Hablan, negocian, ríen, desprecian; calculan la probabilidad de que un gran recuerdo les haga sentir dioses, hombres a la altura del mediodía. Porque se saben invictos, se creen invencibles.

 

9

 

Entre los objetos exhibidos dentro de las urnas, los muñecos llenan de asombro a algunos espectadores que los prefieren a las magníficas estatuas mutiladas. ¿Son los fantasmas de los niños que jugaron con ellos? Que nos sobreviva un jarrón no tiene importancia. Aceptamos que los útiles se cobren esa pequeña venganza y sean exhibidos como joyas en una colección. Son el continente de lo perecedero. La dignidad del ser humano está muy por encima de esa perdurabilidad inane. Así lo creen los que hablan de la dignidad como siendo un concepto, un salvoconducto o la miel en los labios de un asno inmutable, creado a imagen y semejanza del Gran Caballo. En cambio: que nos sobrevivan los muñecos es síntoma de un horror cósmico, materializado en la mirada triste del objeto. El muñeco es la representación dulce y feroz de la melancolía, nos recuerda lo que la infancia pudo concebir sin palabras –el niño antes del niño– y expresar por medio del llanto, pero también del esbozo de una sonrisa: la perplejidad ante el hecho de ser. No esa “admiración” de la que, dicen, nace la filosofía (por qué hay algo en vez de nada), sino la perplejidad carente de sentido, porque el lenguaje no la ha expresado aún de acuerdo con su medida, de que ¡heme aquí! Como un betilo caído del cielo, reino mineral que subyace a la república de la vida, el pequeño meteorito antropomorfo nos recuerda que habremos vivido.

 

 

10

 

La ola. El fragor de la tierra y del agua. El aire irrespirable. El fuego, las mil mordeduras de una estrella. La playa ha sido arrasada. La basílica, destruida. La jugada se repite, se reúnen las diferencias. El vagabundo hace una señal al ocupante del último barco que no ha sido engullido por las olas. Es un muñeco, el capitán. (Buscarán refugio en otro puerto). El cielo está conturbado. Se ha creado un yacimiento. Pomadas, toallas, sombrillas. Bocas abiertas, barrigas hinchadas. Estertores de medusas, cumplido el mediodía. Finalmente, un revuelo moribundo de peces y algas. En homenaje a la ciudad muerta y agasajada, Baelo Claudia suspira aliviada: esta legión no será el último testigo de su huella. Las ruinas siguen en pie, reconocen el rugido de la tierra. Las columnas respiran; el viejo tajo las liberó de su compromiso con la historia. Ya murieron una vez, ya se eternizó la huella. Con la segunda sacudida, de nuevo todo se mezcla: las trivialidades del mercado, las retóricas de la plaza. Las autoridades se hacen cruces; los tribunos exponen su consternación según los modelos regios a los que deben respeto, imitación y obediencia. ¡He aquí el marco perfecto para una destrucción azulada! Glauca. Entre el cielo, el mar y la piedra.

 

El museo cierra sus puertas.

 

 

 

 

 

Miguel Ángel Hernández Saavedra (Madrid, 1969) es doctor en filosofía y profesor. Amigo del tono que aún se asocia a una práctica aristocrática (teórica) y a la vez ruinosa (arqueológica) de la escritura, en FronteraD ha publicado y La escritura del paraíso. Reflexiones tartamudas sobre un mito y el rito de la escritura y Ahora y en la hora. El tiempo de la escritura está por debajo de la tela.

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