Foto: Eduardo Madrigal

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    Un McDonald’s en Auschwitz

    Pablo Francescutti - 03-05-2019

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    Oświęcim. Día 26 de enero, sigue siendo Navidad. Varias chicas posan tras un palo selfie. A su lado, un chico se queja, se ha quedado sin batería: quiere subir a la red social una foto igual a la que están sacando las chicas. Todos ellos están entrando en la que fuera una cámara de gas en Auschwitz. Día 27, día siguiente y hace un año. La primera ministra de Polonia, Beata Szydlo, junto a 60 supervivientes, conmemora esa herida que no se debe olvidar. Para recordarlo, más de dos millones de personas llegan cada año, visitas divididas entre los muchísimos guías y con el tiempo cuidadosamente administrado.

     

    Varsovia, unas semanas atrás y 72 años después. Mientras en Inglaterra se recrudecen las agresiones a la numerosa comunidad polaca tras el Brexit, en las heladas calles de Varsovia se escucha hablar castellano gracias al programa más representativo de la Unión Europea, el Erasmus. Esa –una– noche, un par de jóvenes españoles bebían soplica –vodka polaco– en un local cuando entraron varios neonazis. Sin mediar palabra, comenzaron los golpes. Los estudiantes, sin saber de qué iba el asunto, atestiguaron como nadie del local frenaba ese error. La paliza continuaba, alguno incluso aplaudía y, a duras penas y gracias al miedo, escaparon y se metieron directos en un taxi. Salvados. Hasta que el taxista les echó, los hombres salían, la paliza continuó... Cuando la policía llegó todo estaba ya disuelto, así que lo primero que hicieron fue un control de alcoholemia... a los dos jóvenes.

     

    Las enormes calles y plazas de Varsovia inundan la ciudad de vacío; parece que el único habitante son los centímetros de nieves de las decenas de parques. Su centro es pivotado hacia el cielo por los 237 metros del que fuera Palacio de Iósif Stalin de Cultura y Ciencia, y a su alrededor se erigen el resto de edificios, altos y básicos, que coronaron sus cimas con enormes carteles de Coca-Cola. Son la bandera de quién consiguió su victoria en los 90, pero que la fraguó, tal vez, en los años 70 en el puesto avanzado que era Berlín, cuyas luces de neón reflectaban al otro lado del muro, acompañado del novedoso, extraño techno. El otro lado, Varsovia, se tentaba a descubrir qué eran esos sonidos y esas extrañas luces que de allí salían. Berlín.

     

    Polonia es un país dramático. Su pasado fue troceado por las potencias vecinas: 1772, 1793, 1915... En 1939, Fortuny era un judío polaco más. Tenía familia, amigos y un trabajo, pero eso le daba igual a la historia de Polonia. Volvía, otra vez, a ser repartida por las potencias vecinas. El ejército nazi entraba por el oeste. Fortuny corrió, no a tiempo; terminó en un campo de concentración. ¿Qué sitio era ése? ¿cuál era su nombre? En Auschwitz sabían que llega un momento en el que la muerte no es la peor decisión. Si alguien intentaba escapar exitosamente condenaba a sus compañeros de barracón al fusilamiento. Por suerte, Fortuny no estaba en Auschwitz. Escapó y no condenó a nadie. Corrió hacia el este, como al principio, y se encontró con la URSS. Otro campo de concentración, era cuestión de historia, de destino. Intentó escapar de nuevo, a pesar de que tentar dos veces a la suerte es pedirle demasiado a Dios. Por lo que fuera, escapó.

     

    El ejército nazi fue derrotado, el socialismo se instauró en Polonia y el Palacio Iósif Stalin construido. El país se movió hacia el oeste. Literalmente. Al oeste, los territorios alemanes hasta Óder-Neisse serían Polonia. Al este, Bielorrusia y Lituania. Todo ello gracias al trabajo de la Oficina Estatal de Repatriación y del polaco que nada podía decir y decidir sobre su vida. Y así la vida continuó, sin preguntar. En los 70 llegó la instauración del techno en Berlín, siendo los 80 Lech Walesa creaba el sindicato cristiano Solidaridad. Victoria fraguada en los 90, el Muro caía, el Palacio de Iósif Stalin fue renombrado y su lugar ocupado por la Unión Europea. Pero las luces de neón de ese Berlín de los 70 y 80 no dejaron un presente de luz, los destellos del mercado único europeo no mejoraron las condiciones de vida en el frío de Varsovia. En 2004 el desempleo llegaba al 20%. Poco antes, dos gemelos que rompían con el Sindicato comenzaban a ser parte de la historia. Lech y Jaroslaw Kaczynski y su nuevo partido, el nacionalista Ley y Justicia. Eslavos católicos. En solo cinco años se convirtieron en los primeros gemelos presidente y primer ministro, gracias a un creciente autoritarismo y a una xenofobia revanchista. A fin de cuentas, los polacos habían tenido que escapar de dos campos de concentración. Hasta que la muerte los paró. En 2010, Lech –presidente– se dirigía en avión a conmemorar la masacre de Katyn perpetrada por la URSS cuando su avión se estrelló. El desastre de Smolensk dejó 96 muertos. Polonia es un país dramático. El cielo que se cae sobre nuestras cabezas.

     

    Polonia alberga el horror de la humanidad. Pudo ser Hiroshima, Ruanda o Bosnia, pero quien salió elegido fue Auschwitz-Birkenau, quien hizo dudar en Frankfurt sobre la ilustración, el progreso técnico, la fe en la ciencia y el humanismo: hubo un ser, una vez, parecido al ser humano, que fue arrojado al mundo. Fue consciente de sí mismo, y encontró las respuestas en las estrellas y en la agricultura. Entre cielo y tierra, empezó a manejar herramientas. Fue creando un método, lo llamó ciencia. Y según más creaba, menos miraba al cielo. Iba progresando. Pronto, los mitos fueron desterrados, todo fue destinado a la razón. Pero el 27 de enero de 1945 ese ser descubrió Auschwitz. Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie, sintió Theodor Adorno desde Frankfurt. Dichos intelectuales huyeron a los Estados Unidos. No todos, Walter Benjamin intentaba cruzar la frontera el mismo día de su cierre. Entre morfina, intentado olvidar el horror, se suicidó. Los que llegaron a destino siguieron estudiando la comunicación, preguntándose cómo era posible convencer a una nación entera para crear Auschwitz. En las barracas siguen colgadas las fotos de los prisioneros con el tiempo que malvivieron en el campo. Un año, hasta su muerte. Dos años, muerto el día previo a la liberación del campo. Cinco meses. Dos días. También se encuentra la foto del cura que pidió cambiar su lugar por un joven ya condenado a muerte. Negando su razón, su lógica humana. En solo 20 minutos, gracias a la ciencia, miles de personas murieron; entre ellos, el cura. Racionalmente asesinado. El chico sobrevivió, vivió durante largos años. También está la foto del hombre sin historia, pero cuyos ojos legaron la mayor de las enterezas. Ojalá vivas tiempos interesantes, dice la maldición china. A fin de cuentas, ese ser-arrojado-al-mundo se movía en grupo: luchaba con otros grupos. Si el ser era altruista, las posibilidades de vencer de su grupo aumentaban. En la lucha y la violencia creció la empatía. El ser humano aún no se ha librado de su condena.

     

    Los nazis sabían que la radio daba forma a su causa, así como la imprenta se la dio a la Reforma, Adorno y Horkheimer. Como el ser-arrojado-al-mundo no tenía ya más cielo, tuvo miedo. Entonces encontró la causa, dijo Erich Fromm. Un sentido. Tras la radio, los intelectuales de Frankfurt se encontraron en Norteamérica la publicidad y la televisión que hacían del mundo una aldea global, lejos de la Europa destruida. La tecnología militar desarrolló internet. El cine instauró el voyeurismo aceptado, las redes sociales trajeron de vuelta a Narciso: si antes la esfera pública era el decoro en la plaza del pueblo, ahora son las experiencias mostradas en las redes sociales. Y esas chicas se sacan un selfie en Auschwitz, en el mismo sitio en el que se sacaría otra foto la expresidenta Beata Szydlo conmemorando el reflejo de lo real. Y con la “Mcdonalización del mundo”, el payaso multinacional construyó una sucursal cerca del lugar de dicha foto. A apenas distancia, un McMenú salva a los visitantes del hambre tras la visita administrada de varias horas. Disgustados, Adorno y otros intelectuales de Frankfurt tuvieron que volver a Europa, no habían encontrado la salvación al otro lado del Atlántico, como Polonia tampoco hizo. La sociedad capitalista postindustrial encadena al hombre –y a la mujer– a una serie de necesidades artificiales, dijo. La neoesclavitud, lo llamó. Ulises se ató ante las sirenas. Ulises, el cura.

     

    La muerte del hermano Lech frenó el revanchismo de Ley y Justicia que rechaza lo neo. Jaroslaw apuntaba sin pruebas hacia una conspiración del Kremlin. Pero sus emociones no podrían ante un liberal de orden como Donald Tusk, y sus aspiraciones de regreso a los orígenes verdaderamente polacos tendrían que esperar. Aspiraciones a un sentido de vivir, un sentido extirpado por la razón que los condenó y los mató. En 2014 Tusk decidiría irse a la Europa del Oeste y ocupar el puesto de presidente del Consejo Europeo. Sin él, la oportunidad volvía. Jaroslaw Kaczynski ganó las elecciones con Beata Szydlo en los carteles para primera ministra. Ella, la cara amable, lleva en su herencia familiar la tradición de los mineros. Esta industria se dice en extinción en el Occidente postfordista donde las grandes fábricas se cambiaron por subcontratas. Muchos de los mineros polacos saben que su final está cerca, la eficiencia tecnológica de la globalización es Mcdonald’s y no la mina –por eso se rebelaron. Una de sus primeras medidas fue la implantación de un, en realidad tímido, bono social. Pero comenzaban las reformas. La vuelta.

     

    Otra noche, en la planta de abajo de una discoteca de Varsovia, medio grupo de polacos gurales –montañeses del sur– enseñaban a varios españoles las maravillas del sur de Polonia. Sus trajes regionales, su música, la cultura. Zakopane, un pueblo entre montañas hermoso. En la planta de arriba, sin saber lo que estaba ocurriendo, las otras dos mitades de ambos grupos estaban apunto de pegarse. Cuando Jaroslaw Kaczynski, ya en el poder, alertó de que los refugiados llevarían cólera y disentería a Polonia, elegía estar en la planta de arriba.

     

    Fuera de las discotecas, las calles de Varsovia padecen un problema de alcoholemia. Numerosos hombres beben hasta desplomarse en el suelo, sin que seguratas o viandantes muestren el más mínimo reparo. Dentro de los clubs, lo extraño sería que no hubiera ningún comportamiento cercano –cuando menos– al acoso. Y mientras en los semáforos instalan cámaras para que los viandantes no crucen en rojo –¿?– los policías se dedican al noble oficio de ser sobornados por jóvenes que beben en las calles o en accidentes de tráfico –como si fuera un impuesto más. Una de las medidas del gobierno es darle más competencias a la policía. Siguen reformas.

     

    Varsovia –la última capital– está ensombrecida por el casco antiguo de Cracovia –la capital medieval–, cinco horas al sur. Allí, varias cantinas de la época de la República Popular sirven sopa mientras mantienen su legado. Dos horas más por la carretera y se llega a Zakopane, ese pueblo del sur donde se juntan numerosas naciones para practicar esquí. Se alojan en imponentes casas construidas al estilo, de madera con base de piedra. Sigue siendo Navidad y en Zakopane venden su especialidad, queso ahumado llamado oscypek. Está lo suficiente al sur como para vivir de la nieve tranquila, pues apenas llega la política, los ecos del gobierno que rechaza a los refugiados, intenta ilegalizar el aborto o borrar el legado de su ventana al mundo, Ryszard Kapuscinski.

     

    ¿Celebraremos la Navidad en 20 años? Se sienten atacados los afines a Ley y Justicia, en retroceso, derrotados, como todos se sienten. Seguía siendo Navidad y Polonia es un país católico. Tanto que, por si acaso, el presidente coronó a Jesucristo “rey de Polonia” –pero a Jesús nadie le preguntó si ya tenía demasiadas funciones. Con el muro, los obreros polacos se lanzaron a la huelga. Con su caída, sus pertenencias fueron malvendidas. La Polonia que se pretende recuperar fue dividida en 1831, sus gentes marcharon al oeste en lo que pasó a la historia como Gran Emigración. En los trece años de Unión Europea, los polacos vieron la historia repetida una vez más, migrando más de dos millones de compatriotas. Era, Polonia, la República de las dos Naciones. Era un imperio, frente a modernos microestados de Europa del Este, un imperio que surgía y se contraía sin fin, como Prometeo. Que ahora Polonia sea un estado-nación y no un imperio supone una cosa: que en Polonia vivan los polacos. Y es que son casi el 99% del total de la población, uno de los países más homogéneos de Europa. Y de la Polonia que se quiere recuperar, poco queda, si alguna vez existió.

     

    Las luces de neón que llegaron desde la discoteca Sound en Berlín no iluminaron las calles de Varsovia. La modernidad era esto, y en vez de grandes luces, para llegar al Luzztro en la capital polaca hay que bajar por unas escaleras oscuras. Dentro, los sintetizadores convierten los sonidos en samples, los samples en loops. El sitio está abarrotado, un hombre gigante reparte diversas y variadas drogas en la subplanta. A primera vista no parece haber rastro del machismo que, afuera, impregnaba las calles. Tras unas escaleras ascendentes aparece una semiplanta con una sala sin luces, con sofás a los lados. En silencio, dos decenas de personas se meten en silencio. Con el mismo frío que había, afuera, en las grandes calles. Son las personas que no se enfrentaron al gobierno cuando repuso a los magistrados del Tribunal Constitucional, tal vez porque ya se habían visto obligados a bajar las escaleras. Sin jueces, los cambios llegarán. Un año más tarde, ni si quiera el apoyo popular del que goza Beata Szydlo aguantó el ritmo imparable, depuesta por Kaczynski.

     

    Por qué, se preguntaban los judíos, gitanos, homosexuales y comunistas que llegaban a un bosque, cerca de un pueblo que no conocían, Oświęcim. Qué era Auschwitz. Por qué había gente que fichaba antes de entrar a trabajar, como un trabajo más. Impotencia. Por qué, se pregunta el homosexual polaco ahora. En Auschwitz, las decenas de guías repiten dramáticamente lo que diariamente dicen, y varios españoles ríen –el grupo solo era de españoles. Por eso, dice Alberto Ruiz de Samaniego, nuestra sociedad se parece al Egipto de los faraones: vivir para dejar muestra de que hemos vivido, sea en memoriales o fotos selfie. Pero que de las fotos no se aprende historia, lo están poniendo a prueba unos descendientes en Gaza. Mientras, 72 años después, en ese pueblo, Oświęcim, hay un McDonald’s.

     

     

     

     

    Pablo Francescutti (Rosario, Argentina, 1961) es periodista y profesor universitario en Madrid. Ha colaborado con los diarios El Sol, Diario 16, El País, La Razón, Soitu y El Mundo, además de publicar libros de sociología del cinefuturismoliteratura, y pequeños ensayos sobre FrankensteinHitchcocklos zombies o el secreto. En FronteraD ha publicado El cambio climático acorrala al abominable hombre de las nievesLa Academia. Nazis en Madrid y La aventura anticolonial: Corto Maltés cumple cincuenta años.

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