La mano de Ferlosio sobre su cachaba. 2005.

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    Rafael Sánchez Ferlosio era Alfanhuí

    Texto: Alfonso Armada | Fotos: Corina Arranz - 05-07-2019

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    “Con un picorcillo acre y doloroso, abrió Alfanhuí los ojos a la ceguera”

    Rafael Sánchez Ferlosio, Industrias y andanzas de Alfanhuí

     

     

    Si se pudiera impugnar

    al gran herrero del tiempo

    volvería a ser yo menos malo

    y esperaría a Rafael

    a la puerta del número 40

    de la calle de Miguel Yuste

    para sentarnos

    y pasar horas innumerables

    ante aquellas viejas pantallas de letras verdes

    como la ciencia ficción

    Atex donde empezamos a vislumbrar el futuro

    y a dejarnos comer los ojos por él

    y repasar

    cada una de las palabras

    que del papel volandero de los periódicos,

    por él siempre tan queridos,

    iba a engrosar

    un libro de tapas blancas y blandas

    como obleas, que por naturaleza,

    y antes de ninguna consagración,

    son laicas,

    y que habrían de ponerse sepia, gris,

    que serían

    La homilía del ratón

    y que en su frontispicio

    atesora

    una de las más hermosas,

    y conmovedoras,

    dedicatorias

    de las letras españolas:

     

    “A la memoria

    de quien más he querido en este mundo,

    Marta Sánchez Martín,

    que tantas veces metió baza en estas páginas,

    con su palabra aguda y redicha

    como una campanita de convento,

    que, a despecho del mundo,

    todavía me sonaba a amanecer”.

     

    Fue entonces

    corría

    (no es una forma de hablar)

    el año 1985

    cuando empecé a quererle.

     

    Como siempre cultivé

    la cautela del cobarde

    nunca quise tener hijos

    y por eso nunca sabré

    cómo se resiste

    cómo se remonta

    el curso de la vida

    cuando se pierde

    primero un hijo

    de siete meses

    más tarde una hija

    de veintinueve años…

     

    Fue gracias a ella

    que Rafael dejó la caza

    que tanto le gustaba:

    “perdices, conejos, patos,

    fochas, tórtolas,

    becadas, zorros”,

    como anota,

    implacable,

    su biógrafo.

    Cuando Marta le preguntó

    qué mal le habían hecho

    esos animalitos,

    Rafael colgó la escopeta para siempre.

    Como acabaría dejando

    de ir a los toros,

    “no por compasión de los animales,

    sino por vergüenza de los hombres”.

     

    A su pesar

    como tantos otros

    caí deslumbrado por un río

    que al contar un país y una época

    me contaba

    y no he dejado después

    de buscar ese Jarama

    en otros ríos,

    en otras palabras,

    con menos fortuna.

    Pero aquella fama

    de un Nadal

    que no había empezado

    como casi todos los premios

    a envilecerse

    y de lo que supone

    tantas veces en España

    la vida literaria

    le hizo apartarse

    para no tener que interpretar

    el “grotesco papelón del literato”.

     

    En el zurrón de Alfanhuí

    viajan revueltos

    como su pelo

    Kafka y Leopardi,

    la hondura

    y el falso prestigio de la profundidad,

    la paradoja, el resuello y el campo,

    los animales, la palabra,

    la gramática,

    devanarse los sesos, la pena,

    los niños, la ternura, la humildad rabiosa,

    la oscuridad, la bondad y el desaliño.

    La amistad.

    La máquina de escribir, y el tren.

     

    Detesto el deporte

    y las penosas fiestas populares

    casi tanto como él,

    y como él la guerra, la patria,

    el nacionalismo, el lugar común, la pompa,

    la publicidad, las apariencias, los majaderos

    y la tuna…

    y aunque gracias a Demetria

    logré que una vez me concediera una,

    en papel cuadriculado

    DIN A-3 de su puña y letra

    que conservo como oro en paño

    aunque no sé dónde,

    comprendo y comparto su desdén por las entrevistas,

    porque no es fácil

    comunicarse con nadie

    porque no es fácil

    estar de verdad con alguien.

     

    Como Simone Weil

    tenía Rafael algo de santo

    aunque sé que le disgustaría

    tratamiento tal,

    pero es que austero

    desdeñoso de atuendos y afeites

    llevó sus convicciones

    a su conducta

    trató de vivir como pensaba

    y no a la inversa,

    como tantos fingidores.

     

    Criticó las cajas vacías

    de los que producen

    trabajando para cebar

    una cadena de montaje

    que es una cadena existencial

    que quiere dar sentido

    a algo que no tiene más

    que el de la propia producción

    de bienes que no necesitamos.

    Rafael fue la prueba viva

    de que ser no es tener.

    Si luchó fue

    por una existencia

    sin necesidades.

    Todo lo contrario de

    “la mirada tonti-astuta

    de un gatazo castrado y satisfecho”,

    aquel Felipe González

    que aprendió de Deng Xiaoping

    que “gato blanco o gato negro, da igual;

    lo importante es que cace ratones”.

    Radiografía moral

    de un político y de un país.

    Porque, como escribió Rafael,

    “vendrán más años malos

    y nos harán más ciegos

    vendrán más años ciegos

    y nos harán más malos.

    Vendrán más años tristes

    y nos harán más fríos

    y nos harán más secos

    y nos harán más torvos”.

    Y, tristemente, por ahí seguimos

    sembrando esa cosecha

    de odio y miedo.

     

    Muchas veces he pasado

    ante la casa que compartió

    con Carmiña Martín Gaite,

    donde se encerraba noches enteras a escribir

    aguijado por las anfetaminas

    en busca de una sintaxis

    que fuera

    como una cuenca fluvial

    un relato que nos permitiera entender

    el sentido del mundo.

    Como quiso Kafka

    ella le dejaba una bandeja con comida

    junto a la puerta

    de un cuarto oscurecido

    donde no entraba un átomo de luz natural

    para que el único rayo fuera

    el de la escritura.

    Porque a lo que él aspiraba

    sobre todo

    era a dedicarse

    al estudio y al silencio,

    pero sin dejar de prestar atención

    al mundo,

    a separar las voces de los ecos,

    el valor del precio,

    la verdad de las mentiras.

     

    No deja de ser extraño

    que en el número 15

    de la madrileña calle de Antonio Arias

    tuviera su sede

    la editorial Nostromo.

    En ella publicaría Rafael

    Las semanas del jardín

    en ella trabajaría

    La Torci, Marta.

    A veces, apoyado en su cachaba

    “embutido en un abrigo atado con una soga,

    con el pelo largo y sucio,

    un jersey lleno de rotos”,

    como cuenta el biógrafo,

    pasaba Rafael a ver a su hija

    y con los amigos de la editorial

    tomaba un aperitivo en un bar de al lado,

    que sin duda será El Paleto.

    Y digo que no deja de ser extraño

    porque a nuestro regreso de Nueva York

    en el número 15 de la calle de Antonio Arias

    armamos nuestra casa.

     

    Alguna vez he confesado

    con algo de vergüenza

    todo sea dicho

    porque como el propio Rafael

    yo también he sido muy tímido

    que

    me hubiera gustado

    que

    de alguna forma

    fuera mi padre.

    Ojalá hubiera sabido querer al mío

    como él al suyo.

    Ojalá hubiera sabido el mío

    quererme como el suyo.

    Hicimos lo que pudimos.

    Ahora ya es tarde para remediarlo.

    También para abrazar a Rafael

    como no le abracé en vida

    aunque él

    como Demetria

    sabía

    que le quería.

    Pero como se quieren

    los extremeños

    y los castellanos

    los portugueses

    y los gallegos

    y los romanos

    discretamente

    sin alharacas

    sin grandes efusiones sentimentales

    a distancia

    con pocas palabras

    mucha escucha

    y toda la memoria del mundo,

    la que ya nos acompaña

    orillas del Jarama

    río arriba del tiempo

    y las palabras,

    por el paisaje

    los animales

    y los niños.

    De la mano de Alfanhuí,

    que “vio perderse a los alcaravanes

    y su nombre también

    se perdía y se quedaba,

    silencioso,

    en el aire”:

    “Al-fan-huí, al-fan-huí, al-fan-huí”.

    “Ra-fa-el, ra-fa-el, ra-fa-el”.

     

     

     

     

    Madrid, 30 de junio, 2019

     

     

     

     

     

    Con mi agradecimiento a J. Benito Fernández, autor de El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio. Apuntes para una biografía, el biógrafo, que tanto me ha ayudado a recordar y entender mejor y a querer aún más a Rafael.

     

     

     

     

    Alfonso Armada (Vigo, 1958) es periodista y editor de FronteraD, donde ha publicado, entre otros artículos, Por qué hacemos lo que hacemos. Nueve calas en torno al periodismo y la compasión ante la epidemia mundial de odio y miedoLa cuarta puerta. La niebla moral de Europa ante los refugiadosEl muelle de Budapest. Verdades y mentiras sobre los judíos salvados por un diplomático de Franco, y mantiene el blog El mirador. En Twitter: @alfarmada

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