Calle principal de Gkagkales, Creta. Foto: Google Street View

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    Un marino en la isla del laberinto. Creta

    Marcos Pereda - 05-07-2019

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    Gkagkales es apenas una esquirla sobre el mapa. De aspecto alargado y fino. Blanco sobre marrón. Está muy cerca de Phaistos, en la parte sur de la isla, ya cruzada la imponente muralla del Psiloritis. Huele a mar, a salitre, pero aún no se ve la enorme mancha azul que rodea la vida en Creta. Por allí pasa una carretera estrecha y serpenteante que se vuelve cada vez más angosta en la única calle de tal nombre que existe en el pueblo. Tan grande es la asfixia de los edificios (pálidos, manchados con la arena que viene del Amari) sobre el asfalto que, en un momento dado, tan solo un vehículo puede pasar entre sus paredes. Si coincide que es una furgoneta de reparto (alimentos, productos de limpieza, tres o cuatro bagatelas) el villorrio queda incomunicado durante un rato. El mismo tiempo que tarda el conductor en descargar toda la mercancía, hablar con éste y aquel, tomar, quizá, un refresco. No hay prisas aquí, porque la prisa no sonríe en Creta.

     

    Me pasa precisamente eso. Hay un pequeño camión ocupando toda la calzada. Miro mi reloj: parado, las dos agujas cuelgan, como miembros muertos, entre las seis y las siete. Ha depuesto las armas, se ha rendido. No importa. Orillo el vehículo, me dejo llevar, me fundo con el ambiente.

     

    A un lado está la tienda. Un poco más adelante hay un surtidor de gasolina polvoriento, herrumbroso. Las casas se alzan a ambos lados, cerniéndose sobre las personas como si quisieran crear un túnel de cal y cimientos asomando, obras a medio acabar, nuevas alturas que se van elevando a medida que la familia tiene capacidad económica, y tiempo, para izarlas con sus propias manos.

     

    Casi enfrente del comercio (comida, bazar, herboristería, farmacia… lo que busques) está el ouzeri. El único, parece, de toda la localidad. Enfiladas ante su fachada, cuatro mesas de plástico con publicidad de un refresco desgastada por el sol. Entro. En el interior hace calor de moscas y perlas en la frente. Al fondo, en la parte más lejana de la puerta, hay un tablón de madera con sendos ancianos alrededor. Cada uno de ellos tiene delante un café solo. No hablan, ni siquiera se miran. Dejan, sencillamente, pasar el día.

     

    Tras la barra saluda un camarero. Todo en él es enorme. Espaldas enormes, cabello negro ensortijado, sonrisa inmensa, manos que parecen poder exprimir cristales para conseguir licor rasposo. Debo llevar la palabra turista tatuada en el rostro, porque me da los buenos días en inglés y me pregunta qué quiero. Café caliente, solo, con un poco de azúcar. En la pared hay un reloj artesonado con todo el barroquismo posible. Mudo, por cierto. No es que no funcione, es que ni siquiera tiene agujas. Me pregunto qué habrá pasado con ellas, quién y por qué las ha arrancado. Pago al dueño del ouzeri, que no deja de enseñarme los dientes, amable. Qué hora es, dejo caer. Se encoge de hombros. Pregunta por ahí afuera, a lo mejor alguno sabe.

     

    Cuando salgo el camión del reparto sigue entorpeciendo la circulación. Del chófer no hay rastro alguno, seguramente esté saludando, relajándose a la sombra. Un coche, con más prisa que los demás, intenta pasar por aquella calleja sin espacio. Aparentemente es posible, pero apenas quedan cinco centímetros a ambos lados de los espejos retrovisores, recogidos para ganar algo de espacio. La escena tiene algo de danza, algo de sortilegio.

     

    De las cuatro mesas, tres están ocupadas. En dos de ellas hay sendos viejos, vestidos por completo de negro, con sombrero, bigote canoso, el rostro picado en recuerdos de viruela y navaja poco afilada por la mañana. Parecen gemelos, pero mientras uno toma un café el otro tiene delante un pequeño vaso de líquido transparente. Ouzo, supongo. Miran los esfuerzos del desdichado conductor con indiferencia, diríase que algo somnolientos. No mueven un músculo.

     

    La tercera mesa está ocupada por dos hombres más jóvenes (no hay ni una mujer en la escena, no hay mujeres en los ouzeris del interior en Creta), que intentan, por señas, ayudar al intrépido coche. Cada palmo que gana es una victoria, y cuando logra zafarse del obstáculo (yo jamás lo hubiese conseguido) el rostro del conductor está rojo, sudoroso. También aliviado.

     

    Me siento en la cuarta mesa, apoyo allí mi café, cruzo las piernas. Pienso. Quizá escribo en voz baja, entre dientes, que es lo que suelo hacer si no tengo un libro a mano.

     

    He renunciado por completo a saber qué hora es.

     

    Los dos tipos más jóvenes (en la cuarentena, fornidos, el uno con la piel muy morena y el pelo negrísimo, el otro con una gorra de marinero bajo la que asoman guedejas rubias) están justo a mi lado. Hablan animadamente en griego, ríen, hacen señas. Supongo que comentan lo que acaba de suceder, criticando al dueño de ese turismo por tener tanta prisa, para qué, de qué le va a sacar. La furgoneta sigue parada casi enfrente de nosotros y del chófer no hay noticias. Yo intento escuchar, captar inflexiones en esa lengua musical, llena de curvas, de aristas a veces, solo a veces. El rubio parece darse cuenta y se vuelve a hacia mí. El rostro está enrojecido por el sol, curtido de salitre, viento y mar. Me saluda en inglés, y yo le devuelvo el saludo. Su compañero adelanta una sonrisa tímida. Él no nos entiende, pero quiere también mostrar calidez al forastero.

     

    Tantos nervios y seguro que ni sabe a dónde tiene que ir, masculla entre dientes, riendo. Su inglés es bueno, casi sin acento. Los jóvenes son todos iguales, dice. Habla muy rápido, un poco alto, como si tuviera la costumbre de hacerse oír por encima del ruido. Lo miro fijamente, adelanto la mano, me presento. Él hace lo propio y confirma lo que ya pensaba. Es marinero. Marinero retirado, más bien.

     

    Antes todos aquí nos echábamos a la mar, empieza a contarme. Hace muchos gestos con las manos acompañando al relato, enfatiza con el rostro, con la boca, mira fijamente cuando explica algo. Es, vaya, un genuino contador de historias, y yo soy un niño a punto de dormirse, esperando el cuento. He tenido suerte. Pero eso era antes, continúa. En Grecia había armadores, muchos armadores, muchos barcos mercantes. Labor de sobra, en abundancia. Un trabajo durísimo, imagínese, meses y meses lejos de nuestras familias, caminando por el barco como si el suelo… (y aquí hace un gesto con los brazos, balanceándolos al ritmo de unas olas que, supongo, siguen existiendo en su mente). Las manos se hacían grandes, la cara se quemaba y se pelaba por el sol tantas veces que siempre parecía que la piel fuese roja. Jornadas, muchas, de doce, de quince horas, a veces más. Recuerdo haber estado tres días seguidos sin descansar, luego echarme en la cama totalmente vestido, dormirme así, con la ropa oliendo a mar. Eso era en los barcos de pesca, los mercantes eran más tranquilos, supongo. Y se ganaba, se ganaba mucho dinero. Podías retirarte joven y vivir de rentas, si no eras derrochador. Sonríe, sonríe todo el rato. Mira a su amigo, que asiente, aunque quizá no sabe de lo que hablamos. Yo no derrochaba, tampoco ahorré lo necesario, y se echa a reír. Pero aquí estoy. Qué le vas a hacer.

     

    Lo miro fascinado. Un marinero cretense, una vieja estirpe que se me abre en canal, contándome su historia. Balbuceo palabras en mal inglés, intento hacerme entender. No importa tanto lo que dices sino la inflexión de la voz, el expresar del rostro, el hacer una pausa aquí o acá. Eso he aprendido viajando durante años. Eso hago. Le pregunto qué pasó. Por qué volvió. Se queda en silencio, parece reflexionar. Es la primera vez que frunce el ceño. Frente a nosotros el chófer ha vuelto a la furgoneta, pero ahora se entretiene charlando con la dueña de la tienda. Los dos ancianos que beben café solos miran fijamente, con un gesto de desaprobación. El amigo de mi amigo hace lo propio, pero con media mueca irónica. Entonces el marino vuelve a hablar.

     

    Fue un poco de todo, farfulla, y se le pierde el inglés mientras me cuenta la historia, empieza a mezclarlo con palabras en portugués, en español, con expresiones en griego. Es el habla del mar, estoy delante del koiné actual. Estaba ya cansado, sí, pero sobre todo fue lo otro. La puta crisis, que empezó a afectarnos a todos. A nosotros llegó más tarde, y a lo mejor más suavemente. Pero también nos acabó por matar. En pocos meses empezamos a cobrar un veinte por ciento menos, luego la mitad. Algunas navieras quebraron, barcos en los que yo estuve enrolado se consumían ahora en algún puerto olvidado, en el mismo Pireo. Lo peor era que todo el mundo estaba igual. Yo había dado la vuelta al mundo varias veces, tenía ahorros, me volví a mi casa. Nací en esta isla, en este pueblo, y aquí voy a morir. Estirando un poco el dinero que gané en el mar creo que podré llegar a viejo sin problemas. Mira, dice, y hace un gesto con el brazo, señalando en derredor, aquí no hay muchos gastos, y quienes hemos estado en el mar nos conformamos con poco. Así que para mí era un problema, pero menor. Fue peor para los jóvenes, ellos sí que lo tuvieron “jodido” (usa la expresión en castellano, escupiéndola casi). Él, por ejemplo, dice, y mueve la cabeza hacia el interior del ouzeri, donde el dueño está acodado en la barra, mirándonos con ojos aburridos. Él también estuvo en el mar. Nunca coincidimos en la misma nave, ya sabes, pero esto es pequeño, nos conocemos todos, yo le ayudé al principio, le dije dónde tenía que ir, a quién tenía que llamar. Pues a él le pasó lo mismo que a mí. Solo que es joven, y yo no. Así que volvió y cogió el ouzeri de sus padres, ahora lo lleva. Eso no es futuro para un hombre de treinta años. Qué hará aquí, rodeado de viejos, de tiempo, de sol. Dime qué hará. Es una pena. La crisis se comió a todos los de su generación.

     

    Nos quedamos callados. Suenan las chicharras, porque en Creta siempre tienes ese zumbido insistente metido en la cabeza. El chófer se despide, arranca el camión, despeja la carretera. Mi café se ha enfriado, aun oscuro y dulce. El mundo sigue detenido, y todos estamos un poco más tristes. Silencio. Una puerta se abre al otro lado de la carretera, y de allí sale un hombre encorvado, completamente vestido de negro (camisa de manga corta, pantalones largos, gorra), que camina apoyándose en un bastón. Mi interlocutor le saluda con la mano, y él mueve la cabeza respetuosamente. El resto de quienes están sentados al borde de la carretera hacen lo propio.

     

    Aquí todos nos conocemos, me dice el antiguo marinero, más animado. Es lo bueno de los pueblos. Sabemos quién es nuestro padre y nuestra madre, respetamos a los ancestros, apreciamos a los jóvenes. A veces he vivido en ciudades, durante un tiempo. Allí hay mucha gente, pero en realidad estás más solo, porque nadie te saluda por la calle, puedes caminar durante horas cruzándote personas y no te paras a charlar ni una sola vez. Aquí no es así. Somos menos, pero nos hacemos más compañía. Silencio. Vuelve a sonreír, le gusta hablar de eso. En tu casa, ¿es así también? ¿Os conocéis todos por la calle? Le digo que donde yo vivo, en un pequeño pueblo de Cantabria, hacemos lo mismo, solo que allí nos saludamos a gritos, cuanto más retumbantes mejor. Él se ríe, una carcajada franca, fresca. El nubarrón que cruzó sus ojos unos minutos antes se ha perdido más allá del océano.

     

    Me levanto. Debo irme, digo, y ahora… Señalo la carretera ya despejada, y hago un gesto como queriendo decir que tendría que aprovechar el momento. Él asiente. Su amigo, que descifra aunque no entienda, asiente. Los otros dos ancianos siguen estudiando atentamente el suelo. Saludo al dueño del bar, le doy la mano a todos. El marinero la estrecha con fuerza, hasta casi hacerme daño. De cerca su rostro está aun más curtido por la sal. No intento invitarlo al café, sería tomado como una falta de respeto. Los cretenses son orgullosos, muy orgullosos, como cualquier isleño. El aislamiento, seguramente, los dibuja así.

     

    Hace calor en el coche cuando me subo. Arranco, abandono Gkagkales. Me doy cuenta de que no sé, aun, qué hora es exactamente.

     

     

     

     

    Marcos Pereda (Torrelavega, Cantabria, 1981), profesor universitario y escritor. Es colaborador habitual de medios españoles como Jot Down, Esquire, CTXT o Volata Magazine. Además, sus artículos han aparecido en revistas de Canadá, Reino Unido, Francia, Italia, Suiza, Australia, México, Colombia y Argentina. En todas esas ocasiones intenta hacer dialogar la narrativa con la historia, consiguiendo resultados que se mueven a mitad de camino entre la ficción y la realidad. Es autor de los libros Arriva Italia (Popum Books, 2015), Periquismo: crónica de una pasión (Punto de Vista, 2017) y Una pulga en la montaña (Libros de Ruta, 2018).

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